Poema La vida del maldito de José Antonio Ramos Sucre

La vida del maldito

de José Antonio Ramos Sucre

LA VIDA DEL MALDITO
    Yo adolezco de una generación ilustre; amo eldolor, la belleza y la crueldad, sobre todo esta última, quesirve para destruir un mundo abandonado al mal. Imagino constantementela sensación del padecimiento físico, de la lesiónorgánica.
    Conservo recuerdos pronunciados de mi infancia,rememoro la faz marchita de mis abuelos, que murieron en esta mismavivienda espaciosa, heridos por dolencias prolongadas. Reconstituyo laescena de sus exequias, que presencié asombrado e inocente.
    Mi alma es desde entonces crítica y blasfema;vive en pie de guerra contra los poderes humanos y divinos, alentadapor la manía de la investigación; y esta curiosidadinfatigable declara el motivo de mis triunfos escolares y de mi vidaatolondrada y maleante al dejar las aulas. Detesto íntimamente amis semejantes, quienes sólo me inspiran epigramas inhumanos; yconfieso que, en los días vacantes de mi juventud, miíndole destemplada y huraña me envolvía sin treguaen reyertas vehementes y despertaba las observaciones irónicasde las mujeres licenciosas que acuden a los sitios de diversióny peligro.
    No me seducen los placeres mundanos y volvíespontáneamente a la soledad, mucho antes del término delmi juventud, retirándome a ésta, mi ciudad nativa, lejanadel progreso, asentada en una comarca apática y neutral. Desdeentonces no he dejado esta mansión de colgaduras y de sombras. Asus espaldas fluye un delgado río de tinta, sustraído dela luz por la espesura de árboles crecidos, en pie sobre lasmárgenes, azotados sin descanso por un viento furioso, nacido delos montes áridos. La calle delantera, siempre desierta, suena aveces con el paso de un carro de bueyes, que reproduce la escena de unacampiña etrusca.
    La curiosidad me indujo a nupcias desventuradas, ycasé improvisadamente con una joven caracterizada por los rasgosde mi persona física, pero mejorados por una distinciónoriginal. La trataba con un desdén superior, dedicándoleel mismo aprecio que a una muñeca desmontable por piezas. Prontome aburrí de aquel ser infantil, ocasionalmente molesto, ydecidí suprimirlo para enriquecimiento de mi experiencia.
    La conduje con cierto pretexto delante de unaexcavación abierta adrede en el patio de esta misma casa. Yoportaba una pieza de hierro y con ella le coloqué encima de laoreja un firme porrazo. La infeliz cayó de rodillas dentro de lafosa, emitiendo débiles alaridos como de boba. La cubríde tierra, y esa tarde me senté solo a la mesa, celebrando suausencia.
    La misma noche y otras siguientes, a hora avanzada,un brusco resplandor iluminaba mi dormitorio y me ahuyentaba elsueño sin remedio. Enmagrecí y me tornépálido, perdiendo sensiblemente las fuerzas. Para distraerme,contraje la costumbre de cabalgar desde mi vivienda hasta fuera de laciudad, por las campiñas libres y llanas, y paraba el trote dela cabalgadura debajo de un mismo árbol envejecido, adecuadopara una cita diabólica. Escuchaba en tal paraje murmullosdispersos y difusos, que no llegaban a voces. Viví asíinnumerables días hasta que, después de una crisisnerviosa que me ofuscó la razón, desperté clavadopor la parálisis en esta silla rodante, bajo el cuidado de unfiel servidor que defendió los días de mi infancia.
    Paso el tiempo en una meditación inquieta,cubierto, la mitad del cuerpo hasta los pies, por una felpa anchurosa.Quiero morir y busco las sugestiones lúgubres, y a mi lado ardeconstantemente este tenebrario, antes escondido en un desván dela casa.
    En esta situación me visita,increpándome ferozmente, el espectro de mi víctima.Avanza hasta mí con las manos vengadoras en alto, mientras micontinuo servidor se arrincona de miedo; pero no dejaré estamansión sino cuando sucumba por el encono del fantasmainclemente. Yo quiero escapar de los hombres hasta después demuerto, y tengo ordenado que este edificio desaparezca, al díasiguiente de finar mi vida y junto con mi cadáver, en medio deun torbellino de llamas.


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