Poemas de Francisco de Rojas Zorrilla

Francisco-de-Rojas-Zorrilla
Nombre: Francisco de Rojas Zorrilla
Nacimiento: Toledo 4 de octubre de 1607
Muerte: Madrid 23 de enero de 1648
Nacionalidad: España
Biografía de Francisco de Rojas Zorrilla

Poemas de Francisco de Rojas Zorrilla



Poesías de Francisco de Rojas Zorrilla preferidas de nuestros lectores


  • Décimas



  • 1

    No se causan mis enojos,
    ô Clori, de ajenas glorias;
    otras temidas victorias
    dan lágrimas a mis ojos.
    No envidio dulces despojos
    de amante favorecido,
    que la suerte me a traído
    a no amar ser envidiado;
    moriré alegre abrasado,
    como no fuera ofendido.

    Fundo mi cierta alegría
    en vivir dentro en mi fuego,
    i aquel deleite me niego
    que tu luz darme podría.
    Mi dulce passión porfía
    en llevarme a tu rigor,
    pero ardiendo aun tengo horror
    del desprecio con que miras,
    i llego a sentir tus iras
    más que a estimar tu favor.

    No hay sombra de bien que pueda
    concederme la fortuna;
    crece mi llama importuna
    esparziendo el humo en rueda.
    I tan abrasado queda
    el pecho de su violencia
    que desmaya la paciencia;
    mas después un favor lento
    assí ensuavece el tormento
    que aun lo busca la prudencia.

    Mas tan poco se detiene,
    que vengo a desengañarme
    que Amor no quiere matarme
    porque más de espacio pene.
    La esperiencia me previene
    a que huya el cierto daño,
    pero amo tanto el engaño
    que a la imagen de un favor
    siento apagado el dolor
    del incendio más estraño.

    No sé si llame piedad
    a esta remissión de pena,
    porque afloxar la cadena
    para apretarla, es crueldad.
    En esta inhumanidad
    a mi llama lisonjea
    un cierto error porque crea
    en tan acabada fee
    que no es cierto lo que ve
    sino aquello que desea.

    Yo triste a conocer vengo
    que mi bien desvaneció;
    como sombra me huyó;
    lágrimas ya le prevengo
    ¿Será qu'en el mal que tengo
    halle imperio el llanto mío?
    Mas, ¡ô necio desvarío!:
    contra llamas celestiales
    no pueden tibios cristales
    ostentar sobervio brío.

    2

    Quiero mi grave tormento
    en silencio padecer,
    pues assí usurpa el temer
    la fuerça al atrevimiento.
    Mas no es mi fuego tan lento
    qu'el humo pueda ocultar;
    modos vengo a dessear
    con que desmienta mi ardor,
    i la fuerça del dolor
    aun quita el imaginar.

    Pierda el nombre de atrevido
    quien no pretende favores,
    i no acuse mis dolores
    quien nunca los a sufrido.
    Viva yo en público olvido,
    siempre ocioso a la memoria,
    i alcance aquella vitoria
    que me diere tu piedad:
    que a corta capacidad
    no conviene mayor gloria.

    ¿En qué te injuria quien ama,
    Clori, la encendida rosa
    que por tu nieve hermosa
    dulcemente se derrama?
    No aumenta el rigor la fama;
    sienta tu crueldad el día
    que a hazer polvo porfía
    el fuego con que as vencido,
    porque ofender al rendido
    es covarde valentía.

    Y si es ofensa adorarte
    dentro en mí con blando ruego,
    permite que trate el fuego
    pues él puede assí vengarte;
    que si vienes a enojarte
    con menor belleza miras:
    ¿el puro cielo que admiras
    i los mares espaciosos
    no se ven menos hermosos
    cuando más muestran sus iras?

    Ofendes a tu razón
    en tener tanta fiereza,
    que Amor es de la belleza
    apazible adulación.
    Quien no huie tu prisión
    bien merece menor mal:
    ¿no ves el manso cristal
    que a la flor que ama su frente
    le da con crespa corriente
    de agradecido señal?

    3

    En tan lento resistir
    i en incendio tan severo
    poco a la razón espero
    i mucho temo al vivir.
    Una ley vengo a sentir
    cuya violencia no acuso;
    tiemblo i sígola confuso,
    que avisos de la prudencia
    dizen que no hay resistencia
    contra el imperio del uso.

    I quedo entre este temor
    con tal gusto persuadido,
    que aun cuando más ofendido,
    hallo deleite en mi ardor.
    Tus altos modos, Amor,
    tarde llego a conocer:
    el siempre elar i encender
    a quien tu fe solicita
    es porque sólo acredita
    las glorias el padecer.

