Poema Envío a Carlos Edmundo en esta hora precursora del silencio de Gabino Alejandro Carriedo

Envío a Carlos Edmundo en esta hora precursora del silencio

de Gabino Alejandro Carriedo


¡Oh, amigo, el de las blandas ligaternas,
el imberbe barbado, el verde monje,
mira por dónde estoy, tú, el que me miras
con los ojos perversos, tú, el incauto!

¡Oh, amigo, el de las pronas multitudes,
el de comer terreno a los pinares!
¿Sabes dónde están, tú, las madreselvas,
dónde el cierzo de marzo, dónde, dime?

Por los muros de todos los retretes
está escrito mi nombre; en los caminos
están las ramas de este arbusto seco,
¡y tú me has preguntado todavía!

¡Oh, amigo, el boquiabierto, el almenado,
el que ha manado luz, el sudoroso,
el oso que se escuda y aparece
gentil pasando láminas y pájaros!

Tú, el que anochece con el sol tardío,
mezcla de papa y moscas. ¡Pena impune!
¡Oh, liso pope de epopeya y gallo
que puso encima de las crestas cristos!

Te diré mi secreto: estoy contrito,
un mito me acontece y me destroza,
persevero en el éxtasis y arguyo
que los ancianos piensan margaritas.

Una cosa es verdad: que la mar crece,
que el llanto es puntiagudo y que la arcilla
es fábula no hablada, es pino seco,
es moco de titanes y es tiniebla.

Ven que te cuente el sucedido innoble,
el dicho y hecho en caridad, el sísmico
batir alas del cerdo, el holocausto
verdinegro de todas las criaturas.

Oh, amigo, el que pulsaba los rabeles
con hilos de su pelo, el tenebroso
que tiene brasas en los dedos, dados
para jugar al rododendro, ¡escucha!


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