Poemas de Gaspar Melchor de Jovellanos

Gaspar-Melchor-de-Jovellanos
Nombre: Gaspar Melchor de Jovellanos
Nacimiento: Gijón 5 de enero de 1744
Muerte: Puerto de Vega, Navia 27 de noviembre de 1811
Nacionalidad: España
Biografía de Gaspar Melchor de Jovellanos

Poemas de Gaspar Melchor de Jovellanos

A la noche  >> Sonetos
A Enarda  >> Sonetos
A la mañana  >> Sonetos


Poesías de Gaspar Melchor de Jovellanos preferidas de nuestros lectores


  • A la mañana



  • Ven, ceñida de rayos y de flores
    la rósea frente, ¡oh plácida mañana!
    Ve; ven, y ahuyenta con tu faz galana
    la perezosa noche y sus horrores.

    Ven, y vuelve a los cielos sus ardores,
    su frescura a la tierra, y su temprana
    gloria a mi pecho, en Clori soberana;
    en Clori mi delicia y mis amores.

    Ven, ven, que si piadosa me escuchares,
    yo te alzaré un altar sobre el florido
    suelo que honrare Clori con su planta.

    Y en él, después te ofreceré a millares
    las víctimas mi pecho agradecido,
    y los devotos himnos mi garganta.


  • A sus amigos de Salamanca


  • JOVINO A SUS AMIGOS DE SALAMANCA

    Est quodam prodire tenus, si non datur ultra.

    (Horacio, Epis. I, lib. I, v. 32).