    Solamente el bien de amar
    quiero, sin correspondencia,
    pues muere assí la paciencia
    en naciendo el dessear.
    Tiempo, dexa de apagar
    el fuego que me eterniza:
    que tu hielo atemoriza,
    i el arte de la razón
    no tiene juridición
    para encender la ceniza.

    Esta luz que en mí florece
    i obraron passiones mías,
    a la injuria de los días
    sin advertir desvanece.
    Fuerças el discurso ofrece
    del ánimo al blando fuego;
    mas su esfuerço i risa i juego
    contra la edad a de ser:
    que es violencia su poder
    i el de la razón es ruego.

    Pero si roba la flor
    de tu voz i de tu aliento,
    Clori, el sol menos violento,
    bien tengo a mi ofensa horror.
    ¿Qué osará humano valor
    viendo divinos despojos?
    Mas, ¡ô importunos enojos!
    pues aun no da la esperança
    engaños a la vengança,
    dé el dolor llanto a mis ojos.


  • Sonetos


  • 1

    Corre con albos pies al espacioso
    Océano, veloz Tarteso río,
    assí no ciña el abrasado estío
    tu dilatado curso glorïoso;

    i di a mi ardor que crece tu espumoso
    seno a las muchas lágrimas que envío,
    o esparza la dudosa luz rocío
    o muestre Cintia lustre generoso.

    Que oyendo en mustio son mi afán ardiente
    de ti, con crespa lengua resonado
    en verde prado o en sedienta arena,

    será que blandas luzes al herviente
    humor muestre (ya en vano derramado)
    mi acerba i dulce i clara luz serena.

    2

    Sube, frondosa vid, i en estendido
    ramo corona la desnuda frente
    deste infelice povo, que al corriente
    cristal yaze, de honor destituido.

    Sube, assí no amanzille el aterido
    ivierno en duro yelo tu ecelente
    cima, ni Febo, cuando más ardiente,
    muestre a tu gloria el rayo embravecido.

    Que pues, cuando en su lustre florecía,
    te dio el áspero tronco i dilatado
    seno donde luziesse tu ufanía,

    es razón, sacra vid, qu'el despojado
    leño de verde i fresca loçanía
    ornes agora en su funesto estado.

    3

    Ya del sañudo Bóreas el nevoso
    soplo cessó, ¿el triste ivierno elado,
    dando passo, al divino ardor templado,
    huyó al profundo centro tenebroso.

    I buelve el verde honor al espacioso
    seno vuestro, del yelo despojado,
    sacros povos, que ornáis el intricado
    curso del claro Guadiamar ondoso.

    ¡Felices vos!, que ufanos al süave
    rayo de Febo coronáis la frente,
    libres del yerto humor que os oprimía.

    Mas, ¡triste yo!, que de importuno i grave
    yelo siento oprimir la frente mía,
    lexos de ver mi altiva luz ardiente.

    4

    Menoba, que con turbia i alta frente
    buelas veloz al gran Tarteso río,
    horrible a fuerça del pluvioso i frío
    Austro, la selva oprime tu corriente.

    I vi yo cuando en la sazón ardiente,
    corriendo apena, de cristal vazío,
    ella te defendió del cano estío,
    de tu ceñido umor mustia i doliente.

    No des al aire, pues, ô río sagrado,
    raízes de tan fiel i generosa
    selva que te asombré al estivo fuego.

    Templa la saña i el confuso i ciego
    hervir de tu profunda agua espumosa;
    assí discurras puro i dilatado.

    5

    Marchite, ¡ô nunca!, frío i cano yelo
    de tus labios la dulce i blanda rosa,
    do las Gracias, do Amor siempre reposa,
    ni otro sitio invidiando ni otro cielo.

    Dellos nunca a herir levanta el buelo,
    ni hacha cuida o flecha rigurosa,
    que una blanda palabra gracïosa
    arma i enciende en el purpúreo velo.

    Destos, pues, roxos, blandos i süaves
    labios do se arma Amor, i que encendieron
    mi pecho en llama i rosa dulcemente,

    ¡nunca, ô tiempo!, permitas que los graves
    yelos de edad la púrpura ardiente
    amortigüen, i llama en que m'ardieron.

    6

    ¡Salve, ô mancebo, flor de la hermosa
    llama qu'enciende i cerca el puro cielo!,
    cuanto menos que Cintia generosa,
    tanto luzes más cándido en el suelo.

    Apazible destierra en la sombrosa
    noche el horror de su medroso velo,
    que aún no vibra su hacha luminosa
    Venus mirando al gran señor de Delo.

    Luze en su vez, ¡ô Héspero dichoso!,
    en su silencio, i con tu luz m'envia
    a mi dulce esplendor i mi cuidado.

    Y si tal vez sentiste el amoroso
    fuego que assí encendió mi pecho helado,
    dame no errar por tenebrosa vía.

