Poema Un reloj con números romanos de Mario Benedetti

Un reloj con números romanos

de Mario Benedetti


¿Estoy contando algo más que una fábula?
ENRIQUE LIHN

No se culpe a nadie de mi vida
Julio Cortázar

¿Te llama la atención mi reloj? ¿Verdad que eslindo? A mí siempre me gustaron los relojes con númerosromanos. ¿Crees que está atrasado porque marca las once ycuarto? No, no está atrasado. Simplemente, hace diez añosque está detenido en esa hora. ¿Por qué? No es tansimple de contar. Nunca hablo de eso, nada más que por miedo aque no me crean. ¿Serías capaz de creerme? Entonces te locuento. Más que un recuerdo, es un homenaje. Diez años.Recuerdo la fecha, porque todo ocurrió al día siguientede mi cumpleaños. Tenía quince y estaba bastanteorgulloso de mi nueva edad. Pasaba ese verano en casa de mistíos, en un pueblecito mallorquín, en medio de unincreíble paisaje montañoso. Después de lasmuchedumbres y el tránsito enloquecido de Barcelona, aquello eraun paraíso. Por las mañanas me gustaba ir a la cala quequedaba allá abajo; en hora tan temprana estaba siempredesierta. En esa época nadaba muy mal, así que nunca mealejaba mucho de la orilla porque en ciertos momentos del díalas olas, altísimas y todopoderosas, eran siempre un peligro. Mebañaba desnudo y eso constituía todo un disfrute en aquelagosto particularmente caluroso. Esa mañana descendí casicorriendo por el sendero irregular y pedregoso que llevaba a la cala, yuna vez allí, sin mirar siquiera a mi alrededor, me quitéel short. Iba a meterme en el agua, cuando sentí que alguien megritaba, algo como buenos días. Miré entonces y vi a unamujer joven, morena, hermosa. Llevaba una mínima tanga, pero subusto estaba al descubierto. Sentí un poco de vergüenza yme tapé con las manos, pero ella empezó a caminar yenseguida estuvo junto a mí. No tengas vergüenza, dijo (enun correcto español pero con acento extranjero, como si fueseinglesa o alemana). Mira, yo también me quito esta menudencia,agregó, y así estamos iguales. Preguntócómo me llamaba y le dije que Tomás. Tom, repitióella. Eres lindo, Tom. Creo que me puse rojo. Ven, dijo, ytendió su mano hacia mí. Yo le di la mía. Ven,repitió y me miró calmosamente. Sonreía, pero erauna sonrisa triste. ¿Nunca has estado con una mujer? Dije queno, pero sólo con la cabeza. ¿Y qué edad tienes?Ayer cumplí quince, contesté con mi orgullo algorecuperado. Entonces empezó a acariciarme, primero los hombros,luego el pecho (yo reí porque me hizo cosquillas), la cintura,siempre sonriendo con infinita tristeza. Cuando llegó a mi sexo,éste ya la estaba esperando. Entonces sonrió másfrancamente y con un poco menos de tristeza, pero no se detuvoallí, continuó acariciándome y asíllegó a mis tobillos y a mis pies llenos de arena. En esemomento comprendí que me estaba enseñando algo yresolví ser un buen alumno. También yo empecé aacariciarla, pero en sentido inverso, de abajo hacia arriba, perocuando llegué a aquellos pechos tan celestiales, me sentídesfallecer. De amor, de angustia, de esperanza, de nueva vida,qué sé yo. Nunca más he sentido unasensación así. Entonces, sin decirnos nada, nos tendimosun poco más allá, donde el agua apenas lamía laarena, y ella prosiguió minuciosamente su clase deanatomía. La verdad es que a esa altura yo ya no precisabamás lecciones y la cubrí sin ninguna timidez, casi tediría que con descaro. Y mientras disfrutaba como un loco,recuerdo que pensaba, o más bien deliraba: esta mujer esmía, esta mujer es mía. Cuando todo acabó,continuó besándome durante un rato. Luego se quitóel reloj (precisamente este reloj) de su muñeca y me lo dio.Mira, se ha detenido, eso quiere decir algo, guárdalo contigo. Yyo, que siempre había querido tener un reloj con númerosromanos, lo puse en mi muñeca, a ella le dije gracias y labesé otra vez. Entonces dijo: Eres lo mejor que me podíahaber pasado, justamente hoy. Ahora me voy contenta, porque nosdescubrimos y fue algo maravilloso, ¿no te parece? Sí,maravilloso, pero a dónde vas. Al mar, Tom, me voy al mar.Tú te quedas aquí, con el reloj que se ha detenido, y nodigas nada a nadie. A nadie. Me besó por última vez y sulengua estaba salada, como si fuera un anticipo del mar que laesperaba. Empezó a caminar lentamente, se metió en elagua y de inmediato fue rodeada por el coro de las olas, que cada vezse fueron encrespando más. Ella siguió avanzando, sinnadar, dejándose llevar, empujar, acosar violentamente por aquelmar que (lo pensé entonces) era un viejo celoso, desbordante deira y de lujuria. Un viejo que no la iba a perdonar y a mí mesalpicaba como escupiéndome. Y así hasta que laperdí de vista, porque las olas, una vez que golpeaban en lasrocas, regresaban con ímpetu y la llevaban cada vez máslejos, más lejos, hasta que por fin tomé conciencia de miabandono y empecé a llorar, no como un muchacho de quinceaños sino como un niño de catorce, sobre los despojos demi brevísima, casi instantánea felicidad. Jamásapareció su cuerpo en las costas de Mallorca, nunca supequién era. Durante unos meses quise convencerme de que tal vezfuese una sirena, pero luego descartaba esa posibilidad, ya que lassirenas no usan relojes con números romanos. Bueno, creo que nousan relojes en general. Aun hoy, cuando voy de vacaciones a Mallorca,bajo siempre hasta la cala y me quedo allí, desnudo y a laespera, dispuesto a darle cuerda nuevamente al reloj no bien ella surjadesde el mar, huyéndole a las olas iracundas de aquel viejorijoso. Pero ya ves, en mi reloj de números romanos las agujassiguen marcando las once y cuarto, igual que hace diez años.



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