Poema La presencia del naúfrago de José Antonio Ramos Sucre

La presencia del naúfrago

de José Antonio Ramos Sucre

LA PRESENCIA DEL NÁUFRAGO
    La dama singular y gentil se disponía acomunicarme esa tarde la confidencia prometida una y otra vez.
    Yo le servía una silla plegadiza en un retirode la playa aireada.
    El disco del sol rodaba fugitivo hacia ellímite de un mar oscuro.
    El azar nos había reunido en aquelrincón del litoral italiano. Habíamos llegado por caminosopuestos a reposar la fatiga y la melancolía de largos viajes.
    Ocultaba su origen bajo el sello de una reservaaltiva. Era difícil acertar con su patria porque usabaatinadamente cualquier idioma culto, y porque su persona físicaarmonizaba los rasgos y las prendas más nobles de razasesculturales. Había nacido en alguna familia acaudalada, conraíz en naciones divergentes.
    Cabellos de oro, perdición de las flechas delsol, y ojos verdes, memorias de alta mar, solemnizaban su hermosuralozana y perdurable de deidad.
    Declaraba haber contentado con sencilla gratitud lasfinezas y los requiebros de los galantes, sin pasar a mayor afecto; yconvenía en referirme ahora la razón de su aislamientodefinitivo. Dejaba entrelucir el nombre de un criollo español,mi compatriota.
    Iba yo el año pasado, cantaba su vozartística, en un vapor lujoso, invención de hadas, através del océano. Viajeros de distinto origensentían y propagaban una alegría vivaz, exaltada, y mecompusieron inmediatamente una corte enfadosa. Aquel bullicioretrocedía ante el recato inexpugnable de un agitadorhispanoamericano, hombre de urbanidad sobria, idéntica.Circulaba entre comentarios y leyendas su nombre de soldado. Aquelretraimiento podía venir de una juventud infructuosa, de unavida descabalada. Su duro semblante de asceta vencía las fachascontentas y mofletudas. Vino un día de cerrazón y vaporlujoso, herido por un témpano, bajó al abismo consacudidas de terremoto. Yo fui salvada de morir por aquel militarhastiado, de fisonomía absorta. Me declaró su afecto y sunombre y me llevó en peso hasta un bote, donde me habíacedido su puesto. Regresó al barco náufrago, dondeocupó sucesivamente los lugares libres todavía de lasaguas. Poco después, el sitio mismo de la catástrofe seborraba en el mar raso. Aquel hombre invitaba con la ilusión deuna vida intrépida en república desquiciada. De uniformeazul, sobre un caballo blanco, debió de regir las montonerasturbulentas, libres de escalafón, magnetizándolas con suvoz marcante, de una seducción irresistible...
    Cesó de hablar, y la más espesa nochecompletaba el pensamiento de la mujer desilusionada y casta. Sehabían roto las compuertas de las tinieblas.


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