Poema Orillas del Sar de Mara Rosala Rita de Castro

Orillas del Sar

de Mara Rosala Rita de Castro

I

travs del follaje perenne
Que oir deja rumores extraos,
Y entre un mar de ondulante verdura,
Amorosa mansin de los pjaros,
Desde mis ventanas veo
El templo que quise tanto.

El templo que tanto quise...
Pues no s decir ya si le quiero,
Que en el rudo vaivn que sin tregua
Se agitan mis pensamientos,
Dudo si el rencor adusto
Vive unido al amor en mi pecho.

II

Otra vez! Tras la lucha que rinde
Y la incertidumbre amarga
Del viajero que errante no sabe
Dnde dormir maana,

En sus lares primitivos
Halla un breve descanso mi alma.

Algo tiene este blando reposo
De sombro y de halageo,
Cual lo tiene en la noche callada
De un ser amado el recuerdo,
Que de negras traiciones y dichas
Inmensas, nos habla un tiempo.

Ya no lloro..., y no obstante, agobiado
Y afligido mi espritu, apenas
De su crcel estrecha y sombra
Osa dejar las tinieblas
Para baarse en las ondas
De luz que el espacio llenan.

Cual si en suelo extranjero me hallase
Tmida y hosca, contemplo
Desde lejos los bosques y alturas
Y los floridos senderos,
Donde en cada rincn me aguardaba
La esperanza sonriendo.

III

Oigo el toque sonoro que entonces
A mi lecho llamarme vena
Con sus ecos, que el alba anunciaban;

Mientras cual dulce caricia
Un rayo de sol dorado
Alumbraba mi estancia tranquila.

Puro el aire, la luz sonrosada,
!Qu despertar tan dichoso!
Yo vea entre nubes de incienso
Visiones con alas de oro
Que llevaban la venda celeste
De la fe sobre sus ojos...

Ese sol es el mismo, mas ellas
No acuden mi conjuro;
Y travs del espacio y las nubes,
Y del agua en los limbos confusos,
Y del aire en la azul transparencia,
Ay!, ya en vano las llamo y las busco.

Blanca y desierta la va
Entre los frondosos setos
Y los bosques y arroyos que bordan
Sus orillas, con grato misterio
Atraerme parece y brindarme
A que siga su lnea sin trmino.

Bajemos, pues, que el camino
Antiguo nos saldr al paso,
Aunque triste, escabroso y desierto,

Y cual nosotros cambiado,
Lleno an de las blancas fantasmas
Que en otro tiempo adoramos.

IV

Tras de intil fatiga, que mis fuerzas agota,
Caigo en la senda amiga, donde una fuente brota
Siempre serena y pura;
Y con mirada incierta, busco por la llanura
No s qu sombra vana qu esperanza muerta,
No s qu flor tarda de virginal frescura
Que no crece en la va arenosa y desierta.

De la obscura Trabanca tras la espesa arboleda,
Gallardamente arranca al pie de la vereda
La Torre y sus contornos cubiertos de follaje,
Prestando a la mirada descanso en su ramaje
Cuando de la ancha vega, por vivo sol baada,
Que las pupilas ciega,
Atraviesa el espacio, gozosa y deslumbrada.

Como un eco perdido, como un amigo acento
Que suena carioso,
El familiar chirrido del carro perezoso
Corre en alas del viento, y llega hasta mi odo
Cual en aquellos das hermosos y brillantes
En que las ansias mas eran quejas amantes,
Eran dorados sueos y santas alegras.

Ruge la Presa lejos..., y de las aves nido
Fondons cerca descansa;
La candida abubilla bebe en el agua mansa,
Donde un tiempo he credo de la esperanza hermosa
Beber el nctar sano, y hoy bebiera anhelosa
Las aguas del olvido, que es de la muerte hermano;
Donde de los vencejos que vuelan en la altura
La sombra se refleja,
Y en cuya linfa pura, blanco el nenfar brilla
Por entre la verdura de la frondosa orilla.

V

Cuan hermosa es tu vega! Oh Padrn! Oh Iria Flavia!
Mas el calor, la vida juvenil y la savia
Que extraje de tu seno,
Como el sediento nio el dulce jugo extrae
Del pecho blanco y lleno,
De mi existencia obscura en el torrente amargo
Pasaron, cual barridas por la inconstancia ciega,
Una visin de armio, una ilusin querida,
Un suspiro de amor.

De tus suaves rumores la acorde consonancia,
Ya para el alma yerta, tornse bronca y dura
A impulsos del dolor;
Secronse tus flores de virginal fragancia,
Perdi su azul tu cielo, el campo su frescura,
El alba su candor.

La nieve de los aos, de la tristeza el hielo
Constante, al alma niegan toda ilusin amada,
Todo dulce consuelo.
Slo los desengaos preados de temores
Y de la duda el fro,
Avivan los dolores que siente el pecho mo;
Y ahondando mi herida,
Me destierran del cielo, donde las fuentes brotan
Eternas de la vida.

VI

Oh tierra, antes y ahora, siempre fecunda y bella
Viendo cuan triste brilla nuestra fatal estrella,
Del Sar cabe la orilla,
Al acabarme, siento la sed devoradora
Y jams apagada que ahoga el sentimiento,
Y el hambre de justicia, que abate y que anonada
Cuando nuestros clamores los arrebata el viento
De tempestad airada.

Ya en vano el tibio rayo de la naciente aurora
Tras del Miranda altivo,
Valles y cumbres dora con su resplandor vivo;
En vano llega mayo de sol y aromas lleno,
Con su frente de nio de rosas coronada,
Y con su luz serena:
En mi pecho ve juntos el odio y el cario,

Mezcla de gloria y pena,
Mi sien por la corona del mrtir agobiada
Y para siempre fro y agotado mi seno.

VII

Ya que de la esperanza para la vida ma
Triste y descolorido ha llegado el ocaso,
mi morada obscura, desmantelada y fra
Tornemos paso a paso,
Porque con su alegra no aumente mi amargura
La blanca luz del da.

Contenta el negro nido busca el ave agorera,
Bien reposa la fiera en el antro escondido,
En su sepulcro el muerto, el triste en el olvido,
Y mi alma en su desierto.



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