Poemas de Gastón Fernando Deligne

Gastn-Fernando-Deligne
Nombre: Gastón Fernando Deligne
Nacimiento: República Dominicana 1861
Muerte: República Dominicana 1913
Nacionalidad: República Dominicana
Biografía de Gastón Fernando Deligne

Poemas de Gastón Fernando Deligne



Poesías de Gastón Fernando Deligne preferidas de nuestros lectores


  • Los Galaripsos



  • En la liana vistosa y empinada
    funden los galaripsos su esbelteza,
    como una aspiración que se anonada
    -temblando de pasión- en la belleza.

    Tejiéndose al imán de sus amores,
    su follaje nervioso, se estremece;
    y presume quizás, al echar flores,
    que es el árbol amado el que florece.

    Teclado son de vientos vagarosos
    y cual la mirra de sagrado rito
    en espiral remóntanse, ganosos
    de holgar entre el planeta y lo infinito.


  • Ololoi


  • Yo, que observo con vista anodina,
    cual si fuesen pasajes de China...

    Tú, prudencia, que hablas muy quedo;
    y te abstienes, zebrada de miedo;
    tú, pereza, que el alma te dejas
    en un plato de chatas lentejas:
    tú, apatía, rendida en tu empeño
    por el mal africano del sueño;
    y ¡oh, tú, laxo no-importa! que aspiras
    sin vigor; y mirando, no miras...

    El, de un temple felino y zorruno,
    halagüeño y feroz todo en uno;
    por aquel y el de allá y otros modos,
    se hizo dueño de todo y de todos.

    Y redujo sus varias acciones,
    a una sola esencial: ¡violaciones!
    Los preceptos del Código citas,
    y las leyes sagradas no escritas;
    la flor viva que el himen aureola,
    y el hogar y su honor... ¿qué no viola...?

    Y pregona su orgullo inaudito,
    que es mirar sus delitos, delito:
    y que de ellos murmúrese y hable,
    es delito más grande y notable;
    y prepara y acota y advierte,
    para tales delitos, la muerte.

    Adulando a aquel ídolo falso,
    (que de veces irguióse el cadalso!
    Y a nutrir su hemofagia larvada,
    ¡cuántas veces sinuó la emboscada!

    Ante el lago de sangre humeante,
    como ante una esperanza constante,
    exclamaba la eterna justicia:
    ¡Ololoi, ololoi! (¡sea propicia!)

    Y la eterna Equidad, consternada
    ante el pliegue de alguna emboscada,
    tras el golpe clamaba y el ay:
    ¡sea propicia!: ¡ololoi! ¡ololoi!...

    Y clamando, clamaban no en vano,
    ya aquel pueblo detesta al tirano:
    y por más que indicándolo, actúe;
    y por más que su estrella fluctúe,
    augurando propincuos adioses,
    no lo vio. 1Lo impidieron los dioses!

    Y por mucho que en gamas variables,
    -no prudentes, mas no refrenables-
    estallasen los odios en coro,
    -como estalla en tal templo sonoro
    un insólito enjambre de toses-
    no lo oyó. ¡Lo impidieron los dioses!

    Y pasó que la sangre vertida
    con baldón de la ley y la vida,
    trasponiendo el cadalso vetusto,
    ¡se cuajó... se cuajó... se hizo un busto!

    Y pasó, que la ruin puñalada,
    a traición o en la sombra vibrada,
    con su mismo diabólico trazo
    ¡se alargó... se alargó... se hizo un brazo!
    Cuyo extremo terrífico lanza
    un gran gesto de muda venganza.

    Y la ingente maldad vampirina
    de aquella alma zorruna y felina,
    de aquel hombre de sangre y pecado,
    vióse frente del tubo argentado
    de una maza que gira y que ruge.

    ¡Y ha caído el coloso al empuje
    de un minuto y dos onzas de plomo!

    Los que odiáis la opresión, ved ahí cómo!
    Si después no han de ver sus paisanos,
    cual malaria de muertos pantanos,
    otra peste brotar cual la suya;
    ¡aleluya! ¡aleluya! ¡aleluya!

    Si soltada la Fuerza cautiva,
    ha de hacer que resurja y reviva
    lo estancado, lo hundido, lo inerte;
    ¡paz al muerto! ¡loor a la Muerte!
    escurre luego por tranquilo cauce,
    purpura las hojas y las flores
    un abrojo rastrero...