Poema Oda de Manuel Acua

Oda

de Manuel Acua

Leida en la sesin que el Liceo Hidalgo celebr en honor de Doa Gertrudis Gmez de Avellaneda.

De los tres cielos que recorre el hombre
de la existencia en la medida impa,
cuando la gloria me ense tu nombre
yo estaba en el primero todava.
La pena que del pecho
hasta el abismo lbrego desciende,
y del cadver de un amor deshecho
finge flotando en derredor del lecho
la aparicin bellsima de un duende;
la sombra a cuyo peso aborrecido
muere el placer y el alma se acobarda,
tratando de evocar en el olvido
el recuerdo dulcsimo y querido
de los besos del ngel de la guarda;
todo eso que en la frente
deja un sello de luto y desconsuelo,
cuando en el alma plida y doliente
no queda ni la fe que es del creyente
la ltima golondrina que alza el vuelo
todo eso que de noche
baja hasta el corazn como una sombra,
y que terrible y sin piedad ninguna
sus ilusiones todas despedaza,
an no era sobre el cielo de mi cuna.
Ni la plida nube que importuna
se levanta enseando la amenaza.
Dichoso con la dulce indiferencia
del que al amor de su callado asilo
ha vivido a la luz de la inocencia,
acostumbrado a ver en la existencia
la imagen de un azul siempre tranquilo,
yo entonces ignoraba
que, ms alla de aquel humilde techo
que sus caricias y su amor me daba,
clamando al cielo y suspirando en vano
desde el rincn sin luz de la vigilia,
hubiera en otro hogar una familia
de la que yo tambin era un hermano...
Mi amor no sospechaba que existiera
ms ilusion ni carioso exceso
que la mirada dulce y hechicera
de la santa mujer que la primera
nos anuncia a la vida con un beso...
Y hasta que al ducle y mgico sonido
del arpa que temblaba entre tus manos,
dej mi rama, abandon mi nido
y te segu hasta ese rbol bendecido
donde todos los nidos son hermanos,
fue cuando despertando de la calma
en que flotaba la existencia ma,
sent asomar en lo ntimo de mi alma
algo como la luz de un nuevo da.

Tu voz fue la primera
que me habl en la dulzura de ese idioma
que canta como canta la paloma
y gime como gime la palmera...
las cuerdas de tu lira,
como la voz de la primera alondra
que llama a las dems y las despierta,
fueron las que al arrullo de tu acento
sonaron sobre mi alma estremecida,
como si siendo un pjaro la vida
quisieran despertarlo al sentimiento...

Tu nombre va ligado en mi cario
con los recuerdos santos y amorosos
de mis tiempos de nio,
con los placeres dulces y sabrosos
de esa poca sonriente
en la que es cada instante una promesa
y en la que el ngel de la fe an no besa
las primeras arrugas de la frente;
tu nombre es la memoria
del pueblo y del hogar adonde un da
fue a estremecerse el eco de tu gloria
y el trino arrullador de tu poesa;
la evocacin de todo lo ms santo
en medio de mis noches desmayadas,
que an tiemblan a las dulces campanadas,
de aquellas horas en que amaba tanto...

Y as, cuando yo supe
que abandonada a tu dolor moras,
y que en tu muda y lnguida tristeza
renunciabas a ver junto a tu lecho,
quien, al rodar sin vida tu cabeza,
recogiera el laurel de tu grandeza
y el ltimo sollozo de tu pecho;
cuando yo supe que en la huesa insana
te inclinabas por fin plida y sola,
sin que el adis de tu alma soberana
se enlutara la ctara cubana
ni gimiera la ctara espaola;
al darte mis adioses, los adioses
de la eterna y postrera despedida,
sent que algo de triste sollozaba
de mi dolor en el oscuro abismo,
y que tu sombra que flotaba arriba,
al extinguirse y al borrarse iba
llevndose un pedazo de s mismo,
y entonces al poder de los recuerdos
borrando la distancia
tend mis alas hacia el nido blando
de los primeros sueos de la infancia;
llegu al rincn modesto
donde tus dulces pginas lea
a la fe y al amor siempre dispuesto
y all de pie frente a la blanca cuna
donde en sus flores me envolvi el destino,
busqu en su fondo alguna
que an no cerrara su oloroso broche,
y en l hall dormida,
sta con la que el alma agradecida
viene a aromar las sombras de la noche.

Deuda en mi cario
contraje desde nio con tu nombre,
esa flor es el cntico del nio
mezclada con las lgrimas del hombre;
esta flor es el fruto de aquel germen
que derramaste en mi niez dichosa,
y que al rodar sobre la humilde fosa
donde tus restos duermen
entre sus piedras speras se arraiga
recogiendo su jugo en tus cenizas,
y esperando en su cliz a que caiga
la gota de los cielos que le traiga
la esencia y el amor de tus sonrisas.



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