Poemas de Esteban Echeverría

Esteban-Echeverría
Nombre: Esteban Echeverría
Nacimiento: Buenos Aires Virreinato del Río de la Plata 2 de septiembre de 1805
Muerte: Montevideo Uruguay 19 de enero de 1851
Nacionalidad: Argentina
Biografía de Esteban Echeverría

Poemas de Esteban Echeverría



Poesías de Esteban Echeverría preferidas de nuestros lectores


  • La diamela


  • Dióme un día una bella porteña,
    que en mi senda pusiera el destino,
    una flor cuyo aroma divino
    llena el alma de dulce embriaguez;
    me la dio con sonrisa halagüeña,
    matizada de puros sonrojos,
    y bajando hechicera los ojos,
    incapaces de engaño y doblez.

    En silencio y absorto toméla
    como don misterioso del cielo,
    que algún ángel de amor y consuelo
    me viniese, durmiendo, a ofrecer;
    en mi seno inflamado guardéla,
    con el suyo mezclando mi aliento,
    y un hechizo amoroso al momento
    yo sentí por mis venas correr.

    Desde entonces, do quiera que miro
    allí está la diamela olorosa,
    y a su lado una imagen hermosa
    cuya frente respira candor;
    desde entonces por ella suspiro,
    rindo el pecho inconstante a su halago,
    con su aroma inefable me embriago,
    a ella sola consagro mi amor.

    III


  • Himno al dolor



  • Nihil in terra sine causa fit, de humo
    non oritur dolor.
    Quae prius nolebat tangere anima mea,
    nunc prae angustia, cibi mei sunt.
    JOB

    Nada se hace en la tierra sin motivo, y de
    la tierra no nace el dolor.
    Las cosas, que antes no quería tocar mi
    alma, ahora por la congoja son mi
    comida.
    JOB

    Devora fiera insaciable,
    monstruo, o demonio execrable,
    que avasallas la creación;
    devora como lo has hecho,
    si no te hallas satisfecho,
    con furor aún más deshecho,
    mi robusto corazón.

    Cebe, cebe en mis entrañas,
    con más rencorosas sañas
    tu furia el diente voraz;
    y en ellas continuo asida,
    como el cáncer a la herida,
    lo que me resta de vida
    consuma en su afán tenaz.

    Roe, roe; -tu constancia
    no abatirá mi arrogancia,
    ni mi orgullo tu furor.
    Nada, nada desconhorta
    un corazón que conforta
    alma grande, a quien importa
    poco, placer, mundo, amor.

    Roe, roe, y en mi seno
    tu mortífero veneno
    derrama: -no he de gemir;
    y cual Jacob, sin testigo,
    contra el ángel enemigo,
    lucharé firme contigo
    hasta vencer o morir.

    No temas, no, que me espante
    tu fuerza y poder gigante,
    aunque frágil caña soy.
    Mi alma es símil a la roca
    cuya frente al cielo toca,
    y la tempestad provoca
    siendo mañana, lo que hoy.

    Hollada la sierpe, vibra
    su dardo, hiere y se libra
    del villano pie veloz;
    o sobre el tigre, enroscando
    su flexible cuerpo blando
    lucha incansable, burlando
    su instinto y saña feroz.

    Devora: -tu fiero brío
    yo provoco y desafío
    armado de mi razón;
    yo masa de vil arcilla,
    yo flor que un soplo amancilla,
    trama débil y sencilla,
    despojo de la creación.

    Yo miserable gusano,
    luz que alienta efluvio vano,
    insecto, chispa mortal;
    yo, menos que un ente aerio
    yo, esclavo vil de tu imperio,
    yo polvo, nada, misterio...
    Nacido en hora fatal.

    Yo te provoco: -descarga
    sobre mí con mano larga
    tus iras: -yo callaré;
    y sellando como el sabio
    a toda queja mi labio,
    cual firme monte a tu agravio
    inmóvil siempre estaré.

    Yo te provoco: -Dios eres
    Dios terrible que a los seres
    impones tu dura ley;
    Dios que su furia sedienta
    con gemidos alimenta,
    como el oso su cruenta
    zarpa en indefensa grey.

    Dios inexorable y fuerte
    que divides con la muerte
    el vasto imperio del mal;
    desde que el hombre perverso,
    en oscuro día adverso,
    fue lanzado al universo
    del crimen con la señal.

    Yo te provoco: -al infierno
    pide su penar eterno,
    su angustia y noche sin fin;
    su exquisito sentimiento,
    el vivaz remordimiento,
    la congoja y el tormento
    del soberbio serafín.

    Pídele con sus delirios
    sus indecibles martirios,
    el hielo y llama voraz;
    la sed, la rabia y despechos
    de los más précitos pechos,
    y aquellos marmóreos lechos
    do no hay sueño ni solaz.

    Pide también a la tierra
    cuantos dolores encierra,
    cuanto ha, y debe padecer;
    y sobre mí con violencia
    lanza toda su inclemencia:
    que de mi alma la excelencia
    no se dejará vencer.

    Yo te provoco: -cuatro años
    los tormentos más extraños
    probaste iracundo en mí;
    agotando de mi vida,
    de mi juventud florida
    la fuente excelsa, que henchida
    los de un mundo de glorias vi.

    Yo te provoco: -cuatro años
    de mil y mil desengaños
    me hiciste apurar la hiel;
    y en un Páramo desierto,
    do todo era negro y yerto,
    me dejaste al descubierto
    presa de borrasca cruel.

    Yo te provoco: -tu mano
    de mis fatigas temprano
    la copiosa mies cegó,
    dejándome los abrojos,
    para doblar mis enojos,
    y el recuerdo y los despojos
    de un tiempo feliz que huyó.