    7

    Otro tiempo profundo i dilatado
    te vi correr, ô sacro Esperio río,
    i ya te ciñe el abrasado estío
    i tu luziente mármol seca airado.

    Triste pensava yo nunca sobrado
    sentir tal vez el ardimiento mío,
    o elasse al Tánais el ivierno frío,
    o regalasse el sol su curso elado.

    Pero si tú, gran lustre d'Ocidente,
    Betis, siendo deidad, del inhumano
    tiempo la vez i sientes la crüeza,

    no desespero de mi ardor insano
    buelta ver en ceniza la grandeza
    mientra Febo rayare en Orïente.

    8

    Lánguida flor de Venus, que ascondida
    yazes, i en triste sombra i tenebrosa,
    verte impiden la faz al sol hermosa
    hojas i espinas de que estás ceñida;

    i ellas el puro lustre i la vistosa
    púrpura, en que te vi apuntar teñida,
    te arrebatan, i a par la dulce vida
    del verdor que descubre, ardiente rosa.

    Igual es, mustia flor, tu mal al mío:
    que si nieve tu frente descolora
    por no sentir el vivo rayo ardiente,

    a mí, en profunda oscuridad i frío
    yelo, también de muerte me colora
    l'ausencia de mi luz resplandeciente.

    9

    A don Juan de Fonseca i Figueroa

    Ya la hoja que verde ornó la frente
    desta selva, don Juan, en el verano,
    tiende amarilla por el suelo cano
    fuerça de helado espíritu ardïente;

    i la ova que en agua vi pendiente
    de un güeco risco con verdor loçano,
    mustio ya i sin color, despojo vano,
    Betis esplaya con mayor corriente.

    I yo assí bien no desigual mudança
    siento en mi mal, que ya mi ardor intenso
    cambia el yelo en ceniza vana i fría.

    ¿Quién esperó igual bien? ¡Ô grata usança
    del tiempo: que fallece a par del día
    si un hermoso verdor, un fuego ¡inmenso!

    10

    Aunque pisaras, Fili, la sedienta
    arena qu'en la Libia Apolo enciende,
    sintieras, ¡ai!, que el Aquilón me ofende,
    i del yelo i rigor la pluvia lenta.

    Oye con qué rüido la violenta
    furia del viento en el jardín s'estiende,
    i que apena aun la puerta se defiende
    del soplo que en mi daño se acrecienta.

    Pon la soberbia, ô Fili, i blandos ojos
    muestra, pues ves en lágrimas bañado
    el umbral que adorné de blanda rosa;

    que no siempre tu ceño i tus enojos
    podré sufrir, ni el mustio ivierno helado,
    ni de Bóreas la saña impetuosa.

    11

    Claro i tranquilo el mar me conduzía
    a que sulcara su profundo seno,
    i apena entré, cuando el color sereno
    huyó, de Bóreas con la saña fría.

    Crespos montes de humor al cielo vía
    subir, i el mar, d'oscura sombra lleno,
    cambiar varios semblantes, i el terreno
    assiento entre las olas parecía.

    Entonce, ¡ai!, ô mesquino!, un mortal yelo
    me cubría, i el güeco leño roto
    luchava con las aguas fatigado.

    En tanto afán, con voz ya incierta, al cielo
    moví a piedad; libróme, i hize voto
    de fiar nunca en ponto sossegado.

    12

    Cuando entre luz i púrpura aparece
    l'alba, i despierto, ¡ai, triste!, i miro el día
    i no hallo la blanca Fili mía,
    alba i púrpura i luz se me oscurece.

    Lloro, i crece mi llanto cuanto crece
    más la lumbre i la sombra se desvía;
    i un torpe yelo assí me ata i refría
    que aun la voz para alivio me fallece.

    I a un tiempo apura amor con alto fuego
    en este ancho desierto el pecho mío,
    donde el pesar lo aviva más i enciende.

    Lloro, pues, i ardo assí, i el mal se estiende
    tanto, que a luz i a sombra i a rocío
    muero en llamas i en lágrimas me anego.

    13

    ¡Ai, amarilla selva, que desnuda
    yazes, i en cano i yerto humor cubierta,
    cómo tu hórrida faz en mí despierta
    nuevo mal a mi incendio i llama cruda!

    Siéntome, ¡ai, triste!, arder cuando se muda
    tu frente, i se descubre blanca i yerta;
    i cuando l'alma tierra más desierta
    se ve de luz, mi llama es más aguda.

    Pero ¿qué mucho, ô selva, si la ardiente
    hacha con que te alienta el claro día
    declina tanto al Austro pluvïoso,

    i yo estoi tan cercano al refulgente
    rayo que de sus hizes siempre envía
    mi dulce ardor, Aglaida, i glorïoso?

