Poema La cosecha de Javier del Granado

La cosecha

de Javier del Granado


La aurora cubre los cerros
bajo un fanal de violetas.
Los indios rasgan charangos
alrededor de la hoguera.

Frescas mocitas se escarchan
como el rocío en la hierba,
y del coral de sus labios
vuela un enjambre de abejas.

José Fernández, al moro
caracoleante, sofrena,
y airosamente desmonta
entre un repique de espuelas.

Juega el chimborno en sus dedos,
sus botas muerden la tierra;
dulces racimos de mozas
pican sus manos hambrientas,
y hunde el puñal de sus ojos
en Flora la molinera,
hija del bravo curaca
y de una hulincha colpeña.

Jugosa fruta del valle
con trenzas de madreselva,
pían sus senos caricias,
sangra su boca doncella.

Gloria de curvas su cuerpo,
su cara dulce y trigueña,
granos de quinua sus dientes,
sus ojos dos uvas negras.

Su carne prieta y fragante
emana embrujos de siembra,
y deslumbrado el mestizo
la elige su Delantera.

El potro oliendo los muslos
lanza un relincho de guerra.

Herida por las tipinas
cruje la panca reseca;
chacmiris y tipidoras
avanzan en larga hilera,
como dos brazos abiertos
para estrechar sementeras.

Palliris y suca-sarus
curvan la espalda en la gleba,
buscando mazorcas de oro
dormidas sobre la tierra.

El huillcaparo desborda
de las timpinas repletas,
hinchando enormes costales
que con sus dientes golpean
los huaraqueris de Arani,
temibles en la pelea.

Por el camino de sauces
los carretones se alejan,
desgarra el viento en chasquidos
el flaco ijar de las bestias,
y los gañanes preludian
una canción de la sierra.

Zumban mosquitos de lumbre,
circula el sol en las venas,
y los pulmones se embriagan
de acres vaharadas de tierra.

La gente sale a la sama,
Flora en la suca se queda
hilando un tierno romance
hecho de amor y de espera.

El jarkasiri murmura
que arde la flor de la aldea,
y cuchichean las indias
que habrá mañaca en la hacienda.

¡Ay! que ruedo de mocitas
en la casa solariega
cuando enlune el nina-pilco
su garganta de luciérnagas,
y se cuaje en los almendros
la plegaria de la tierra.

El campo colma de dones
las esperanzas labriegas;
reboza el maíz los graneros,
relumbra el trigo en las eras.

Una parvada de imillas
retoza por la pradera,
cargando al hombro su paga
dulce regalo de tierra.

Los cerros y los caminos
lucen sus ponchos de fiesta
y la encañada se viste
de campanillas solteras.

El sol incendia en las cumbres
el asta de sus saetas,
y se alborotan las coplas
que en el charango revuelan,
mientras las mozas se cimbran
en remolinos de entrega,
y los mancebos del rancho
barren el ala trovera.

Se enflora el viento de huayñus
y requebrando a la aldea,
sangre de sol y paloma
derrama sobre las quiebras.

El Mayordomo embozado
en poncho de polvareda,
sobre la grupa del potro
rapta a la grácil mozuela,
y el cielo comba su cúpula
en una fragua de estrellas.



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