Poemas de Andrés Bello

Andrés-Bello
Nombre: Andrés Bello
Nacimiento: Caracas 29 de noviembre de 1781
Muerte: Santiago de Chile 15 de octubre de 1865
Nacionalidad: Venezuela
Biografía de Andrés Bello

Poemas de Andrés Bello



Poesías de Andrés Bello preferidas de nuestros lectores


  • Dios me tenga en Gloria

  • A la falsa noticia de la muerte de Mac-Gregor.

    Lleno de susto un pobre cabecilla
    leyendo estaba en oficial gaceta,
    cómo ya no hay lugar que no someta
    el poder invencible de Castilla.

    De insurgentes no queda ni semilla;
    a todos destripó la bayoneta,
    y el funesto catálogo completa
    su propio nombre en letra bastardilla.

    De cómo fue batido, preso y muerto,
    y cómo me le hicieron picadillo,
    dos y tres veces repasó la historia;

    Tanto, que, al fin, teniéndolo por cierto,
    exclamó compungido el pobrecillo:
    -¿Conque es así? -Pues Dios me tenga en gloria.


  • Los duendes Imitación de Víctor Hugo


  • I
    No bulle
    la selva;
    el campo
    no alienta.
    Las luces
    postreras
    despiden
    apenas
    destellos,
    que tiemblan.
    La choza
    plebeya,
    que horcones
    sustentan;
    la alcoba,
    que arrean
    cristales
    y sedas;
    al sueño
    se entregan.
    Ya es todo
    tinieblas.
    ¡Oh noche
    serena!
    ¡Oh vida
    suspensa!
    La muerte
    remedas.

    II
    ¿Qué rüido
    sordo nace?
    Los cipreses
    colosales
    cabecean
    en el valle;
    y en menuda
    nieve caen
    deshojados
    azahares.
    ¿Es el soplo
    de los Andes,
    atizando
    los volcanes?
    ¿Es la tierra,
    que en sus bases
    de granito
    da balances?
    No es la tierra;
    no es el aire;
    son los duendes
    que ya salen.

    III
    Por allá vienen;
    ¡qué batahola!
    ora se apiñan
    en densa tropa,
    que hiende rápida
    la parda atmósfera;
    y ora se esparcen,
    como las hojas
    ante la ráfaga
    devastadora.
    Si chillan éstos,
    aquéllos roznan.
    Si trotan unos,
    otros galopan.
    De la cascada
    sobre las ondas,
    cuál se columpia,
    cuál cabriola.
    Y un duende enano,
    de copa en copa,
    va dando brincos,
    y no las dobla.

    IV
    ¿Fantasmas acaso
    la vista figura?
    Como hinchadas olas
    que en roca desnuda
    se estrellan sonantes,
    y luego reculan
    con ronco murmullo,
    y otra vez insultan
    al risco, lanzando
    bramadora espuma;
    así van y vienen,
    y silban y zumban,
    y gritan que aturden;
    el cielo se nubla;
    el aire se llena
    de sombras que asustan;
    el viento retiñe;
    los montes retumban.

    V
    A casa me recojo;
    echemos el cerrojo.
    ¡Qué triste y amarilla
    arde mi lamparilla!
    ¡Oh Virgen del Carmelo!
    aleja, aleja el vuelo
    de estos desoladores
    ángeles enemigos;
    que no talen mis flores,
    ni atizonen mis trigos.
    Ahuyenta, madre, ahuyenta
    la chusma turbulenta;
    y te pondré en la falda
    olorosa guirnalda
    de rosa, nardo y lirio;
    y haré que tu sagrario
    alumbre un blanco cirio
    por todo un octavario.

    VI
    ¡Cielos! ¡lo que cruje el techo!
    ¡y lo que silba la puerta!
    Es un turbión deshecho.
    De lejos oigo estallar
    los árboles de la huerta,
    como el pino en el hogar.
    Si dura más el tropel,
    no amanecerá mañana
    un cristal en la ventana,
    ni una hoja en el vergel.

    VII
    San Antón, no soy tu devoto,
    si no le pones luego coto
    a este diabólico alboroto.
    ¡Motín semeja, o terremoto,
    o hinchado torrente que ha roto
    los diques, y todo lo inunda!
    ¡Jesús! ¡Jesús! ¡qué barahúnda!...
    ¿Qué significa, raza inmunda,
    esa aldabada furibunda?
    El rayo del cielo os confunda,
    y otra vez os pele y os tunda,
    y en la caverna más profunda
    del inflamado abismo os hunda.

    VIII
    Ni por ésas. Parece que arroja
    el infierno otro denso nublado,
    o que el diablo al oírme se enoja;
    y empujando el ejército alado,
    el asalto acrecienta y aviva.
    El tejado va a ser una criba;
    cada envión que recibe mi choza,
    yo no sé cómo no la destroza;
    a tamaña batalla no es mucho
    que retiemble, y que toda se cimbre,
    cual si fuese de lienzo o de mimbre...
    ¿Es el miedo? o ¿quién anda en la sala?
    Vade retro, perverso avechucho...
    ¡Ay! matóme la luz con el ala...