    Yo te provoco: -¿qué males,
    qué ansias o penas fatales
    me podrán sobrevenir,
    que no haya firme sufrido?
    ¿Qué pasión no habré sentido?
    ¿Qué idea no habré podido
    grande o noble concebir?

    Mi espíritu en su carrera
    ha recorrido la esfera
    de lo terrestre y lo ideal;
    visto su forma desnuda,
    y sondado sin ayuda
    los abismos de la duda,
    del bien, la vida y el mal.

    Cuando los otros insanos
    a pasatiempos livianos
    el juvenil brío dan;
    y en el labio la sonrisa,
    con inquietud indecisa,
    flores de la vida a prisa
    deshojando torpes van.
    Mi corazón de tormentas
    desatadas y violentas
    sufrido había el rigor;
    y laso en un solo día,
    muerto al placer y alegría,
    dicho, en su congoja, había
    adiós eterno al amor.

    En la edad en que sin tino
    del error por el camino
    mueve tropezando el pie
    la turba insana, y apura,
    sumida en tiniebla oscura,
    del placer la copa impura
    que vacía siempre ve:

    ya mi espíritu ambicioso
    para su ardor generoso
    buscaba un nuevo manjar;
    y en sus vuelos soberanos,
    libre de lazos mundanos,
    de la creación los arcanos
    osaba altivo indagar.

    Como en un espejo terso,
    reflejaba el universo
    sus maravillas en él;
    nada, nada se encubría
    a la inteligencia mía,
    y mi ardiente fantasía
    era un mágico pincel.

    Gloria, gloria era el acento
    que en el cielo, tierra y viento
    yo escuchaba resonar;
    gloria mi pecho exhalaba,
    gloria durmiendo soñaba,
    y su fantasma miraba
    doquier como astro brillar.

    Ella me llevara ufano
    a contemplar del Oceano
    el tempestuoso furor;
    ella entre cultas naciones
    a buscar dignas lecciones
    de graves meditaciones;
    nuevo alimento a mi ardor.

    ¿Dónde se fue tanto sueño,
    porvenir tan halagüeño,
    tanta sublime pasión?
    ¡Dolor impío! -Triunfante
    tu brazo asoló pujante,
    el edificio gigante,
    que labrara mi ambición.

    Tú agotando, poco a poco,
    has ido el ardiente foco
    de luz que mi alma abrigó;
    y con tu soplo de muerte
    convirtiendo en masa inerte
    una edad joven y fuerte,
    que mil frutos prometió.

    ¿Qué esperanza me has dejado,
    qué idea no has sofocado
    en mi espíritu al nacer?
    ¿Qué pasión o sentimiento
    no me has trocado en tormento?
    ¿Qué amor o contentamiento
    en hastío o desplacer?

    ¿Qué ilusión o dulce engaño
    en funesto desengaño?
    ¿Qué dicha en triste pesar?
    ¿De qué angustia no has cercado
    mi corazón desolado?
    ¿Qué lágrima no has helado
    en mis ojos al brotar?

    Nobles y grandes pasiones,
    pensamientos y visiones
    sublimes, gran porvenir;
    estudio, vigilias largas,
    siempre fastidiosas cargas
    para débil cuerpo, amargas
    horas de oscuro vivir,

    y de frío desaliento;-
    todo, todo en un momento
    ¡oh inescrutable Dolor!
    para mí estéril ha sido,
    grano en el agua esparcido;
    y en fuente lo has convertido
    de despecho y amargor.

    ¿Qué aflicción o desventura
    podrá parecerme dura?
    ¿Qué puedes robarme ya?
    ¿Qué placer del mundo activo
    puede tener atractivo
    para mi pesar esquivo?
    ¿Qué llenar mi alma podrá?

    Ven, ven ¡oh Dolor terrible!
    De tu poder invisible
    haz un nuevo ensayo en mí;
    verás que una alma arrogante
    es como el duro diamante,
    que siempre brilla flamante
    sin admitir mancha en sí.

    Ven ¡oh Dolor! en silencio;
    ven, pues ya te reverencio
    como a genio bienhechor,
    que mueve influjo divino;
    no cual numen que previno
    inexorable destino
    para venganza y terror.

    Como animando la tierra
    el aire impuro destierra
    con su ardiente rayo el sol;
    así tú, ¡oh Dolor fecundo!
    lacerando el cuerpo inmundo,
    que se ase reptil al mundo,
    eres del alma el crisol.

    Tu intensa llama le aplicas,
    la limpias y purificas
    de la escoria material;
    sublimando la excelencia
    de su peregrina esencia,
    hasta darle una potencia
    divina, excelsa, inmortal.
    Tú pruebas su fortaleza,
    su constancia y su grandeza
    en el yunque del sufrir;
    el triunfo glorificando
    del que contigo luchando
    sufre y calla, sofocando
    de sus huesos el gemir.

    Sin tu influjo, el hombre henchido
    de vanidad, sumergido
    yace en el mar del placer;
    y cree en su delirio ufano,
    cuando se arrastra gusano,
    tierra y cielo soberano
    sujetar a su poder.

    Ven, que tal vez atesora
    alguna fibra sonora
    mi pecho aun lleno de ardor;
    que a tu inhumana porfía
    exhalará una armonía
    capaz de darme alegría,
    y de vencerte ¡oh Dolor!

    Ven luego; que una alma noble
    firme, incontrastable, inmoble
    es contra la adversidad;
    como el Oceano sublime
    que de ley común se exime,
    y en cuya frente no imprime
    mancilla el tiempo, ni edad.

    (Septiembre, 1834)