    14

    No esperes, no, perpetua en tu alba frente,
    ô Aglaya, lisa tez, ni que tu boca,
    que al más helado a blando amor provoca,
    bañe siempre la rosa dulcemente.

    ¿Ves el sol que nació resplandeciente,
    cuál con luz desvanece tibia i poca,
    i tú sorda a mis ruegos como roca
    estás, en quien se rompe alta corriente?

    Goza la nieve i rosa que los años
    te ofrecen; mira, Aglaya, que los días
    llevan tras sí la flor i la belleza;

    que cuando de la edad sientas los daños,
    as de invidiar el lustre que tenlas
    i as de llorar en vano tu dureza.

    15

    Passa, Tirsis, cual sombra incierta i vana
    este nuestro vivir i, como nieve
    al tibio rayo, desvanece en breve
    todo apazible bien i gloria humana.

    Mira cuánto en color, cuánto en loçana
    juventud confiar el hombre deve,
    si assí acabó Medrano: ¡ô, en buelo leve
    subido aya a la estança soberana!

    Siendo su fin veloz (aunque no incierto,
    triste imagino aquél que nos aguarda)
    sólo por no avenirle en pena, en lloro.

    Tirsis, dexa este mar, buelve ya al puerto
    la nave i busca el celestial tesoro:
    que a nos, quiçá, tan triste fin no tarda.

    16

    Cuando te miro, ô fresno, assí al helado
    soplo del Aquilón, calvo la frente,
    i al tibio i blando soplo de Ocidente
    de purpúreo verdor la cima ornado,

    alegre buelvo a mi infelice estado
    i esfuerço assí mi coraçón doliente:
    «Espera, no importunes al luziente
    cielo con vozes i con llanto airado.

    Tiempo será que tan crecida pena
    acabe, i tu luz gozes, si oprimido
    yazes aora en tan profundo yelo.

    I si el bolver del incansable cielo
    da a un mudo tronco el verde honor perdido,
    ¿cómo a ti no tu pura luz serena?»

    17

    Yo acabaré, infelice, en el ondoso
    golfo que ensaña i turba el viento airado,
    pues en nevoso ivierno sulqué osado
    piélago assí profundo i proceloso.

    Ya me arrebata el ponto furïoso,
    i miro el leño, en pieças desatado,
    entre la espuma errar (¡ai, yo cuitado!)
    i no el cielo a mis lágrimas piadoso.

    Yo acabaré, pues me creí imprudente
    del manso mar, que inmenso me rodea
    i bolverá en sus olas mis desnudos

    güesos. No fíe de cristal luziente,
    tome exemplo en mi mal quien no dessea
    ser, cual yo, pasto de nadantes mudos.

    18

    ¡Náufraga onda, i cómo leda frente
    tuya, mientra ocio fácil posseía,
    otra vez me a engañado, que creía
    siempre tranquilo tu cristal luziente!

    Ya no miro encresparse dulcemente
    el mar con l'aura que Ocidente envía,
    mas espumosos montes que a porfía
    levanta al cielo el Euro furïente.

    Tres vezes fueron ya qu'e1 hondo Egeo
    rompí, mal cauto, con aguda prora,
    náufrago, i tantas lo sulqué animoso.

    Debiera escarmentar, porque no ahora,
    opuesto en vano al mar impetuoso,
    llorara el cierto fin en que me veo.

    19

    Este que ves, ô güésped, vasto pino,
    útil sólo a la llama ya en el puerto,
    selva frondosa un tiempo, en descubierto
    cielo dio amiga sombra al peregrino.

    De la cumbre Citoria al ponto vino,
    por la mordaz segur el tronco abierto,
    i después, alta máquina, el incierto
    golfo abrió, siempre con hinchado lino.

    Vientos, aguas sufrió; llegó a la Aurora,
    veloz nave, i rompió luengos caminos,
    i a su patria bolvió soberbia i rica.

    Mas no firme a sufrir del mar ahora
    los ímpetus, por voto a los marinos
    dioses Cástor y Pólus se dedica.

    20

    Almo, divino Sol, que en refulgente
    carro sacas i ascondes siempre el día,
    i otro i el mismo naces tras la fría
    sombra que huye l'alba luz ardiente;

    pura i cándida Ilitia, que luziente
    eres del cielo honor, si se desvía
    el áureo rayo que tu hermano envía
    a tu hermosa faz resplandeciente:

    venid ambos, venid, lustre del cielo,
    fáciles a mis ruegos. Tú, Lucina,
    seas blanda a Celia en la cercana ora.

    I pues te honra, ô Febo, con divina
    voz, da al infante cuando sienta el yelo
    del aire, ingenio i dulce voz sonora.