Poema El conde de Villamediana. Romance segundo. Las máscaras y cañas de Duque de Rivas

El conde de Villamediana. Romance segundo. Las máscaras y cañas

de Duque de Rivas

EL CONDE DE VILLAMEDIANA
 ROMANCE SEGUNDO
 LAS MÁSCARAS Y CAÑAS

Siguió el festejo a la tarde,
Y llenóse la gran plaza
Con el pueblo y con la corte,
Cual lo estuvo la mañana.

Magníficas son las fiestas
Que la regia villa paga,
Para celebrar el nombre
Del poderoso Monarca

De clarines y timbales
Al son que asorda las auras,
Y al de orquestas numerosas,
Que entonan guerrera marcha,

En orden y a lento paso
Numerosas mascaradas
Entran por partes distintas,
Y al Rey y a la Reina acatan.

De los reinos diferentes
Que el reino forman de España,
Ostenta cada cuadrilla
Distintivos y antiguallas,

Arbolando un estandarte
Con el blasón de sus armas,
Y de su música propia,
Al compás de las sonatas,

Mézclanse ligeras luego,
Formando mímica danza.,
En concertado desorden
De figuras ensayadas.

Los cascos y coseletes
De la indómita Cantabria;
De los fieles castellanos
Las dobles cueras y calzas;

Las fulgentes armaduras,
De los infanzones gala,
Del ligero valenciano
Los zaragüelles y mantas;

De chistosos andaluces
Los sombrerones y capas,
Y las chupas con hombreras
Y con caireles de plata;

Los turbantes granadinos,
Jubas, albornoces, fajas;
Los terciopelos y sedas
De vestes napolitanas;

De la Bélgica los sayos
Con sus encajes y randas;
Los milaneses justillos
Con las chambergas casacas,

Y las esplendentes plumas
Teñidas de tintas varias,
Con los arcos y las flechas
Que el cacique indiano gasta,

Forman un todo indeciso
Que cubre la extensa plaza
De movibles resplandores,
De confusión bigarrada.

Parece que está cubierta
Con una alfombra persiana,
Cuyos matices se mueven
Al conjuro de una maga.

Aquí añafiles moriscos,
Allí tamboril y gaita,
Más allá trompas guerreras,
Acá sonorosas flautas;

Las antárticas bocinas
En un lado, las guitarras
Y crótalos en el estoy,
Los caracoles de caza

Forman estruendo confuso
En que ya el acorde falta,
Y que llenando el espacio
Aun más aturde que halaga.

Por fin, terminado el baile,
Sepáranse las comparsas
Y hacia lados diferentes,
En orden puestas, descansan.

Y cada una se dirige,
Según la suerte la llama,
A saludar a los Reyes
Con solemnidad y pausa;

Y doblando la rodilla,
Ofrecen a su Monarca
Un rico don de productos
De aquel reino que retratan.

Despejando luego todas,
El circo desembarazan
A los nobles caballeros
Que salen a correr cañas,

Por la izquierda y la derecha
A un tiempo entraron galanas
Dos diferentes cuadrillas,
Que a unirse en el centro marchan.

Compónese cada una,
Compitiendo en garbo y gala,
De doce nobles jinetes,
Que de dos en dos avanzan.

El Conde de Orgaz, mancebo
De gentileza y de gracia,
Es caudillo de la una;
De la otra es Villamediana.

Aquél, en caballo negro,
Enjaezado de plata,
De terciopelo amarillo
Con celestes cuchilladas,

Vestido sale: figura
Con argentinas escamas
Peto y espaldar, y azules
Lleva plumas y gualdrapa.

Este, en un caballo blanco,
Cuya crin el oro enlaza,
Ostenta un rico vestido
De terciopelo escarlata:

El arnés de hojuelas de oro,
Y de rica seda blanca,
Con brillantes bordaduras,
Los afollados y faja.

Unidas las dos cuadrillas,
Hacia el regio balcón ambas,
Al paso, la pista siguen
De los jefes que las mandan;

y e, concurso, en gran silencio,
Curioso a la vista, clava
De los dos gallardos Condes
En las brillantes adargas;

Pues logrando de discretos
Y de, enamorados fama,
Interesa a todo el mundo
Ver las empresas que sacan.

Es la de Orgaz una hoguera
De la que el vuelo levanta
El fénix con este mote:
Me (la vida quien me abrasa.

Un letrero solamente
Es la de Villamediana,
Que dice: Son mis amores...
Y luego reales de plata

Puestos cual si fueran letras,
Con que aquel renglón acaba.
La empresa de Orgaz la entienden
Todos, y aciertan la llama

Que le da vida y le quema.
La (¡el de Villamediana
Despierta más confusiones,
Aunque es en verdad bien clara.

Propensión funesta tiene
El joven galán que alcanza
Favores de una señora,
A la par hermosa y alta,

De publicarlos al punto
Y de sacarlos a plaza:
Vanidad de enamorados
Que en peligros no repara.

Muchos el sentido entienden
Que las monedas declaran,
Por miedo disimulan
Y de explicarlo se guardan.

Otros, necios, se calientan
Los cascos por descifrarla.
Son mis amores dinero,
Repiten; pero no cuadra

Con el carácter del Conde
Esta explicación villana.
Mis amores efectivos
Son, dicen otros, ¡bobada!

Velasquillo el contrahecho,
Enano y bufón, que alcanza,
No sin despertar envidia,
Gran favor con el Monarca,

A disgusto de los grandes
En el balcón regio estaba,
Malicias diciendo y chistes
Con insolencia y con gracia.

Y o por faltarle su astucia
Entonces, o porque trata
De vengarse del desprecio
Con que la Reina le acaba,

O porque ve de mal ojo
Al noble Villamediana,
O por gusto de hacer daño,
Que es de tales bichos ansia,

Dijo: «Ta, ta; ya comprendo
Lo que dice aquella adarga:
Son mis amores reales»,
soltó la carcajada.

Trémulo el Rey y amarillo,
Y conteniendo la saña,
«Pues yo se los haré cuartos»,
Respondió al punto en voz baja.

Lo oyó la Reina, y quedóse
Inmóvil como una estatua,
Pálida como la muerte,
Hecha pedazos el alma.
        * * *

Las cuadrillas empuñando,
En vez de robustas lanzas,
De cintas y oro vestidas
Leves quebradizas cañas,

Se embistieron... imposible
Es ya que encuentre palabras
Con que describir la fiesta:
Mi atención la Reina embarga.

Pobre señora! Tampoco
Merece versos y fama
Tal diversión, ya reflejo
Débil, copia degradada

De las justas, que ha dos siglos
Los caballeros usaban
Con gloria, que nunca gloria
En donde hay peligro falta,

Y en que las picas de guerra
Dobles petos abollaban,
No los juncos inocentes,
Sedas, brocados y holandas.


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