Poemas de Carlos Pellicer

Carlos-Pellicer
Nombre: Carlos Pellicer
Nacimiento: Villahermosa, Tabasco, México, 16 de enero de 1897
Muerte: Ciudad de México, 16 de febrero de 1977
Nacionalidad: México
Biografía de Carlos Pellicer

Poemas de Carlos Pellicer



Poesías de Carlos Pellicer preferidas de nuestros lectores


  • Retórica del paisaje


  • A Mauricio Magdaleno

    En el tiempo compacto
    de los dos mil trescientos metros de la altura,
    los paisajes están en un solo acto.
    El aire es siempre exacto
    en su tiempo tonal; sabe escultura
    porque un pintor en tan vastos andamios
    puede fraguar los delirantes cadmios
    y acompasar geométricas figuras.

    (Los claros adjetivos
    ecuestres en caballos sustantivos...)

    Porque la realidad es cosa mía,
    es decir, lo que usted nunca verá,
    en un plato le da Santa Lucía
    los ojos convenientes. (Cortesía
    de la Iglesia Romana que usted devolverá).
    Veamos:
    la flora es intocable; en cutis verde
    la aguja del tatuaje, defensiva
    punza el tacto a distancia.
    Chillan flores carnales
    sobre el nopal que sesga sus etapas
    rimadas en elipse. Si hundo los pedales
    surge en esbelto prisma el cactus órgano,
    cuyo bisel alfiletero agarra
    pequeñas nubes de heno.
    El cactus cuya fálica erección
    límite varonil marca al terreno.
    El maguey en hileras militares
    alerta el armamento y en su espera
    endulza al agua de su sed de guerra
    y emborracha al ladrón de sus panales.
    Cuando se rinde al tiempo alza una lanza
    de heroica flor.

    Con su sombra metálica
    endosela el mezquite siestas largas.
    Un toro y una nube y el arbusto.
    (Se hace el ojo al espacio, juega y carga).

    Así es el verde quieto, la esperanza
    de escultórico juego en el paisaje.
    En los cambios de cielo hay un celaje
    inmóvil, que se borra en su constancia.

    Sólo el árbol pirú, primo del sauce,
    su copa vuelca en el mantel del llano,
    y en ramos de coral tiende la mano
    junto a los lavaderos de algún cauce.

    El verde cae en la trampa de los grises.
    Cien pueblos apedrearon este valle
    y por eso las casas y la calle
    son de una sola pieza.
    Se reduce el lenguaje y la tristeza
    es sobria como sombra de detalle.
    El amarillo seco se encamina,
    ya entre la milpa vieja que el viento papelea,
    o en la resbaladiza llaga de la mina
    de arena.

    Si echo la cara atrás de lo que digo,
    la cordillera sube hasta las nieves
    perpetuas.
    Detrás de ellas el sol desnuda el cielo
    y cuando le abandona sus soberbios harapos,
    las dos enormes cumbres echan su historia al fuego.

    Y hay águilas que cambian huracanes
    por resonantes víboras,
    aunque hayan de cogerlas en nopales.

    La prodigiosa juventud del aire
    convida a estar desnudo.
    Y en un modesto orgullo de silencio
    ganarse loterías de momentos
    para costear los oros del escudo.

    La escenografía de las quietudes.
    Ya no importa el color, sino lo claro.
    Sola sabiduría de los grises
    que está bien en la huerta y en el teatro.
    ¿Para qué el adjetivo si las cosas
    todas, claras, se ven por cuatro lados?

    ¡Los nombres de las cosas!
    De este valle,
    es toda la retórica.

  • Primera intención


  • La oda tropical a cuatro voces
    ha de llegar sentada en la mecida
    que amarró la guirnalda de la orquídea.

    Vendrá del Sur, del Este y del Oeste,
    del Norte avión, del Centro que culmina
    la pirámide trunca de mi vida.

    Yo quiero arder mis pies en los braseros
    de la angustia más sola,
    para salir desnudo hacia el poema
    con las sandalias de aire que otros poros
    inocentes le den.

