Poema La balada del transeúnte de José Antonio Ramos Sucre

La balada del transeúnte

de José Antonio Ramos Sucre

    ¡Cuánto recuerdo el cementerio de laaldea! Dentro de las murallas mancilladas por la intemperie, algunascruces clavadas en el suelo, y también sobre túmulos detierra y alguna vez de mármol. El montón de urnasdesenterradas, puestas contra un rincón del edificio, deshechasen pedazos y astillas putrefactas. Densa vegetacióndesenvolvía una alfombra hollada sin ruido por el caminante.
    De aquella tierra húmeda, apretada condespojos humanos, brotaba en catervas el insecto para la marchalaboriosa o para el vuelo rápido. Los árboles de follajeoscuro, agobiados por las gotas de la lluvia frecuente, soplaban rumorde oraciones, trasunto del oráculo de las griegas encinas.Alguna que otra voz lejana se aguzaba en la tarde entremuerta,zozobrando en el pálido silencio la solemnidad de la estrellaerrante, precipitada en el mar.
    Las nubes regazadas por el cielo, cualprocesión de angélicas novicias, dorándolas el soloccidental, el que inunda de luz fantástica el santuario através de los góticos vitrales. Montes de manso declive,dispuestos a ambos lados del valle del reposo, vestidos de nieblasdelgadas, que retozan en caballos veloces de valkirias, dejandorepentino arco iris en señal y despojo de la fuga.
    Abandono aflictivo encarecía el horror delparaje, aconsejaba el asimiento a la vida, ahuyentaba la enfermizadelectación en la imagen de la fosa, mostrando en ésta elpésimo infortunio, de acuerdo con la razón de lospaganos. La luz de aquel día descolorido secundaba la fuerza deeste parecer, siendo la misma que en las fábulas helenas instigala nostalgia de la tierra en el cortejo de las almas suspirantes através de los vanos asfódelos.


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