Poema El emigrado de José Antonio Ramos Sucre

El emigrado

de José Antonio Ramos Sucre

EL EMIGRADO
    Quedé solo con mi hijo cuando la plagamortífera hubo devastado la capital del reino venido a menos.Él no había pasado de la infancia y me ocupaba eldía y la noche.
    Yo concebí y ejecuté el proyecto deavecindarme en otra ciudad, más internada y en salvo.Tomé al niño en brazos y atravesé la sabanainficionada por los efluvios de la marisma.
    Debía pasar un pequeño río. Mevi forzado a disputar el vado a un hombre de estatura aventajada,cabellos rojos y dientes largos. Su faz declaraba ladesesperación.
    Yo lo compadecí a pesar de su actitudimpertinente y de su discurso injurioso.
    Pude alojarme en una casa deshabitada largo tiempo yacomodé al niño en una cámara de tapices yalfombras. Él padecía una fiebre lenta y deliriosmanifestados en gritos.
    El mismo hombre importuno vino a ofrecerme,después de una noche de angustia, el remedio de mi hijo. Loofrecía a un precio exorbitante, burlándose interiormentede mis recursos exiguos. Me vi en el caso de despedirlo y de maldecirlo.
    Pasé ese día y el siguiente sinsocorro alguno.
    Yo velaba cerca del alba, en la noche hostil, cuandosentí, en la puerta de la calle, una serie de aldabonazosvehementes.
    Me asomé por la ventana y sólo vi lacalle anegada en sombras.
    Mi hijo moría en aquel momento.
    El hombre de carácter cetrino habíasido el autor del ruido.


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