Poemas de José Cadalso

Jos-Cadalso
Nombre: José Cadalso
Nacimiento: Cádiz, 8 de octubre de 1741
Muerte: San Roque, Cádiz 26 de febrero de 1782
Nacionalidad: España
Biografía de José Cadalso

Poemas de José Cadalso

A Venus  >> Poesía
Unos pasan, amigo  >> Poesía
A la muerte de Filis  >> Sonetos
Sobre el anhelo  >> Sonetos


Poesías de José Cadalso preferidas de nuestros lectores


  • Oda. Al amor


  • ¡Niño temido por los dioses y hombres,
    hijo de Venus, ciego Amor tirano,
    con débil mano vencedor del mundo,
                              dulce Cupido!

    Quita del arco la mortal saeta,
    deja mi pecho, que con fuerza heriste
    cuando la triste, la divina ninfa
                              me dominaba.

    Desde que el hilo de su dulce vida
    por dura Parca feneció cortado,
    desde que el hado la llevo a la sacra
                              cumbre de Olimpo,

    guardo constante la promesa antigua
    de que ella sola me sería cara,
    aunque pasara las estigias ondas
                              y el Aqueronte.

    De lutos largos me vestí gimiendo
    y de cipreses coroné mi frente;
    eco doliente me siguió con quejas
                              hasta la tumba.

    Sobre la losa que regué con sangre
    de una paloma negra y escogida,
    fue repetida por mi voz la triste,
                              justa promesa.

    Nunca las voces que mi fe juraron
    creo que puedan merecer olvido,
    ni tú, Cupido, puedas olvidarlas
                              si las oíste.

    «¡Sacra ceniza!», repetí mil veces,
    «¡sombra de Filis!, si mi pecho adora
    otra pastora, desde tan horrenda,
                              lóbrega noche,

    haz que a mi falso corazón castigue
    cuanto las cuevas del Averno ofrecen,
    cuanto padecen los malvados, cuanto
                              Sísifo sufre.

    Júrolo, Filis, por mi amor y el tuyo,
    por Venus misma, por el sol y luna,
    por la laguna que venera el mismo
                              omnipotente».

    Las negras losas a mi fino acento
    mil veces dieron ecos horrorosos,
    y de dudosos ayes resonaron
                              túmulo y ara.

    Dentro del mármol una voz confusa
    dijo: «¡Dalmiro, cumple lo jurado!».
    Quedé asombrado, sin mover los ojos,
                              pálido, yerto.

    Temo, si rompo tan solemne voto,
    que Jove apure su rigor conmigo,
    y otro castigo, que es el ser llamado
                              pérfido, aleve.

    Entre los brazos de mi nueva amante
    temo la imagen de mi antiguo dueño:
    ni alegre sueño ni tranquilo día
                              ha de dejarme.

    En vano Clori, cuyo amor me ofreces,
    y a cuyo pecho mi pasión inclinas,
    pone divinas perfecciones juntas
                              ante mis ojos.

    Ante mi vista se aparece Filis,
    en mis oídos su lamento suena;
    todo me llena de terror, y al suelo,
                              tímido, caigo.

    Lástima causen a tu pecho, ¡oh niño!,
    las voces mías, mis dolientes voces.
    ¡Ay!, si conoces el dolor que causas,
                              lástima tenme.

    La nueva antorcha que encendiste, apaga,
    y mi constante corazón respire.
    Haz que no tire tu invencible brazo
                              otra saeta.

    ¡Ay!, que te alejas y me siento herido.
    Ardo de amores, y con presto vuelo
    llegas al cielo, y a tu madre cuentas
                              tu tiranía.

  • A Venus



  • Madre divina del alado niño,
    oye mis ruegos, que jamás oíste
    otra tan triste lastimosa pena
    como la mía.

    Baje tu carro desde el alto Olimpo
    entre las nubes del sereno cielo,
    rápido vuelo traiga tu querida
    blanca paloma.

    No te detenga con amantes brazos
    Marte, que deja su rigor al verte,
    ni el que por muerte se llamó tu esposo
    sin merecerlo.

    Ni las delicias de las sacras mesas,
    cuando a los dioses llenos de ambrosía,
    alegre brinda Jove con la copa
    de Ganimedes.

    Ya el eco suena por los altos techos
    del noble alcázar, cuyo piso huellas,
    lleno de estrellas, de luceros lleno
    y tachonado.

    Cerca del ara de tu templo, en Pafos,
    entre los himnos que tu pueblo dice,
    este infelice tu venida aguarda:
    baja volando.

    Sobre tus aras mis ofrendas pongo,
    testigo el pueblo, por mi voz llamado,
    y concertado con mi tono el suyo
    te llaman madre.

    Alzo los ojos al verter el vaso
    de leche blanca y el de miel sabrosa;
    ciño con rosas, mirtos y jazmines
    esta mi frente.

    Ya, Venus, miro resplandor celeste
    bajar al templo; tu belleza veo;
    ya mi deseo coronaste, ¡oh madre,
    madre de amores!

    Vírgenes tiernas, niños y matronas,
    ya Venus llega, vuestra diosa viene;
    el aire suene con alegres himnos,
    júbilo santo.

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