Poema El 31 de febrero, a las nueve y cuarto de la noche de Oliverio Girondo

El 31 de febrero, a las nueve y cuarto de la noche

de Oliverio Girondo


El 31 de febrero, a las nueve y cuarto de la noche, todos loshabitantes de la ciudad se convencieron que la muerte es ineludible.
Enfocada por la atención de cada uno, esta evidencia, que por logeneral lleva una vida de araña en los repliegues de nuestrascircunvoluciones, tendió su tela en todas las conciencias, sederramó en los cerebros hasta impregnarlos como a una esponja.
Desde ese instante, las similitudes más remotas sugerían,con tal violencia, la idea de la muerte, que bastaba hallarse ante unalata de sardinas por ejemplo para recordar el forro de losféretros, o fijarse en las piedras de una vereda, para descubrirsu parentesco con las lápidas de los sepulcros. En medio de unaenorme consternación, se comprobó que el revoque de lasfachadas poseía un color y una composiciónidéntica a la de los huesos, y que así como resultabaimposible sumergirse en una bañadera, sin ensayar la actitud quese adoptaría en el cajón, nadie dejaba de sepultarseentre las sábanas, sin estudiar el modelado queadquirirían los repliegues de su mortaja.
El corazón, sobre todo, con su ritmo isócrono yentrañable, evocaba las ideas más funerarias, como si elórgano que simboliza y alimenta la vida sólo tuvierafuerzas para irrigar sugestiones de muerte. Al sentir su tic-tac sobrela almohada, quien no llorara la vida que se le iba yendo a cadainstante, escuchaba su marcha como si fuese el eco de sus pasos que seencaminaran a la tumba, o lo que es peor aun, como si oyese el latidode un aldabón que llamara a la muerte desde el fondo de suspropias entrañas.
La urgencia de liberarse de esta obsesión por lo mortuorio, hizoque cada cual se refugiara según su idiosincrasia ya sea en elmisticismo o en la lujuria. Las iglesias, los burdeles, las posadas,las sacristías se llenaron de gente. Se rezaba y se fornicaba enlos tranvías, en los paseos públicos, en medio de lacalle... Borracha de plegarias o de aguardiente, la multitudabusó de la vida, quiso exprimirla como si fuese unlimón, pero una ráfaga de cansancio apagó, parasiempre, esa llama rada de piedad y de vicio.
Los excesos del libertinaje y de la devoción habíandurado lo suficiente, sin embargo, como para que se demacraran loscuerpos, como para que los esqueletos adquiriesen una importancia cadadía mayor. Sin necesidad de aproximar las manos a los focoseléctricos, cualquiera podía instruirse en los detallesmás íntimos de su configuración, pues nosólo se usufructuaba de una mirada radiográfica, sino quela misma carne se iba haciendo cada vez más traslúcida,como si los huesos, cansados de yacer en la oscuridad, exigieran salira tomar sol. Las mujeres más elegantes por lo demásimplantaron la moda de arrastrar enormes colas de crespón y nocontentas con pasearse en coches fúnebres de primera, seataviaban como un difunto, para recibir sus visitas sobre su propiotúmulo, rodeadas de centenares de cirios y coronas desiemprevivas.
Inútilmente se organizaron romerías, kermeses, fiestaspopulares. Al aspirar el ambiente de la ciudad, los músicos,contratados en las localidades vecinas, tocaban los “charlestons” comosi fuesen marchas fúnebres, y las parejas no podíanbailar sin que sus movimientos adquiriesen una rigidez siniestra dedanza macabra. Hasta los oradores especialistas en exaltar lavoluptuosidad de vivir resultaron de una perfecta ineficacia, pues nosolo los tópicos más experimentados adquirían,entre sus labios, una frigidez cadavérica, sino que el auditoriosólo abandonaba su indiferencia para gritarles: “¡Mueraese resucitado verborrágico! ¡A la tumba ese bachiller decadáver!”
Esta propensión hacia lo funerario, hacia lo esqueletoso,¿podía dejar de provocar, tarde o temprano, una verdaderaepidemia de suicidios?
En tal sentido, por lo menos, la población demostró unainventiva y una vitalidad admirables. Hubo suicidios de todas lasespecies, para todos los gustos; suicidios colectivos, en serie, al pormayor. Se fundaron sociedades anónimas de suicidas y sociedadesde suicidas anónimos. Se abrieron escuelas preparatorias alsuicidio, facultades que otorgaban título “de perfecto suicida”.Se dieron fiestas, banquetes, bailes de máscaras para morir. Laemulación hizo que todo el mundo se ingeniase en hallar unsuicidio inédito, original. Una familia perfecta una familiamejor organizada que un baúl “Innovación” ordenóque la enterrasen viva, en un cajón donde cabían, contoda comodidad, las cuatro generaciones que la adornaban. Ochocientossuicidas, disfrazados de Lázaro, se zambulleron en el asfalto,desde el veinteavo piso de uno de los edificios máscéntricos de la ciudad. Un “dandy”, después detransformar en ataúd la carrocería de suautomóvil, entró en el cementerio, a ciento setentakilómetros por hora, y al llegar ante la tumba de su querida sedescerrajó cuatro tiros en la cabeza.
El desaliento público era demasiado intenso, sin embargo, comopara que pudiera persistir ese ímpetu de aniquilamiento yexterminio. Bien pronto nadie fue capaz de beber un vasito deestricnina, nadie pudo escarbarse las pupilas con una hoja de“gillette”. Una dejadez incalificable entorpecía lasprecauciones que reclaman ciertos procesos del organismo. El descuidoamontonaba basuras en todas partes, transformaba cada rincón enun paraíso de cucarachas. Sin preocuparse de la dignidad querequiere cualquier cadáver, la gente se dejaba morir en lasposturas más denigrantes. Ejércitos de ratasinvadían las casas con aliento de tumba. El silencio y la pestese paseaban del brazo, por las calles desiertas, y ante la inercia desus dueños ya putrefactos los papagayos sucumbían conel estómago vacío, con la boca llena de maldiciones y demalas palabras.
Una mañana, los millares y millares de cuervos que revoloteabansobre la ciudad oscureciéndola en pleno día sedesbandaron ante la presencia de una escuadrilla de aeroplanos.
Se trataba de una misión con fines sanitarios, cuyo rigorcientífico implacable se evidenció desde el primermomento.
Sin aproximarse demasiado, para evitar cualquier peligro de contagio,los aviones fumigaron las azoteas con toda clase de desinfectantes,arrojaron bombas llenas de vitaminas, confetis afrodisíacos,globitos hinchados de optimismo, hasta que un examen prolijodemostró la inutilidad de toda profilaxis, pues al batir elrecord mundial de defunciones, la población se habíareducido a seis o siete moribundos recalcitrantes.
Fue entonces y sólo después de haber alcanzado estaevidencia cuando se ordenó la destrucción de la ciudad ycuando un aguacero de granadas, al abrasarla en una sola llama, laredujo a escombros y a cenizas, para lograr que no cundiera el miasmade la certidumbre de la muerte.


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