Poema El giro de Manuel Acua

El giro

de Manuel Acua

Romancero de la Guerra de Independencia

I

Medio oculta entre la selva
como un nido entre las ramas,
y medio hundido en el fondo
tranquilo de una caada,
all por aquellos tiempos
hubo en Landn una casa
que no por ser tan sencilla
ni de un fecha tan larga,
era menos pintoresca,
ni tampoco menos blanca.
Sombreaba su puerta un olmo
de hojosas y verdes ramas,
punto de citas de todas
las aves de las montaas;
y en uno de sus costados,
brotando lmpida y clara,
estaba entre los terrones
y entre las hierbas el agua,
de noche siempre tranquila
y eternamente callada.
Apenas el sol naciente
filtraba por sus ventanas,
cuando estremeciendo el aire,
sonaban dulces y claras,
la voz de una cuna hablando
de cuanto los nios hablan;
la voz de una madre, rica
de sentimientos y de alma,
y la voz de un hombres que era
la eterna voz de la patria,
soando ya con sus glorias
y ya con sus esperanzas.
Tez cobriza como aquellos
primeros hijos de Anhuac,
que tantas veces hicieron
temblar de miedo a la Espaa,
cuando la Espaa atrevida
midi con ellos sus armas;
fuerte y gil como todos
los hijos de las montaas;
como un labriego, robusto;
como un patriota, entusiasta;
como un valiente, atrevido,
y como un joven, todo alma,
el hombre de aquellas selvas,
el hombre de aquella casa,
era el eterno modelo
de esas figuras sagradas
que en el altar de los siglos
hacen un Dios de una estatua.
Veinticinco aos apenas
por ese tiempo contaba,
y de sus nobles heridas
la suma an era ms larga,
que no hubo por el Bajo
ningn combate ni hazaa
donde su ardor no estuviera
donde faltara su lanza,
ni donde al grito de muerte
sus huellas no sealara
con el licor de sus venas
o el de las venas extraas.
Y all tranquilo y oculto
su triste vida pasaba,
lamentando en su impotencia
la esclavitud de la patria
que renunciando a la lucha,
renunciaba a la esperanza:
cuando una maana, a la hora
que el ltimo sueo marca,
despert oyendo a lo lejos
un ruido confuso de armas;
y adivinando al instante
la suerte que le amagaba,
baj del lecho al influjo
de una decisin extraa;
besa en los labios a su hijo,
besa en la frente a su amada,
clava los ojos ardientes
en la entreabierta ventana,
y al ver por sus enemigos
ya casi envuelta su casa,
salta a las rocas, y entre ellos
se escapa por la montaa.

II

An no se alzaba del todo
la niebla de la maana,
y an no acertaban a darse
cuenta de tamaa audacia
los sitiadores furiosos
que sorprenderle esperaban,
cuando al galope y bajando
camino de la caada,
vieron venir a lo lejos
un grupo de gente armada,
compuesto de ocho jinetes
y el hombre que los mandaba;
en mayor nmero que ellos
y con superiores armas,
seguros de la victoria
fcil que se les aguarda,
todos empuan las riendas,
todos afirman la lanza,
todos ven al enemigo
todos miden la distancia,
y en silencio y todos ellos
prontos a ponerse en marcha,
slo esperan a que llegue
la hora de entrar en batalla.
Los insurgentes en tanto
viendo las huestes contrarias,
ms de coraje la encienden
y ms de amor la entusiasman,
y ansiosos de dar su sangre
por la salud de la patria,
sobre el caballo inclinan,
la floja rienda adelantan,
y fijos los barboquejos
y el sombrero hacia la espalda,
entre la niebla y el polvo
corren, y vuelan y avanzan,
siguiendo entre los peascos
al hombre de la caada.
Y ya los de Bustamante
su primer paso avanzaban,
anhelando en su impaciencia
cmo acortar la distancia
que la interpuesta colina
con un recodo aumentaba;
cuando de pie en lo ms alto
de las rocas escarpadas,
vieron alzarse a un jinete
que con voz sonora y clara,
"Yo soy el Giro les dijo,
-si al Giro es a quien aguardan;
y el que lo busque que venga
si tiene honor y tiene alma,
que a todos espera el Giro
frente a frente y cara a cara"-
Dijo: y los fieros dragones
al grito de "Viva Espaa!"
como un solo hombre treparon
hasta donde el Giro estaba
dispuesto como los suyos
a sucumbir por la patria. . .
Y fue la lucha, y terribles
al dar la espantosa carga,
insurgentes y realistas
ardiendo en clera y rabia,
se entremezclaron sedientos
de victoria y de matanza. . .
Quiso la triste fortuna
favorecer a la Espaa,
el brillo de sus fulgores
negndole a nuestras armas,
que ya de los insurgentes
uno tan slo quedaba
a caballo todava,
pero ya herido y sin armas.
Era el Giro, que entre doce
dragones que le rodeaban,
sin rendirse al desaliento
ni inclinarse a la desgracia,
luchaba y arremeta
contra el que ms se acercaba,
convirtiendo a su caballo,
a un tiempo en escudo y arma.
Por fin un brazo atrevido
clav en su pecho una lanza,
perder hacindole el poco
aliento que le quedaba;
pero l aunque ya en el suelo,
con fuerza siempre y con alma,
coge la lanza, del pecho
sin vacilar se la arranca,
y estremecido y al grito
de independencia y de patria,
de pie sobre los peascos
a sus contrarios aguarda;
y despus de herir a todos
los que acercrsele ensayan,
hace huir a los restantes
que ante heroicidad tamaa
se alejan, y desde lejos
lo rematan a pedradas.

III

Mrtir, que toda tu sangre
supiste dar por la patria;
t, de los desconocidos
que murieron por salvarla,
gracias por tu fortaleza,
por tu sacrificio, gracias!



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