    A la cintura tórrida del día
    han de correr los jóvenes aceites
    de las noches de luna del pantano.

    La esbeltez de ese día
    será la fuga de la danza en ella,
    la voluntad medida en el instante
    del reposo estatuario,
    el agua de la sed
    rota en el cántaro.

    Entonces yo podría
    tolerar la epidermis
    de la vida espiral de la palmera,
    valerme de su sombra que los aires mutilan,
    ser fiel a su belleza
    sin pedestal, erecta en ella misma,
    sola, tan sola que todos los árboles
    la miran noche y día.
    Así mi voz al centro de las cuatro
    voces fundamentales
    tendría sobre sus hombros
    el peso de las aves del paraíso.
    La palabra Oceanía
    se podría bañar en buches de oro
    y en la espuma flotante que se quiebra,
    oírse, espuma a espuma, gigantesca.
    El deseo del viaje,
    siempre deseo sería.
    Del fruto verde a los frutos maduros
    las distancias maduran en penumbras
    que de pronto retoñan en tonos niños.

    En la ciudad, entre fuerzas automóviles
    los hombres sudorosos beben agua en guanábanas.
    En la bolsa de semen de los trópicos
    que huele a azul en carnes madrugadas
    en el encanto lóbrego del bosque.
    La tortuga terrestre
    carga encima un gran trozo
    que cayó cuando el sol se hacía lenguas.
    Y así huele a guanábana
    de los helechos a la ceiba.

    Un triángulo divino
    macera su quietud entre la selva
    del Ganges. Las pasiones
    crecen hasta pudrirse. Sube entonces
    el tiempo de los lotos y la selva
    tiene ya en su poder una sonrisa.

    De los tigres al boa
    hormiguea la voz de la aventura
    espiritual. Y el Himalaya
    tomó en sus brazos la quietud nacida
    junto a las verdes máquinas del trópico.
    Las brisas limoneras
    ruedan en el remanso de los ríos.
    Y la iguana nostálgica de siglos
    en los perfiles largos de su tiempo
    fue, es, y será.

    Una tarde en Chichén yo estaba en medio
    del agua subterránea que un instante
    se vuelve cielo. En los muros del pozo
    un jardín vertical cerraba el vuelo
    de mis ojos. Silencio tras silencio
    me anudaron la voz y en cada músculo
    sentí mi desnudez hecha de espanto.
    Una serpiente, apenas,
    desató aquel encanto
    y pasó por mi sangre una gran sombra
    que ya en el horizonte fue un lucero.

    ¿Las manos del destino
    encendieron la hoguera de mi cuerpo?

    En los estanques del Brasil diez hojas
    junto a otras diez hojas, junto a otras diez hojas,
    de un metro de diámetro
    florean en un día, cada año,
    una flor sola, blanca al entreabrirse,
    que al paso que el gran sol del Amazonas
    sube,
    se tiñe lentamente de los rosas del rosa
    a los rojos que horadan la sangre de la muerte;
    y así naufraga cuando el sol acaba
    y fecunda pudriéndose la otra primavera.

    El trópico entrañable
    sostiene en carne viva la belleza
    de Dios. La tierra, el agua, el aire, el fuego,
    al Sur, al Norte, al Este, y al Oeste
    concentran las semillas esenciales
    el cielo de sorpresas
    la desnudez intacta de las hojas
    y el ruido de las vastas soledades.

    La oda tropical a cuatro voces
    podrá llegar, palabra por palabra,
    a beber en mis labios,
    a amarrarse en mis brazos,
    a golpear en mi pecho,
    a sentarse en mis piernas,
    a darme la salud hasta matarme
    y a esparcirme en sí misma,
    a que yo sea, a vuelta de palabras,
    palmera y antílope,
    ceiba y caimán, helecho y ave-lira,
    tarántula y orquídea, zenzontle y anaconda.
    Entonces seré un grito, un solo grito claro
    que dirija en mi voz las propias voces
    y alce de monte a monte
    la voz del mar que arrastra las ciudades
    ¡oh trópico!
    y el grito de la noche que alerta el horizonte.