    A vosotros, oh ingenios peregrinos,
    que allá, del Tormes en la verde orilla,
    destinados de Apolo, honráis la cuna
    de las hispáneas musas renacientes;
    a ti, oh dulce Batilo, y a vosotros,
    sabio Delio y Liseno, digna gloria
    y ornamento del pueblo salmantino;
    desde la playa del ecuóreo Betis
    Jovino el gijonense os apetece
    muy colmada salud; aquel Jovino
    cuyo nombre, hasta ahora retirado
    de la común noticia, ya resuena
    por las altas esferas, difundido
    en himnos de alabanza bien sonantes,
    merced de vuestros cánticos divinos
    y vuestra lira al sonoroso acento;
    salud os apetece en esta carta,
    que la tierna amistad y la más pura
    gratitud desde el fondo de su pecho
    con íntima expresión le van dictando;
    que pues le niega el hado el dulce gozo
    de estrechar con sus brazos vuestros pechos,
    de urbanidad y suave amor henchidos,
    podrá al menos grabar en estas letras
    la dulce sensación que en su alma imprime
    del vuestro amor la tierna remembranza.
    Y no extrañéis que del eolio canto
    cansada ya su musa, se convierta
    al compás lento y numeroso que ama
    tanto la didascálica poesía;
    que en vano de su pecho, penetrado
    del forense rumor, y conmovido
    al llanto del opreso, de la viuda
    y el huérfano inocente, presumiera
    lanzar acentos dulces, ni su lira,
    otras veces sonora, y hora falta
    de los trementes armoniosos nervios,
    al acordado impulso respondiera,
    ni en fin a los avisos que me dicta
    tu voz, oh Polimnía, con astuta
    y blanda inspiración fuera otro verso
    que el verso parenético oportuno.
    ¡Ah, mis dulces amigos, cuán ilusos,
    cuánto de nuestra fama descuidados
    vivimos! ¡Ay, en cuán profundo sueño
    yacemos sepultados, mientras corre
    por sobre nuestras vidas, aguijada
    del tiempo volador, la edad ligera!
    ¿Por ventura queremos que nos tope
    sumidos en tan vil e infame sueño
    la arrugada vejez, que poco a poco
    se viene hacia nosotros acercando?
    ¿O que la muerte pálida sepulte
    con nosotros también nuestra memoria?
    Y el hombre a quien el Padre sempiterno
    ornó con alto ingenio y con espíritu
    eternal y celeste, ¿estará siempre
    a escura y muelle vida mancipado,
    sin recordar su divinal origen
    ni el alto fin para que fue nacido?
    ¡Ay, Batilo! ¡Ay, Liseno! ¡Ay, caro Delio!
    ¡Ay, ay, que os han las magas salmantinas
    con sus jorguinerías adormido!
    ¡Ay, que os han infundido el dulce sueño
    de amor, que tarde o nunca se sacude!
    No lo dudéis: mis ojos, aún no libres
    del susto, en un sueño misterioso
    sus infernales ritos penetraron.
    ¿Contárosle he? ¿Qué numen me arrebata
    y fuerza a traspasar de mis amigos
    el tierno corazón? Acorre ¡oh diva!,
    y pues mi voz, a tu mandar atenta,
    renueva en triste canto la memoria
    del infando dolor, acorre, y alza
    con soplo divinal mi flaco aliento.
    Yacen del Tormes a la orilla, ocultos
    entre ruinas, los restos venerables
    de un templo, frecuentado en otros siglos
    por la devota gente salmantina,
    mas hora sólo de agoreros búhos
    y medrosas lechuzas habitado.
    La amenidad huyó de aquel recinto,
    y sólo en torno de él dañosas yerbas
    crecen, y altos y fúnebres cipreses.
    Aquí su infame junta celebraron
    las Lamias. ¡Oh, si fuera poderosa
    mi voz de describirla y dar al mundo
    cuenta de sus misterios nunca oídos!
    En la mitad de su carrera andaba
    la noche, y ya su manto tenebroso
    cubría en torno el soñoliento mundo;
    todo era oscuridad, que hasta la luna
    su blanca faz del cielo retirara
    por no ver el nefando sortilegio,
    y el horror y el silencio más medroso
    hacían el imperio de las sombras;
    cuando desde una puerta del palacio
    del Sueño un negro ensueño desprendido
    llegó de un vuelo adonde yo yacía.
    Con la siniestra suya asió mi mano,
    y con medrosa voz: «Jovino, dice,
    ven y verás el duro encantamiento
    que prepara la Envidia a tus amigos.
    Ven, y si en tal ejemplo no escarmientas,
    ¡triste de ti, mezquino!» Dijo, y luego
    sobre sus negras alas me condujo
    por medio de las sombras hasta el pórtico
    del arruinado templo. No bien hube
    llegado, cuando asidas de las manos,
    siete horrendas figuras parecieron
    desnudas, y de hediondas confecciones
    ungido el sucio cuerpo. Presidenta
    del congreso infernal la fiera Envidia
    venía, de serpientes coronada
    la frente, triste, airada, desdeñosa,
    y de los Celos y el Rencor seguida.
    En medio del silencio un gran suspiro
    lanzó del hondo pecho, y revolviendo
    la sesga vista en torno: «Nunca tanto,
    dijo, de vuestro auxilio y vuestras artes
