Poemas de Claudio Rodríguez

Claudio-Rodrguez
Nombre: Claudio Rodríguez
Nacimiento: Zamora, España 30 de enereo de 1934
Muerte: Madrid, España 22 de julio de 1999
Nacionalidad: España
Biografía de Claudio Rodríguez

Poemas de Claudio Rodríguez



Poesías de Claudio Rodríguez preferidas de nuestros lectores


  • Viento de primavera


  • Ni aún el cuerpo resiste
    tanta resurrección, y busca abrigo
    ante este viento que ya templa y trae
    olor, y nueva intimidad. Ya cuanto
    fue hambre, ahora es sustento. Y se aligera
    la vida, y un destello generoso
    vibra por nuestras calles. Pero sigue
    turbia nuestra retina, y la saliva
    seca, y los pies van a la desbandada,
    como siempre. Y entonces,
    esta presión fogosa que nos trae
    el cuerpo aún frágil de la primavera,
    ronda en torno al invierno
    de nuestro corazón, buscando un sitio
    por donde entrar en él. Y aquí, a la vuelta
    de la esquina, al acecho,
    en feraz merodeo,
    nos ventea la ropa,
    nos orea el trabajo,
    barre la casa, engrasa nuestras puertas
    duras de oscura cerrazón, las abre
    a no sé qué hospitalidad hermosa
    y nos desborda y, aunque
    nunca nos demos cuenta
    de tanta juventud, de lleno en lleno
    nos arrasa. Sí, a poco
    del sol salido, un viento ya gustoso,
    sereno de simiente, sopló en torno
    de nuestra sequedad, de la injusticia
    de nuestros años, alentó para algo
    más hermoso que tanta
    desconfianza y tanto desaliento,
    más gallardo que nuestro
    miedo a su honda rebelión, a su alta
    resurrección. Y ahora
    yo, que perdí mi libertad por todo,
    quiero oír cómo el pobre
    ruido de nuestro pulso se va a rastras
    tras el cálido son de esta alianza
    y ambos hacen la música
    arrolladora, sin compás, a sordas,
    por la que se llegará algún día,
    quizá en medio de enero, en el que todos
    sepamos el por qué del nombre: «viento
    de primavera»

  • Don de la ebriedad IX

  •             IX

    Como si nunca hubiera sido mía,
    dad al aire mi voz y que en el aire
    sea de todos y la sepan todos
    igual que una mañana o una tarde.

    Ni a la rama tan sólo abril acude
    ni el agua espera sólo el estiaje.

    ¿Quién podría decir que es suyo el viento,
    suya la luz, el canto de las aves
    en el que esplende la estación, más cuando
    llega la noche y en los chopos arde
    tan peligrosamente retenida?

    ¡Que todo acabe aquí, que todo acabe
    de una vez para siempre! La flor vive
    tan bella porque vive poco tiempo
    y, sin embargo, cómo se da, unánime,
    dejando de ser flor y convirtiéndose
    en ímpetu de entrega. Invierno, aunque
    no está‚ detrás la primavera, saca
    fuera de mí lo mío y hazme parte,
    inútil polen que se pierde en tierra
    pero ha sido de todos y de nadie.

    Sobre el abierto páramo, el relente
    es pinar en el pino, aire en el aire,
    relente sólo para mi sequía.
    Sobre la voz que va excavando un cauce
    qué sacrilegio este del cuerpo, este
    de no poder ser hostia para darse.