Poema Testimonio de Hérib Campos Cervera

Testimonio

de Hérib Campos Cervera

No sé: yo no podría nombrarlos de otro modoque
enterrando en las venas sedientas de la pólvorasus simples iniciales de
símbolos caídos. Este que está a mi lado, redimido de
luces,palpando espesos muros de abrumados silencios;o aquel en cuyos
párpadosse demoró el relámpago del plomo,no fueron al estrago, no
acudieron al riesgomortal, ni al alto duelocontra el nivel pesado del
agua traicionada;no se echaron de bruces detrás de la pequeñafrontera de
sus huesospara vestir de mármoles y nubesla fragorosa arcilla
combatientede su dulce estatura. No serviría de nada labrarles
una máscaraa quienes desde siemprenacieron y habitaron entre chispas de
piedra. No. Eran otros los rumbos que imantaban los pasosde
estos inaccesibles guerrilleros del alba.No fueron al encuentro de una selva
de bronce; no buscaron metales solemnes, no quisieronanchas
investiduras, ni charangas, ni cantos.Simplementebajaron a morir para
dejarnosotro tiempo más limpio y otra tierra más clara;algún laurel más
alto y un aire más sencillo;otra categoría de nubes y otra formade dar
un aposento, de nombrar una cosa;o acaso otra manera de abrir una
ventanapara llamar al Día del Hombre Venidero. ¿Cómo escribir
siquiera la cifra que llevaronsin lastimar el polvo de sus
nombres? No puedo hablar de lágrimasfrente a esta primavera de
espigas derrumbadas,porque ellas no besaron las márgenes del llantoen
esos días inmensos en que el rayo buscabanada más que la talla del Hombre
para herirla. Si hoy nosotros estamos de pie sobre este
cieno,es porque el firme fuego de todo aquel calvariotrabajó los
cimientos de este cieno. Si mañana tocamos la espada del
rocío,es porque ellos tendieron un puente hasta el aceroy nos dieron su
trigo, sus hondos mineralesy el Norte y la medida del
camino. II Porque yo les he visto sosteniendo sus
hierros,en el trance total de estar dobladossobre el pétalo oscuro de la
sangre. Yo estaba en el costado de la furia,cuando ellos
manejaban las aristas del trueno;los he visto poblando de centellas
azules,las heladas esquinas de la noche. Yo he visto el
amarillo sendero que dejabala bandera asediada;allí donde ella
estabael estambre infalible de mi pequeña brújulahallaba el brillo
honrado del metal de una frente,buscando su trinchera o su
mortaja. III Y ahora, decidme, vosotros,taciturnos
sobrevivientes del crucial torrente;piedras abandonadasen la huella
caliente del combate;cal todavía sonriente sobre el altoparedón de la
muerte:¿de qué rocas del tiempoviene esta arena erguida que
atraviesalos párpados del aire enfurecido?¿De qué profundo sueño están
viviendoestos ángeles claros que van hacia la lluvia,con sus rugientes
números de filos justicieros? ¿Y estos pájaros roncos que
castiganlas ventanas del día? ¿De qué venas en llamaso a
través de qué dulces dominios navegantesemergen estas aguas levantadas y
alertasque, minuto a minuto, configuran el torso,las arterias pacientes
y el rostro de diamantesde estos vertiginosos varones del
castigo? Yo pregunto;yo quiero que me digan el nombredel
Capitán caído debajo del silenciode la piedra final y del maderoen
cruz. Yo quiero que me nombren el número precisode aquellas
simples manos de labor derramadas,desde el Norte, de rayos
torrenciales,hasta la desolada cintura de las islas. Quiero que
me denuncien la dignidad y el ordende esta desamparada cosecha
interrumpida. Necesito bajar hasta el obscuronivel de la
tormenta encadenaday hacer el inventario de esta lenta yacija:juntar las
manos rotas; las frentes y los párpados;clasificar el vasto trabajo del
osario;ver en qué forma suben las substancias terrestrespor los
acantilados de la cal deshojada. Tengo que custodiar desde hoy y
para siempre:los surcos y los hoyos y los túneles,donde la estalactita
de los ojos yacentesy la pisoteada guitarra de estos labiosesperan la
llegada de una aurora invencible. Yo soy el Designado:yo estoy
en este duelo para marcar el hombrode los Ángeles Negros que humillaron sus
alasbajando hasta el infierno de la sangre inocente. Y aquí
estaré por siglos -como un vigía de piedra-,gastando las aldabas de las
puertas del día,hasta que una Bandera de olivos y palomasse yerga entre
las manos de los muertos vengados.


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