Poema El familiar de José Antonio Ramos Sucre

El familiar

de José Antonio Ramos Sucre

EL FAMILIAR
    Los campesinos se retraían de señalar el curso deltiempo. Empezaban, con el día, las faenas de la tierra y sejuntaban y citaban prendiendo una hoguera en el campo raso.
    Yo distinguía desde mi balcón, retiropara el soliloquio y el devaneo, la humareda veleidosa nacida sobre laraya del horizonte.
    Disfrutaba, después de mi juventudintemperante, el sosiego de una ciudad extinta.
    El arco iris, joya de la celeste fragua, era diademaperpetua de su monte.
    Yo recorría sus avenidas, percibiendo eldesconsuelo del ciprés y del mármol. Cavilaba en susplazas opacas y húmedas, esteradas de hojas. Adivinaba, en elespejo de sus estanques y de sus fuentes, cabelleras profusas velandodesnudos cuerpos fluidos.
    Yo defendía el reposo del agua. La oícantar, en cierta ocasión, una escala de lamentos al sentirseherida por la rama desprendida de un árbol.
    Miraba una vez las imágenes voluptuosas,cuando sentí sobre el hombro izquierdo el contacto de una manofría, adunca. El importuno me interpelaba, al mismo tiempo, conuna voz honda, bronca.
    El estanque de mi contemplación sehabía mudado en un abismo.
    Desde entonces me siguió aquel hombreimperioso. No osaba verle de frente, su cuerpo alto y desarticuladoprometía un rostro demasiado irregular. Bajo sus pasos resonabahondo el suelo de la calle. Pisaba arrastrando zapatos desmesurados.Provocaba, al pasar, el ladrido de los perros supersticiosos.
    No puedo recordar el tema de su conversación.Sus ideas eran vagas, referentes a edad olvidada. Una vez solo, meesforzaba inútilmente dando sentido y contorno a sus palabrasmolestas.
    Los habitantes de mi ciudad, capital de un reinoabolido, empezaron a hablar de espantajos y maravillas. Notaban la fugade formas equívocas al despertar del sueño matinal.
    Insistían en el resentimiento de los antiguosreyes, olvidados en su catacumba.
    Reposaban en un valle, al pie de cerros tapizados devegetación menuda, donde la luz y el aire divertían convariaciones de terciopelo verde.
    Yo me junté a la caterva de jóvenesanimosos, esperanzados de reducir los difuntos, por medio deincrepaciones, dentro de los límites de su reino indeciso.
    Nos acercamos a la puerta de la cripta y dudamosentrar. Sobrevino mi azaroso compañero y se nos adelantóresueltamente.
    Volvió en compañía de los reyesy de los héroes incorporados de su urna de piedra.
    Estábamos mudos de terror.
    Observé entonces, por primera vez, su fazenjuta, blanquiza, de cal.
    Acerté con su origen espantoso.
    Había desertado de entre los muertos.


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