    IX
    ¡Funesta sombra! ¡Tenebroso espanto!...
    Amedrentado el corazón palpita...
    y la legión de Lucifer en tanto,
    reforzando la trápala y la bulla,
    a un tiempo brama, gruñe, llora, grita,
    bufa, relincha, ronca, ladra, aúlla;
    y asorda estrepitosa los oídos,
    mezclando carcajadas y alaridos,
    voz de ira, voz de horror, y voz de duelo.
    ¡Qué fiero son de trompas y cornetas!
    ¡Qué arrastrar de cadenas por el suelo!
    ¡Qué destemplado chirrío de carretas!...
    ¡Ya escampa! Hasta la tierra se estremece,
    y según es el huracán, parece
    que a la casa y a mí nos lleva al vuelo...
    ¡Perdido soy!... ¡Misericordia, cielo!

    X
    ¡Ah! Por fin en la iglesia vecina
    a sonar comenzó la campana...
    Al furor, a la loca jarana,
    turbación sucedió repentina.
    El tañido de aquella campana
    a la hueste infernal amohína,
    sobrecoge, atolondra, amilana.
    Como en pecho abrumado de pena
    una luz de esperanza divina;
    como el sol en la densa neblina,
    de los montes rizada melena;
    el tañido de aquella campana,
    que tan alto y sonoro domina,
    y se pierde en la selva lejana,
    el tumulto en el aire serena.

    XI
    ¡Partieron! La sonante nota
    a la hueste infernal derrota.
    Uno a otro apresura, excita,
    estrecha, empuja, precipita.
    Huyó la fementida tropa;
    no trota ya, sino galopa;
    no galopa ya, sino vuela.
    Por donde pasa la bandada,
    una sombra más atezada
    los montes y los valles vela,
    y el luto de la noche enluta.
    Como de leña mal enjuta,
    que en el hogar chisporrotea,
    de mil pupilas culebrea
    rojiza luz intermitente,
    que va señalando la ruta
    de Satanás y de su gente.

    XII
    Cesó, cesó la zozobra.
    A escape va la pandilla;
    y la tierra se recobra
    de la grave pesadilla
    de esta visita importuna;
    y la perezosa luna
    sale al fin, y el campo alegra.
    Allá va la sombra negra;
    distante suena la grita
    de la canalla maldita;
    como cuando ciñe un monte
    de nubes el horizonte,
    y desde su oscuro seno
    rezonga lejano trueno;
    como cuando primavera
    tus nieves ha derretido,
    gigantesca cordillera,
    y a lo lejos se oye el ruido
    de impetuosa corriente
    que arrastra una selva entera,
    cubre el llano y corta el puente.

    XIII
    Mas a ti, ¿qué fortuna,
    huerta mía, te cabe?
    ¿Respiras ya del grave
    afán? ¿Injuria alguna
    sufriste?... ¡Cuánta asoma,
    entreabierta a la luna,
    nueva flor! ¡Cuánto aroma
    de rosas y alelíes
    el ambiente embalsama!
    No hay una mustia rama;
    no hay un doblado arbusto.
    Parece que te ríes
    de tu pasado susto.

    XIV
    Sobre aquellos boldos
    que a un pelado risco
    guarnecen la falda,
    al amortecido
    rayo de la luna,
    van haciendo giros.
    Enjambre parecen
    de avispas, que el nido
    materno abandona,
    despojo de niños
    traviesos, y vuela
    errante y proscrito.

    XV
    ¡Desventurados!
    Del patrio albergue
    también vosotros
    gemís ausentes;
    vagar proscriptos
    os cupo en suerte...
    ¡Terrible fallo!...
    ¡y eterno!... ¡Pesen
    mis maldiciones,
    blandas y leves,
    sobre vosotros,
    míseros duendes!

    XVI
    Hacia el cerro
    que distingue
    lo sombrío
    de su tizne
    -padrón negro
    de hechos tristes-
    vagorosas
    ondas finge,
    parda nube,
    con matices
    colorados,
    como el tinte
    que a la luna
    da el eclipse;
    y en la espira
    que describe,
    rastros deja
    carmesíes...
    ¿En qué abismos,
    infelice
    nubecilla,
    vas a hundirte?...
    Ya los ojos
    no la siguen;
    ya es un punto;
    ya no existe.

    XVII
    ¡Qué calma
    tranquila!
    Tras leve
    cortina
    de gasa
    pajiza,
    la luna
    dormita.
    Al sueño
    rendidas,
    las flores
    se inclinan.
    El viento
    no silba,
    ni el aura
    suspira.
    Tú sola
    vigilas;
    tú siempre
    caminas,
    y al centro
    gravitas,
    ¡oh fuente
    querida!
    ya turbia;
    ya limpia;
    ya en calles,
    que lilas
    y adelfas
    tapizan;
    ya en zarzas
    y espinas.
    ¡Tal corre
    la vida!