Poemas de Javier del Granado

Javier-del-Granado
Nombre: Javier del Granado
Nacimiento: Bolivia 27 de febrero de 1913
Muerte: Bolivia 15 de mayo de 1996
Nacionalidad: Bolivia
Biografía de Javier del Granado

Poemas de Javier del Granado



Poesías de Javier del Granado preferidas de nuestros lectores


  • La vicua


  • Esbelta y gil la gentil vicua
    rauda atraviesa por la hirsuta loma,
    y en su nervioso remo de paloma,
    las granticas rocas apezua.

    El sol de gemas, en su disco acua,
    la testa erguida que al abismo asoma,
    y en sus pupilas de obsidiana doma
    la catarata que el alfanje empua.

    Su grcil cuello como un signo alarga,
    interrogando ansiosa a la llanura,
    y envuelta en el fragor de una descarga,
    huye veloz por el abrupto monte
    y se pierde rumiando su amargura,
    como un dardo a travs del horizonte.


  • La cosecha


  • La aurora cubre los cerros
    bajo un fanal de violetas.
    Los indios rasgan charangos
    alrededor de la hoguera.

    Frescas mocitas se escarchan
    como el roco en la hierba,
    y del coral de sus labios
    vuela un enjambre de abejas.

    Jos Fernndez, al moro
    caracoleante, sofrena,
    y airosamente desmonta
    entre un repique de espuelas.

    Juega el chimborno en sus dedos,
    sus botas muerden la tierra;
    dulces racimos de mozas
    pican sus manos hambrientas,
    y hunde el pual de sus ojos
    en Flora la molinera,
    hija del bravo curaca
    y de una hulincha colpea.

    Jugosa fruta del valle
    con trenzas de madreselva,
    pan sus senos caricias,
    sangra su boca doncella.

    Gloria de curvas su cuerpo,
    su cara dulce y triguea,
    granos de quinua sus dientes,
    sus ojos dos uvas negras.

    Su carne prieta y fragante
    emana embrujos de siembra,
    y deslumbrado el mestizo
    la elige su Delantera.

    El potro oliendo los muslos
    lanza un relincho de guerra.

    Herida por las tipinas
    cruje la panca reseca;
    chacmiris y tipidoras
    avanzan en larga hilera,
    como dos brazos abiertos
    para estrechar sementeras.

    Palliris y suca-sarus
    curvan la espalda en la gleba,
    buscando mazorcas de oro
    dormidas sobre la tierra.

    El huillcaparo desborda
    de las timpinas repletas,
    hinchando enormes costales
    que con sus dientes golpean
    los huaraqueris de Arani,
    temibles en la pelea.

    Por el camino de sauces
    los carretones se alejan,
    desgarra el viento en chasquidos
    el flaco ijar de las bestias,
    y los gaanes preludian
    una cancin de la sierra.

    Zumban mosquitos de lumbre,
    circula el sol en las venas,
    y los pulmones se embriagan
    de acres vaharadas de tierra.

    La gente sale a la sama,
    Flora en la suca se queda
    hilando un tierno romance
    hecho de amor y de espera.

    El jarkasiri murmura
    que arde la flor de la aldea,
    y cuchichean las indias
    que habr maaca en la hacienda.

    Ay! que ruedo de mocitas
    en la casa solariega
    cuando enlune el nina-pilco
    su garganta de lucirnagas,
    y se cuaje en los almendros
    la plegaria de la tierra.

    El campo colma de dones
    las esperanzas labriegas;
    reboza el maz los graneros,
    relumbra el trigo en las eras.

    Una parvada de imillas
    retoza por la pradera,
    cargando al hombro su paga
    dulce regalo de tierra.

    Los cerros y los caminos
    lucen sus ponchos de fiesta
    y la encaada se viste
    de campanillas solteras.

    El sol incendia en las cumbres
    el asta de sus saetas,
    y se alborotan las coplas
    que en el charango revuelan,
    mientras las mozas se cimbran
    en remolinos de entrega,
    y los mancebos del rancho
    barren el ala trovera.

    Se enflora el viento de huayus
    y requebrando a la aldea,
    sangre de sol y paloma
    derrama sobre las quiebras.

    El Mayordomo embozado
    en poncho de polvareda,
    sobre la grupa del potro
    rapta a la grcil mozuela,
    y el cielo comba su cpula
    en una fragua de estrellas.