Poema Con frecuencia voy a visitar a un pariente que vive en los alrededores de Oliverio Girondo

Con frecuencia voy a visitar a un pariente que vive en los alrededores

de Oliverio Girondo


Con frecuencia voy a visitar a un pariente que vive en los alrededores.Al pasar por alguna de las estaciones ¡no falla ni porcasualidad! el tren salta sobre el andén, arrasa los equipajes,derrumba la boletería, el comedor. Los vagones se trepan losunos sobre los otros. El furgón se acopla con la locomotora. Nohay más que piernas y brazos por todas partes: bajo losasientos, entre los durmientes de la vía, sobre las redes dondese colocan las valijas.
De mi compartimento sólo queda un pedazo de puerta. Echo a unlado los cadáveres que me rodean. Rectifico la latitud de micorbata, y salgo, lo más campante, sin una arruga en elpantalón o en la sonrisa.
Aunque preveo lo que sucederá, otras veces me embarco, con laesperanza de que mis presentimientos resulten inexactos.

Los pasajeros son los mismos de siempre. Está el maridoadúltero, con su sonrisa de padrillo. Está laseñorita cuyos atractivos se cotizan en proporcióndirecta al alejamiento de la costa. Está la señora foca,la señora tonina; el fabricante de artículos de goma, queapoyado sobre la borda contempla la inmensidad del mar y loúnico que se le ocurre es escupirlo.
Al tercer día de navegar se oye ¡en plena noche! unestruendo metálico, intestinal.
¡Mujeres semidesnudas! ¡Hombres en camiseta!¡Llantos! ¡Plegarias! ¡Gritos!...
Mientras los pasajeros se estrangulan al asaltar los botes desalvamento, yo aprovecho un bandazo para zambullirme desde la cubierta,y ya en el mar, contemplo con impasibilidad de corcho elespectáculo.
¡Horror! El buque cabecea, tiembla, hunde la proa y se sumerge.
¿Tendré que convencerme una vez más que soy elúnico sobreviviente?
Con la intención de comprobarlo, inspecciono el sitio delnaufragio. Aquí un salvavidas, una silla de mimbre...Allá un cardumen de tiburones, un cadáver flotante...
Calculo el rumbo, la distancia, y después de batir todos losrécores del mundo, entro, el octavo día, en el puerto dedesembarque.
Mis amigos, la gente que me conoce, las personas que saben decuántas catástrofes me he librado, supusieron, en elprimer momento, que era una simple casualidad, pero al comprobar que lacasualidad se repetía demasiado, terminaron por considerarla unacostumbre, sin darse cuenta que se trata de una verdaderapredestinación.
Así como hay hombres cuya sola presencia resulta de una eficaciaabortiva indiscutible, la mía provoca accidentes a cada paso,ayuda al azar y rompe el equilibrio inestable de que depende laexistencia.
¡Con qué angustia, con qué ansiedadcomprobé, durante los primeros tiempos, esta propensiónal cataclismo!... ¡La vida se complica cuando se hallan escombrosa cada paso! ¡Pero es tal la fuerza de la costumbre!...Insensiblemente uno se habitúa a vivir entre cadáveresdesmenuzados y entre vidrios rotos, hasta que se descubre el encanto delas inundaciones, de los derrumbamientos, y se ve que la vida soloadquiere color en medio de la desolación y del desastre.
¡Saber que basta nuestra presencia para que las cariátidesse cansen de sostener los edificios públicos y fallezcan entresus capiteles, entre sus expedientes centenares de prestamistas, quese alimentaban de empleados... ¡públicos!... y degarbanzos!
¡Saborear como si fuese mazamorra los temblores que provocanuestra mirada; esos terremotos en los que las bañaderas searrojan desde el octavo piso, mientras perecen enjauladas en losascensores, docenas de vendedoras rubias, y que sin embargo se llamabanEsther!
¿Verdad que ante la magnificencia de tales espectáculos,pierden todo atractivo hasta los paisajes de montañas, muchomejor formadas que las nalgas de la Venus de Milo?
El exotismo de las mariposas o de los mastodontes, los ritos de lamasonería o de la masticación al menos en lo que amí se refieren no consiguen interesarme. Necesito esqueletospulverizados, decapitaciones ferroviarias, descuartizamientosinidentificables, y es tan grande mi amor por lo espectacular, que eldía en que no provoco ningún cortocircuito, sufro unaverdadera desilusión.
En estas condiciones, mi compañía resultará lointranquilizadora que se quiera.
¿Tengo yo alguna culpa en preferir las quemaduras a lascolegialas de tercer grado?
Aunque la mayoría de los hombres se satisfaga con rumiar elsueño y la vigilia con una impasibilidad de cornudo, quien hayapernoctado entre cadáveres vagabundos comprenderá que elresto me parezca melaza, nada más que melaza.
Yo soy ¡qué le vamos a hacer!un hombrecatastrófico, y así como no puedo dormir antes que sederrumben, sobre mi cama, los bienes, y los cuerpos de los que habitanen los pisos de arriba, no logro interesarme por ninguna mujer, si nome consta, que al estrecharla entre mis brazos, ha de declararse unincendio en el que perezca carbonizada... ¡la pobrecita!


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