    necesité, oh amigas, ni tan fiero,
    ni tan grave dolor clavó algún día
    en mi sensible corazón su punta.
    ¡Oh, si capaz de aniquilar el orbe
    fuese la llama atroz que le devora!
    Tres celebrados nombres (y con rabia
    Batilo pronunció su torpe boca,
    Delio y Liseno) por el ancho mundo
    va esparciendo la Fama, mi enemiga.
    Su trompa los proclama en todas partes,
    y ya a más alto vuelo preparada,
    si no la enmudecemos, estos nombres
    serán muy luego alzados a las nubes,
    y sonarán del uno al otro polo.
    Febo los patrocina, y no le es dado
    a mi flaco poder mancharlos; pero
    se rendirán al vuestro, si adormidos
    en blando amor…». No bien tan fiera idea
    cayó del sucio labio, cuando en torno
    del demolido templo en raudos giros
    dio el maléfico coro siete vueltas.
    Después alternativas susurraron
    muchos versos de ensalmo, con palabras
    de mágico vigor y rabia henchidas,
    a cuya fuerza desde la honda entraña
    de la tierra salieron redivivos
    los fríos huesos, que de luengos días,
    del humanal vestido ya desnudos,
    allí dormían. ¡Ay, cuán prestamente
    en los hambrientos dientes de la Envidia
    los vi yo triturados, y en sus manos
    a leve y sucio polvo reducidos…!
    En esto hacia los ángulos internos
    del templo corren las malignas sagas,
    y del sombrío suelo mil dañosas
    plantas recogen con siniestra mano
    y misteriosos ritos arrancadas.
    También allí prestó la cruda Envidia
    su auxilio, y en sus palmas estrujando
    las hojas y raíces, hizo luego
    que destilasen los dañosos jugos
    cuanta virtud en ellos se escondía.
    El zumo de la fría adormidera,
    cortada su cabeza al horizonte,
    que infunde a veces el eterno sueño;
    el de la yerba mora, que altamente
    el cerebro perturba; el hyosciamo,
    y el coagulante jugo que destilan,
    heridas, las raíces misteriosas
    de la fría mandrágula, allí fueron
    diestramente extraídos, y con nuevo
    ensalmo derramados sobre el polvo
    de los humanos huesos. Mientras una
    de las sagas volvía y revolvía
    el preparado adormeciente lodo,
    sacó la Envidia del cuidoso pecho
    tres relucientes nóminas, con rasgos
    de roja y venenosa tinta escritas.
    ¡Ah, no creáis, amigos, que mi pluma
    os pretenda engañar! Mis propios ojos,
    en tierno llanto entonces anegados,
    vieron ¡oh maravilla! los tres nombres,
    los dulces nombres de Ciparis bella,
    de Julinda y de Mirta la divina,
    que estaban allí escritos. Y cual suele
    –si tiene tal prodigio semejante–
    brillar con propia luz en noche oscura
    la lienide purpúrea, que en su rumbo
    suspende al receloso caminante,
    así en la oscuridad resplandecían
    los tres amados nombres. Entre tanto
    mi corazón absorto palpitaba
    de pasmo y de temor. La Envidia entonces,
    dividiendo en pedazos muy menudos
    las esplendentes nóminas, de esta arte
    habló a sus compañeras: «Consumemos
    ¡oh amigas! nuestra obra, y estos nombres,
    adorados de Delio y sus secuaces,
    a la maligna confección mezclemos.
    Su virtud penetrante, aun más activa
    que los venenos mismos, irá recta-
    mente a iludir sus tiernos corazones;
    y a blando amor eternamente dados,
    la vida pasarán adormecidos,
    y morirán sin gloria». Dijo, y luego
    mezcló los rutilantes caracteres
    al cruel maleficio, e infundioles
    nuevo vigor con su maligno soplo.
    Repitieron las brujas el susurro
    sobre la masa ponzoñosa, y dieron
    alegre fin a la perversa junta.
    Yo en tanto, lleno de dolor, enviaba
    del hondo pecho a Apolo ardientes votos.
    «Brillante Dios, decía, si la gloria
    de tan dignos alumnos interesa
    tu pía omnipotencia en favor suyo,
    ¡ah, destruye la fuerza venenosa
    del duro encantamiento, y de la infamia
    y de la eterna oscuridad redime
    los nombres que otra vez has protegido!
    ¡Desata el preparado encantamiento,
    y sálvalos, oh Dios, para que eterna-
    mente suba a tu trono el dulce acento
    de su lira, en cantares eucarísticos
    gratamente empleada!». Aquí llegaba
    el bien sentido ruego, que sin duda
    oyó piadoso el numen, porque al punto
    descendió un resplandor desde lo alto,
    al meridiano sol muy semejante,
    que iluminando el pavimento umbrío,
    al golpe de su luz postró a la Envidia
    y a sus viles ministras, y arrojolas
    precipitadas hasta el hondo abismo.
    ¿Será estéril, oh amigos, de este ensueño
    el misterioso anuncio? ¿Siempre, siempre
    dará el amor materia a nuestros cantos?
    ¡De cuántas dignas obras, ay, privamos
    a la futura edad por una dulce
    pasajera ilusión, por una gloria
    frágil y deleznable, que nos roba
    de otra gloria inmortal el alto premio!
