Poema Jamás se había oído el menor roce de cadenas de Oliverio Girondo

Jamás se había oído el menor roce de cadenas

de Oliverio Girondo


Jamás se había oído el menor roce de cadenas. Lasbotellas no manifestaban ningún deseo de incorporarse. Aldía siguiente de colocar un botón sobre una mesa, se leencontraba en el mismo sitio. El vino y los retratos envejecíancon dignidad. Era posible afeitarse ante cualquier espejo, sin que serasgara a la altura de la carótida; pero bastaba que un invitadotocase la campanilla y penetrara en el vestíbulo, para quecometiese los más grandes descuidos; alguna de esasdistracciones imperdonables, que pueden conducirnos hasta el suicidio.
En el acto de entregar su tarjeta, por ejemplo, los visitantes sesacaban los pantalones, y antes de ser introducidos en el salón,se subían hasta el ombligo los faldones de la camisa. Al ir asaludar a la dueña de casa, una fuerza irresistible los obligabaa sonarse las narices con los visillos, y al querer preguntarle por sumarido, le preguntaban por sus dientes postizos. A pesar de un enormeesfuerzo de voluntad, nadie llegaba a dominar la tentación derepetir: “Cuernos de vaca”, si alguien se refería a lasseñoritas de la casa, y cuando éstas ofrecían unataza de té, los invitados se colgaban de las arañas, parareprimir el deseo de morderles las pantorrillas.
El mismo embajador de Inglaterra, un inglés reseco en elprotocolo, con un bigote usado, como uno de esos cepillos de dientesque se utilizan para embetunar los botines, en vez de aceptar la copade champagne que le brindaban, se arrodilló en medio delsalón para olfatear las flores de la alfombra, y despuésde aproximarse a un pedestal, levantó la pata como un perro.


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