Poema Huella de hombre de Hérib Campos Cervera

Huella de hombre

de Hérib Campos Cervera

de hombreHachero I En memoria
de los Hijos de la selvaque agonizan y mueren en silencio enel vasto
imperio del Quebracho. Este es Benigno Rojas: hijo y nieto de
hacherosy hachero él mismo. Viene de selvas torrencialesy está como de
paso frente a mí, porque siemprecamina hacia otras selvas cada vez más
lejanas. Lo veo marchar llevando sobre la cruz del hombro,el
fulminante símbolo de su poder: el hacha;y siento que en su pulso rotundo le
circula-como en perpetuo flujo-, la fuerza y el coraje. Es el
Hachero. Viene de selvas torrenciales.Su alzada poderosa recorta una
siluetade aborigen, tallada sobre un friso de piedra. El
instinto certero de vientos y de lluviasle da esa taciturna sabiduría de
ancianoy aunque apenas levanta dos décadas de vida,sus experiencias
llevan una herencia de siglos. Es todo brazos. Tiene sobre el
antiguo sitiode la sonrisa, un tajo que le madura el gesto;la frente
toda: un amplio lugar de sufrimientos,donde vidas y muertes libraron su
batalla. Sellado de miseria, lleva un sombrero rotopara cubrir
el rudo tumulto de su pelo,un recuerdo de viejas altanerías le subepor
el torrente ardido de la sangre, a los ojos. II Esta
es la Selva. En ella su existencia se expandehasta llenar sus densos
dominios germinales.Respira el sostenido perfume de las hojasy en la
solemne cúpula del aire mañanerova eligiendo los cantos de pájaros
amigosque regirán la rítmica jornada de sus horas. Y cuando en
rojos círculos, los límites del díadespuntan, el hachero, poderoso de
orgullo,sacude la cabeza para alejar el sueño. Cincuenta metros
dentro de su reino, detienesus pasos e investiga con cauteloso atisbolas
invisibles huellas de las bestias nocturnas. Cuando sus ojos
cumplen la selección certeradel tronco favorable,baja el hacha; se
arranca los harapos del torso;lubrica con saliva las palmas de las
manosy comienza su rito con taciturna furia. Sube el hierro y
de vuelta, su filo incandescentecon impacto tremendo se incrusta en la
corteza.Regresa diez, cien veces sobre la misma vértebra,hasta que la
garganta desgarrada se rindey entre un furor de gritos, se acuesta en la
picada. Luego vendrán, en lenta sucesión de torturas:el corte
de los brazos -la dulce cabelleraque en amistad de pájaros vivió quinientos
años-,y la final injuria de ser oreado al vientosu corazón sangrante,
lampiño y desolado. Después, lo que suceda ya no tendrá
importancia:viajar, quedarse quieto o arder, será lo mismo.Ni las nubes
del alba, ni pájaros, ni lluviasrecostarán su vuelo sobre la cruz
difunta. La selva castigada, se duele de sus llagaspetrificando
el alma de sus hijos intactos.A izquierda y a derecha de sus heridas,
yacenla sangre milenaria y el corazón constante,con las venas abiertas y
el canto sofocado. El humus -que ha labrado la columna
tranquiladel árbol y le ha dado su dulzura de sombras(y que nunca, en
mil años, descansó en su tareade levantar la lenta catedral de un
quebracho)-,llora, junto a las rojas cicatrices y tiendesobre las venas
rotas sus manos de substanciaspara que en los futuros milenios no
perezcanlos encendidos brotes que duermen bajo tierra.
III Tras la blindada puerta duerme el Oro
encerrado.Lo guardan hombres duros, de corazón metálico,más fríos que
las hojas del hacha y más tenacesque el músculo tenaz de los
hacheros. Infinitas planillas, con infinitos números,tamizan el
trabajo del Hachero de Bronce.Drenan los calculistas la sangre
peregrina,hasta dejar un pálido puñado de centavos.Abren, al fin, la
puerta blindada y con sus garrasde pájaros nocturnos -como quien da la
vida-,su paga dan al hijo diurno de la Selva. Después... Es el
camino; los puertos; las nostalgiasde amor y la guitarra y el cuchillo y la
caña.Lento o precipitado rodaje hacia el agobio;siempre es igual: un
día, de nuevo hacia la noria;el hacha compañera sobre la cruz del
hombroy un infinito sueño colgado de los párpados. Y así una
vida entera. Los hijos: con anemia;la mujer: amarilla de pestes y
fatigasy él, en perpetuos trances de enganches y
despidos. IV Y su final fue duro, como es duro el
oficio;como también es dura la materia que amasay es duro el hierro
ciego del hacha compañera. Ciertamente. Un domingo, en que iba de
retorno-con la noche ya entera tapando los caminos-,vio cruzar un
ardiente relámpago de acero.Desde el costado izquierdobajó una catarata
caliente y fragorosabuscando el nivelado descanso de la
tierra. Vieja ley de cuchillos lo llamó por su nombre,sin darle
tiempo alguno para mirar el ceñodel que lo ató a la tierra del canto y del
gusano.Un eco, casi helado, de relinchos de potrosle fatigó un instante
los tímpanos dormidosy un silencio de tiempo sin voz le fue cayendosobre
el cristal velado de los ojos. Cuando quiso la mano dolerse de sí
mismay buscó asir el grito que se le estaba yendo,sintió que le pesaba
más que el hacha: la vida,y que la cruz del hombro lloraba por
marcharse. Un sueño de guitarras, de puñales y músicale
completó la muerte que ya llevaba dentro,y entre la luz de sombras, de su
fin reiterado,sus turbios ojos vieron levantarse, muy lejos,sobre un
alto horizonte de oxidados contornosuna cruz de quebracho de brazos
encendidos-velando el firme sueño- y en ella, recostada,-sosteniendo el
sombrero y en actitud de espera-,el hacha compañera de hazañoso
recuerdo...


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