Poema La plaga de José Antonio Ramos Sucre

La plaga

de José Antonio Ramos Sucre

LA PLAGA
    Mi compañero, inspirado de una curiosidadequívoca y de una simpatía vehemente por los seresabatidos y réprobos, andaba de brazo con una joven extraviada.
    Intenté disuadirlo de semejantecompañía, alegando el porte censurable de la mujer,afectada por la memoria de un hermano vesánico, autor de supropia muerte.
    Nos separamos una noche memorable. Las fortunas sehacían y deshacían en el garito de mayor estruendo. Losreverberos derramaban una luz clorótica y aguzaban lafisonomía de los tahúres. La angustia electrizaba el airedel recinto y reprimía el aplauso y la risa de las mujereslivianas.
    Una muchedumbre de insectos alados, cayó, eldía siguiente, sobre la ciudad y difundió una pestecontagiosa. Sus larvas se domiciliaban en los cabellos de los hombres ydesde allí penetraban a devorar el encéfalo, socorridasde un mecanismo agudo. Arrojaban de sí mismas un estuche fibrosopara defenderse de alguna loción medicinal. Herían, demodo irreparable, los resortes del pensamiento y de la voluntad. Losinfectados corrían por las calles dando alaridos.
    Mi compañero se resistió a mi consejode huir y vino a perecer, sin noticia de nadie, en su vivienda delsuburbio.
    Los naturales del reino se abstenían de pisarel contorno de la ciudad precita. Los agentes del orden, asentados enlugares oportunos, impedían la visita de los rateros ycircunscribían la zona del mal.
    Yo arrostré la prohibición yconseguí descubrir la suerte de mi amigo.
    Abrí, después de algúnforcejeo, la puerta de su casa y lo vi tendido en el suelo, mostrandohaberse revolcado.
    Unas arañas, de ojos fosforescentes y depatas blandas y trémulas, saltaban ágilmente sobre sucadáver. La nueva ralea había despoblado la ciudad,corriendo en pos de los supervivientes.


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