Poema El presidiario de José Antonio Ramos Sucre

El presidiario

de José Antonio Ramos Sucre

EL PRESIDIARIO
    La aldea en donde pasé mi infancia no llegabaa crecer y a convertirse en ciudad. Las casas de piedradefendían difícilmente de la temperatura glacial.Habían sido trabajadas conforme un solo modelo desusado.
    Durante el breve estío dejaba a mi padre ensu retiro habitual y salía fuera de poblado a correr tras deunos ánades holgados en la pradera. Yo esperaba alcanzarlos ensu fuga a ras del suelo. Mis vecinos indolentes no se ocupaban deperseguirlos.
    No podía intentar otro medio de cazar lasaves sino el de apresarlas con la mano. Yo carecía de arco y dehonda y las piedras no se daban en aquel distrito.
    Mi padre vino a morir de una fiebre exigua y tenaz.Se había visto en el caso de beber el agua de lasciénagas. Su organismo se redujo a la voz cavernosa y a los ojosbrillantes. Proveyó hasta el último aliento a miinvalidez de niño.
    Habría perecido de inanición si no mesocorre un militar destinado a guarnecer un pueblo más ameno,asentado en una rada espaciosa. Me tomó de la mano el díadel entierro y me llevó consigo. Los murmuradores me llamaban elhijo del deportado.
    Yo crecí a la sombra del militar caritativo.Se violentaba al verme desidioso y pusilánime. Yo meresistí a seguirlo cuando le retiraron el nombramiento y lopasaron a un puerto del Mar Negro. La pesadumbre le impedíahablar cuando me abrazó por última vez.
    Caí desde ese momento en la mendicidad. Losconsejos de un perdulario me alentaron al delito y me trajeron alpresidio. Dedico las horas usuales del día a trasportar unaspiedras graves de alzar hasta el hombro.
    El consejero de mi infortunio me visita en el cursode la noche inmóvil, cuando yazgo sobre el suelo de mi celda. Mefascina de un modo perentorio con los sones de su flauta originada dela tibia de un ahorcado.


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