Poema Amor niño de José de Diego

Amor niño

de José de Diego


Hay muchos que se figuran
que el amor no más existe
para los hombres de veinte
y las mujeres de quince;
pero tendrán por sabido,
los que su infancia analicen,
que hay Abelardos de doce
y Eloísas de ocho abriles.

De carrillos amasados
con guayaba y alfeñique
en cuerpos de pomarrosa,
manos y pies de jazmines,
eran Pepe y Carmencita
los dos niños más gentiles
que en un mismo hogar crecieron,
él, arcángel y ella, virgen...

¡Qué comunismo tan dulce
de travesuras y ardides,
de cantos y de juguetes,
de besos y de confites!

Asordan la casa a gritos
y, corriendo hasta rendirse,
como tienen para verse
corazón y ojos de lince,
se pasan el santo día,
por alcobas y jardines,
más jugando al encontrarse
que jugando al escondite.

Amor ejerce en los niños
atracción irresistible
y, aunque en ellos no se nutre
de aficiones baladíes,
sino de sueños y flores
que en el alma echan raíces,
amor es, al fin, que en ellos,
como en los hombres, reviste
sus eternos caracteres
de avaro y de susceptible...

Así es que al niño, ante el beso
que en las mejillas imprimen
de la niña, los amigos
de la casa, al despedirse,
se le llenaban los ojos,
fieros tanto como tristes,
de lágrimas trasparentes
y de miradas de tigre!

Mas del beso aquel borradas
las impresiones hostiles
con las dulzuras de otro
que él de su Carmen recibe,
después de pasar el día
en cariñoso palique,
aun se les oye en el lecho...
durante el sueño sonríen...
a la mañana, despiertan
él, arcángel, y ella, virgen!

¿Quién habrá que, registrando
sus memorias infantiles,
de una Carmen, como aquella,
no halle la inocente efigie?...
Hay muchos que se figuran
que el amor tan solo existe
para aquellos que, al principio
de este romancejo, dije.

Yo, que no alcanzo a los veinte
y que a más de veinte quise,
sé, atendiendo a mi experiencia,
que el amor, niño sublime,
solamente en almas niñas
en paz con el diablo vive,
manteniéndose de sueños,
como el canario de alpiste
y el zumbador de mi tierra
de claveles y alelíes.

Bien hiciera el Poderoso
creador de cuanto existe
(sin que esto sea ponerle
los puntos sobre las íes)
de mundos en miniatura
echando en las superficies
humanidades de niños,
repúblicas juveniles,
en donde, por fuerza, todos
habrían de ser felices,
¡casándose a los diez años
y muriéndose a los quince!



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