    No, amigos, no; guiados por la suerte
    a más nobles objetos, recorramos
    en el afán poético materias
    dignas de una memoria perdurable.
    Y pues que no me es dado que presuma
    alcanzar por mis versos alto nombre,
    dejadme al menos en tan noble empeño
    la gloria de guiar por la ardua senda
    que va a la eterna fama, vuestros pasos.
    Ea, facundo Delio, tú, a quien siempre
    Minerva asiste al lado, sus; asocia
    tu musa a la moral filosofía,
    y canta las virtudes inocentes
    que hacen al hombre justo y le conducen
    a eterna bienandanza. Canta luego
    los estragos del vicio, y con urgente
    voz descubre a los míseros mortales
    su apariencia engañosa, y el veneno
    que esconde, y los desvía dulcemente
    del buen sendero, y lleva al precipicio.
    Después con grave estilo ensalza al cielo
    la santa religión de allá abajada,
    y canta su alto origen, sus eternos
    fundamentos, el celo inextinguible,
    la fe, las maravillas estupendas,
    los tormentos, las cárceles y muertes
    de sus propagadores, y con tono
    victorioso concluye y enmudece
    al sacrílego error y sus fautores.
    Y tú, ardiente Batilo, del Meonio
    cantor émulo insigne, arroja a un lado
    el caramillo pastoril, y aplica
    a tus dorados labios la sonante
    trompa, para entonar ilustres hechos.
    Sean tu objeto los héroes españoles,
    las guerras, las victorias y el sangriento
    furor de Marte. Dinos el glorioso
    incendio de Sagunto, por la furia
    de Aníbal atizado, o de Numancia,
    terror del Capitolio, las cenizas.
    Canta después el brazo omnipotente,
    que desde el hondo asiento hasta la cumbre
    conmueve el monte Auseva y le desploma
    sobre la hueste berberisca y suban
    por tu verso a la esfera cristalina
    los triunfos de Pelayo y su renombre,
    las hazañas, las lides, las victorias
    que al imperio de Carlos, casi inmenso,
    y al Evangelio santo un nuevo mundo
    más pingüe y opulento sujetaron.
    Canta también el inmortal renombre
    del héroe metellímneo, a quien más gloria
    que al bravo macedón debió la Fama.
    O en fin, la furia canta y las facciones
    de la guerra civil que el pueblo hispano
    alió y opuso al alemán soberbio.
    Dirás el golfo catalán en furia
    contra Luis y su nieto, los leopardos
    vencidos en Brihuega, y los sangrientos
    campos de Almansa, do cortó a Filipo
    sus mejores laureles la Victoria.
    La empresa que a tu pluma reservada
    queda, oh caro Liseno, ¡ah, cuán difícil
    es de acabar, cuán ardua! Mas ya es tiempo
    de proscribir los vicios indecentes
    que manchan nuestra escena. ¡Cuánto, oh cuánto
    la gloria de la patria se interesa
    en este empeño! Triunfan mil enormes
    vicios sobre el proscenio, y la ufanía,
    el falso pundonor, el duelo, el rapto,
    los ocultos y torpes amoríos,
    contra el desvelo paternal fraguados,
    y todas las pasiones son impune-
    mente sobre las tablas exaltadas.
    Despierta, pues, oh amigo, y levantado
    sobre el coturno trágico, los hechos
    sublimes y virtuosos, y los casos
    lastimeros al mundo representa.
    Ensalza la virtud, persigue el vicio,
    y por medio del susto y de la lástima
    purga los corazones. Vea la escena
    al inmortal Guzmán, segundo Bruto,
    inmolando la sangre de su hijo,
    de su inocente hijo, al amor patrio…
    ¡Oh espíritu varonil! ¡Oh patria! ¡Oh siglos,
    en héroes y altos hechos muy fecundos!
    Vuestro auxilio también en esta empresa
    imploro, oh mi Batilo, oh sabio Delio.
    ¡Ah, vea alguna vez el pueblo hispano
    en sus tablas los héroes indígenas
    y las virtudes patrias bien loadas!
    Bajar podréis también al zueco humilde,
    y describir con gesto y voz picantes
    las costumbres domésticas, sus vicios
    y sus extravagancias… Pero, ¿dónde
    encontraréis modelos? Ni la Grecia,
    ni el pueblo ausonio, ni la docta Francia
    han sabido formarlos. Reina en todos
    el vicio licencioso y la impudencia.
    Mas cabe el ancha vía hay una trocha,
    hasta ahora no seguida, do las burlas
    y el chiste nacional yacen en uno
    con la modestia y el decoro aliados.
    Seguid, pues, este rumbo. ¡Qué tesoros
    descubriréis en él! ¡Será el teatro
    escuela de costumbres inocentes,
    de honor y de virtud! Será… Mas, ¿dónde
    del bien común el celo me arrebata?
    ¡Ah, si su llama alcanza a vuestro pecho,
    de los trabajos vuestros cuán opimos
    frutos debo esperar! ¡Y cuánta gloria
    estará en otros siglos reservada
    al celo de Jovino, si esta insigne,
    si esta dichosa conversión, que tristes
    y llenas de rubor tanto ha que anhelan
    las musas españolas, fuese el fruto
    de sus avisos dulces y amigables!