Poema Noches de Puerto rico de Evaristo Ribera Chevremont

Noches de Puerto rico

de Evaristo Ribera Chevremont


I

Esta noche de agosto, cuando la luna esplende
clorótica y pesada, yo noto la dureza
de la estación. Mi sangre, trastornada, se extiende
por mi cuerpo, apretándome corazón y cabeza.

Bajo el calor y el polvo curva el árbol las ramas,
aflojándose. El aire, durísimo y violento,
tal como traspasado por las salvajes llamas
de primitiva hoguera, dificulta el aliento.

Substancias corrompidas por la temperatura,
unen su olor maligno con el de fango y flores;
y multitud de insectos, de obstinación oscura,
en húmedos recintos roncan sus estridores.

En mitad de la cósmica tragedia, verdes, rojos
y azules, resplandecen los soles. Irritados,
hacia el brillante cielo levántanse mis ojos.
Los perros vigilantes ladran en los cercados.

2

La noche, larga en soles amarillos y azules,
desciende sobre el patio, dándole vaguedades;
y la tuna, ya altísima, relumbra en los gandules.
Profundas, en la noche, se sienten las edades.

El amor, el que nunca concluye, porque es puro,
trascendental y eterno, me envuelve y me acaricia.
La tuna da, con golpes de luz blanca, en el muro.
El sueño en su compleja virtualidad me inicia.

Y yo sueño, yo sueño. Me embriaga el cucubano,
que en el aire translúcido se enciende y se apaga;
y me embriaga la luna con su luz. Lo lejano,
lo que es inalcanzable, totalmente me embriaga.

La entonación del Cosmos a delirar me lleva.
En sus diversos pianos la noche se me ofrece;
y, al poseer la noche, que es fulgurante y nueva,
siento cómo mi carne palpita y se estremece.

3

En el pequeño parque, que al mar se aproxima,
oigo brotar el agua de la moderna fuente;
y en la fuente, tal como la onda que la mima,
irrumpe el loto místico, la excelsa flor de Oriente.

La fina luna deja caer su luz plateada
sobre la negra fuente, que en la noche rumora.
Golpeando los muelles, sube la marejada.
En los muelles respira, con lentitud, la hora.

Un gigantesco buque, todo él iluminado,
en mitad de la rada vivamente destella.
Yo veo cómo contra su parduzco costado
la sombra, de azulina diafanidad, se estrella.

Y me sacude el ansia vibradora del viaje.
Desde los toscos bancos de este parque pequeño
-parque de loto y tuna-, yo contemplo
el celaje que se entinta de tuna. Yo, capitán del sueño...

4

La luna da en el agua. Los muelles, soñolientos,
apuntan sus contornos. Y los barcos, unidos
a los muelles, vigilan. El mar, con ondeamientos
de agilidad, se muestra. Se enmohecen los ruidos.

Las firmes y elegantes construcciones de España
se imponen con orgullo. San Juan, de luces fuertes,
en las ondas pulidas por la luna, se baña.
Realzados de luna, también lucen los fuertes.

En el cielo, franjado de blancas nubecillas
e invadido de estrellas de pulcras radiaciones,
La luna sugestiona. Roñoso, en las orillas
del mar, se agrupa el barrio, de hostiles callejones.

Mientras la luna llena, por superabundante,
en el pomposo cielo, que le sirve de marco,
obsesiona, en el agua llena de luna, y ante
una boya de púrpura, se arrumba viejo barco.

5

En la ligera noche, la luna, pura y fría,
discurre por el patio, donde, hondamente inquietos,
los grillos confeccionan su agria sinfonía,
y donde se dibujan, blanqueados, los objetos.

Concéntrase en el patio la reflexión lechosa,
de tonalidad suave, de la delgada luna;
el chayote reluce; reluce la lechosa.
Reluce, entre las hierbas ordinarias, la luna.

Ubérrima, se brinda maravillosa planta;
planta que, en la riqueza de sus tantas bondades,
vertiendo sus sagrados olores, se adelanta.
La planta se adelanta, llena de claridades.

El coco, iluminado, fulge. El almendro mueve sus hojas.
El murciélago, veloz y fosco, vuela,
en tanto que, en la noche, la luciérnaga leve
fascina con el mágico verdor de su candela.

6

Una luna de cuernos punza la madrugada.
Yo contemplo su enorme carátula amarilla;
y su luz, que es luz mórbida, que es luz atormentada,
en mi carne se hunde, tal como una cuchilla.

Yo advierto la temible, la infernal influencia
de su luz en mi carne. Largamente me inquieto.
Esplende, apretujando, aporreando mi conciencia,
la luna, tercamente velada en su secreto.

Se alza en la luz, cargada de rítmica dulzura,
respiración de seres dormidos a mi lado.
La noche es una noche calientemente dura;
y arde, en pesada atmósfera sensual, el poblado.

Y mientras que la luna difunde en el ambiente
La magia venenosa de su vapor lucido,
mastín encandilado, La pupila candente,
aúllale a la luna con pertinaz aullido.




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