Poema Todas las campanas con eco pausado de María Rosalía Rita de Castro

Todas las campanas con eco pausado

de María Rosalía Rita de Castro


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 Todas las campanas con eco pausado
  Doblaron a muerto:
Las de la basílica, las de las iglesias,
  Las de los conventos;
Desde el alba hasta entrada la noche
No cesó el funeral clamoreo:
  ¡Qué pompa! ¡Qué lujo!
  ¡Qué fausto! ¡Qué entierro!

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 Pero no hubo ni adioses ni lágrimas,
Ni suspiros en torno del féretro...
¡Grandes voces sí que hubo!... Y cantáronle,
Cuando le enterraron, un Réquiem soberbio.

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   Siente unas lástimas,
  ¡Pero qué lástimas!...
 Y tan extrañas y hondas ternuras.
  ¡Pero qué extrañas!

  Llora a mares por ellos,
 Les viste la mortaja
 Y les hace las honras...
 Después de que los mata.

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 De la noche en el vago silencio,
Cuando duermen o sueñan las flores,
Mientras ella despierta, combate
Contra el fuego de ocultas pasiones,
Y de su ángel guardián el auxilio
Implora invocando piadosa su nombre:
El de ayer, el de hoy, el de siempre,
Fiel amigo del mal,
     Mefistófeles,
En los hilos oculto, del lino
Finísimo y blanco cual copo de espuma,
En donde ella aún más blanca reclina
  La cabeza rubia,
Así astuto y sagaz, al oído
De la hermosa en silencio murmura:

 «Goza aquél de la vida, y se ríe
Y peca sin miedo del hoy y el mañana,
Mientras tú con ayunos y rezos
Y negros terrores tus horas amargas.»

 «Si del hombre la vida en la tumba
  ¡Oh bella, se acaba,
Qué profundo y cruel desengaño,
  Qué chanza pesada
  Te juega la suerte,
  Le espera a tu alma!»

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 A la sombra te sientas de las desnudas rocas,
Y en el rincón te ocultas donde zumba el insecto,
Y allí donde las aguas estancadas dormitan
Y no hay humanos seres que interrumpan tus sueños,
¡Quién supiera en qué piensas, amor de mis amores,
Cuando con leve paso y contenido aliento,
Temblando a que percibas mi agitación extrema,
Allí donde te escondes, ansiosa te sorprendo!

 — ¡Curiosidad maldita!, frío aguijón que hieres
Las femeninas almas, los varoniles pechos,
Tu fuerza impele al hombre á que busque la hondura
Del desencanto amargo y a que remueva el cieno
Donde se forman siempre los miasmas infectos.

 — ¿Qué has dicho de amargura y cieno y desencanto?
¡Ah!, no pronuncies frases, mi bien, que no comprendo;
Dime sólo en qué piensas cuando de mí te apartas
Y huyendo de los hombres vas buscando el silencio.

 — Pienso en cosas tan tristes a veces y tan negras,
Y en otras tan extrañas y tan hermosas pienso,
Que... no las sabrás nunca, porque lo que se ignora
No nos daña si es malo, ni perturba si es bueno.
Yo te lo digo, niña, a quien de veras amo;
Encierra el alma humana tan profundos misterios,
Que cuando a nuestros ojos un velo los oculta,
Es temeraria empresa descorrer ese velo;
No pienses, pues, bien mío, no pienses en qué pienso.

 — Pensaré noche y día, pues sin saberlo, muero. —

 Y cuenta que lo supo, y que la mató entonces
  La pena de saberlo.



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