Poema La tribulación del novicio de José Antonio Ramos Sucre

La tribulación del novicio

de José Antonio Ramos Sucre

LA TRIBULACIÓN DEL NOVICIO
    Bebedizos malignos, filtros mágicos,ardientes misturas de cantárida no hubieran enardecido mi sangreni espoleado mi natural lujuria de igual modo que ésta micastidad incompatible con mi juventud. Vivo sintiendo el contactos decarnes redondas y desnudas; manos ligeras y sedosas se posan sobre miscabellos, y brazos lánguidos y voluptuosos descansan sobre mishombros. A cada paso siento sobre mi frente los pequeñosestallidos de los besos. Una mujer con palabras acariciantes se inclinahasta tocar con la suya mi mejilla. Su voz insinúa dentro demí el deseo como una sierpe de fuego. Todo mi ser estáembargado de fiebre y lo inquieta un loco deseo de transmitirseencendiendo nuevas vidas. Barbas selváticas, cuernos torcidos,cascos, todos los arreos del sátiro podrían sermíos. Demasiado tarde he venido al mundo; mi puesto se halla enel escondrijo sombrío de un bosque, desde el cual satisficierami arrebato espiando la belleza femenina, antes de hacerla gemir dedolor y de gozo.
    Por desgracia otra es mi situación y muy duromi destino; me viste un grueso sayal más triste que un sudario;vivo en una celda y no en medio de árboles frondosos en un campolibre. Suspiro por un raudal modesto bajo la sombra de ramajesenlazados y cuya superficie temblorosa señalara el vuelo de lasauras. Diera la vida por ver en la atmósfera matinal y serena uninstantáneo vuelo de palomas, como una guirnalda deshecha. Y enuna diáfana mañana, cuando recobran juventud hasta lasruinas, desechar la última sombra del sueño, turbando conmi cuerpo el éxtasis del agua, enamorada de los cielos. Huida lanoche, volviera yo a la vida, cuando el concierto de los pájaroscomienza a llenar el vasto silencio, despertara con más lujo queun déspota oriental, segador de hombres. Bajo la luz paternaldel sol sintiera el júbilo de la tierra y contemplara el mar,después de haber jadeado escalando un monte. Sufro por mi estadoreligioso mayor esclavitud que un presidiario; con mortificaciones yencierros pago un delito de esta rebosante juventud; aislado, heridopor desolación profunda, resguardo mis sentidos, y niegosatisfacción a mis deseos y hospitalidad a la alegría. Elmar palpitante, el viento incansable, el pensamiento volador exasperanel enojo de mi cautiverio, recrudecen la tiranía de micondición, agravan los grillos que me aherrojan. Debo recatarmede participar en la alegría de la tierra amorosa y robusta;vestir perpetuo traje de oscuridad, cuando a todas partes la luz, raudaviajera, lleva su aleluya; reemplazar con rigurosa seriedad la gravesonrisa que conviene al espectador de la tragicomedia del mundo.Sabiendo que el organismo cede con la satisfacción, he deresistirle aunque reproduzca sus deseos con más furia que lahidra sus cabezas, y merezca por insistente y por traidor supersonificación en Satán torvo y enrojecido.
    No se calma este ardor con claustro inaccesible nicon desierto desolado. Con esa abstinencia, la locura me haríacompañero de santos desequilibrados y extáticos. Ni lapenumbra de los templos abrigados me auxilia, porque es tibia como unregazo y favorable al amor como un escondite. La oración tampocoes defensa porque su lenguaje es el mismo que para cautivarse empleanlos hijos y las hijas de los hombres. Ni es para alejar del siglo labelleza que resplandece en las efigies: algunas me recuerdan lasmujeres que hubiera podido amar, tienen los mismos ojos hermosos ytranquilos, la misma cabellera destrenzada sobre las espaldas y loshombros, y sobre los pies menudos y curiosos debajo del vestidodescansa la estatua soberbia del cuerpo. No es bastante el únicorefugio que alcanzo a los pies del hijo de Dios extenuado y sangriento.Más me apacigua comunicándome su dolor la madre Virgen alos pies del grueso madero. Llora, mientras vencida bajo sucalcañar, según la lección bíblica, setuerce la serpiente perezosa y elástica. Pierden su brutalidadlos groseros anhelos, si atiendo a esos ojos lacrimantes, azules de unazul doliente, como el cielo de un país de exilio...Sería distinto, si fueran sus ojos negros, como aquellos otrosde brasa infernal, que me han envenenado con su lumbre.


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