Poema A la luna de María Rosalía Rita de Castro

A la luna

de María Rosalía Rita de Castro


A LA LUNA

I

 ¡Con qué pura y serena transparencia
  Brilla esta noche la luna!
A imagen de la candida inocencia,
  No tiene mancha ninguna.

 De su pálido rayo la luz pura
  Como lluvia de oro cae
Sobre las largas cintas de verdura
  Que la brisa lleva y trae.

 Y el mármol de las tumbas ilumina
  Con melancólica lumbre,
Y las corrientes de agua cristalina
  Que bajan de la alta cumbre.

 La lejana llanura, las praderas,
  El mar de espuma cubierto,
Donde nacen las ondas plañideras,
  El blanco arenal desierto.

 La iglesia, el campanario, el viejo muro,
  La ría en su curso varia,
Todo lo ves desde tu cénit puro,
  Casta virgen solitaria.

II

 Todo lo ves, y todos los mortales
  Cuantos en el mundo habitan,
En busca del alivio de sus males,
  Tu blanca luz solicitan.

 Unos para consuelo de dolores;
  Otros tras de ensueños de oro,
Que con vagos y tibios resplandores
  Vierte tu rayo incoloro.

 Y otros, en fin, para gustar contigo
  Esas venturas robadas,
Que huyen del sol, acusador testigo,
  Pero no de tus miradas.

III

 Y yo, celosa como me dio el cielo
  Y mi destino inconstante,
Correr quisiera un misterioso velo
  Sobre tu casto semblante.

 Y sueña mi exaltada fantasía
  Que sólo yo te contemplo,
Y corno que es hermosa en demasía
  Te doy mi patria por templo.

 Pues digo con orgullo que en la esfera
  Jamás brilló luz alguna
Que en su claro fulgor se pareciera
  A nuestra candida luna.

 Mas ¡qué delirio y qué ilusión tan vana
  Ésta que llena mi mente!...
De altísimas regiones soberana
  Nos miras indiferente.

 Y sigues en silencio tu camino
  Siempre impasible y serena,
Dejándome sujeta a mi destino
  Como el preso á su cadena.

 Y a alumbrar vas un suelo más dichoso
  Que nuestro encantado suelo,
Aunque no más fecundo y más hermoso,
  Pues no le hay bajo del cielo.

 No hizo Dios cual mi patria otra tan bella
  En luz, perfume y frescura,
Sólo que le dio en cambio mala estrella,
  Dote de toda hermosura.

IV

 Dígote, pues, adiós, tú cuanto amada,
  Indiferente y esquiva;
¿Qué eres al fin, ¡oh hermosa!, comparada
  Al que es llama ardiente y viva?

 Adiós..., adiós, y quiera la fortuna,
  Descolorida doncella,
Que tierra tan feliz no halles ninguna
  Como mi Galicia bella.

 Y que al tornar viajera sin reposo
  De nuevo a nuestras regiones,
En donde un tiempo el celta vigoroso
  Te envió sus oraciones,

 En vez de lutos como un tiempo, veas
  La abundancia en sus hogares,
Y que en ciudades, villas y aldeas
  Han vuelto los ausentes a sus lares.



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