Poema A una desposada de José Antonio Ramos Sucre

A una desposada

de José Antonio Ramos Sucre

A UNA DESPOSADA
    Agonicé en la arruinada mansión derecreo, olvidada en un valle profundo.
    Yacían por tierra los faunos y demássimulacros del jardín.
    El vaho de la humedad enturbiaba el aire.
    La maleza desmedraba los árboles declásica prosapia.
    Algunos escombros estancaba, delante de mi retiro,un río agotado.
    Mis voces de dolor se prolongaban en el vallenocturno. Un mal extraño desfiguraba mi organismo.
    Los facultativos usaban, en medio del desconcierto,los recursos más crueles de su arte. Prodigaban la saja y elcauterio.
    Recuerdo la ocasión alegre, cuandosentí el principio de la enfermedad. Festejábamos,después de mediar la noche, el arribo de una extranjera y subelleza arrogante. La pesada lámpara de bronce cayó degolpe sobre la mesa del festín.
    Entreveía en el curso de mis sueños,pausa de la desesperación, una doncella de faz seráfica,fugitiva en el remolino de los cendales de su veste. Yo la imploraba derodillas y con las manos juntas.
    Mi naturaleza venció, después de muchotiempo, el mal encarnizado. Salí delgado y trémulo.
    Visité, apenas restablecido, una familia demi afecto, y encontré la virgen de rostro cándido, solazde mi pasada amargura.
    Estaba atenta a una melodía crepuscular.
    El recuerdo de mis extravíos me llenaba deconfusión y de sonrojo. La contemplaba respetuosamente.
    Me despidió, indignada, de supresencia.
    Cualquier invención de mi enfermizonumen desluciría las páginas de este álbum. Lasofendería con el desentono de azarosa tela de araña enuna mansión regia. Mas conviene el relato de venturosas nupcias.
    Sueño que lo escuché de virgenlisonjera en una comarca del Asia inverosímil; que era de noche,y estaba yo embriagado con la plácida expiración derumores, canciones y perfumes; que el paisaje exótico secoronaba con la luna y con el cortejo de las estrellas mayores, porquelas menores no conseguían lucir en medio de lairradiación de aquéllas, sus hermanas; y sueñoque, sobre la tierra y delante de mis ojos, fantástica ciudad decúpulas y torres dormía cabe el espejo de un ríofabuloso; y recuerdo que la virgen me refirió esta fábulaamena: Yo conocí una princesa prometida en matrimonio alsultán de un país remoto. Veía en las bodas elcomienzo de un cautiverio, porque, retirada y asustadiza, imitaba lasselváticas gacelas. Buscaba mi compañía y luego lacontemplación de sí misma en el espejo de una fuenteornamental. Era delgada, firme y de tupidos cabellos, que bajaban aconfundirse con las aguas del ensombrado tazón de mármol.Hasta aquí vino una tarde cierto poeta errante, precursor delcortejo nupcial cada vez más vecino. Él se dijo despedidode entre los suyos para entretener a la princesa durante el viaje a lacapital del esposo prometido. Todos se reúnen y parten aldía siguiente, cuando ya la princesa acepta los agasajos delpoeta y lo ama sin manifestarlo. El cortejo recorre selvas y desiertos,en medio de la lluvia rumorosa y del estío lento, cuando el solprefiere su carro de bueyes albos. El poeta ejerce, en su vez, elvalor, el gracejo y la piedad. Ofende al tigre de estirpe real; burlaal mono desvergonzado; acoge la mariposa blanda, de seda y lana;reverencia al asceta absorto. Se muestra cortesano amable y jineteaguerrido. Ella se acerca al término del viaje y divisa lospalacios dispuestos para hospedarla, y repara que más leconvendría el desierto en compañía del vategentilísimo. Entretanto, éste ha desaparecido de su lado,y ella es introducida, con el rostro sumiso, a presencia de sudueño; pero una voz oculta y bien conocida la exhorta a laalegría. La princesa alza los ojos y observa que elcortés poeta era el esposo prometido, quien había dejadolas galas de monarca para ganar afectuosamente la mano de la amada,omitiendo el prestigio de su elevado puesto.
    Así me dijo la virgen lisonjera en unpaís distante, debajo de un árbol musical; y su relato ymi único sueño venturoso terminaron cuando la aurorallamaba, enamorada, a mi ventana.


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