Poemas de José Lezama Lima

Jos-Lezama-Lima
Nombre: José Lezama Lima
Nacimiento: La Habana 19 de diciembre de 1910
Muerte: La Habana 9 de agosto de 1976
Nacionalidad: Cuba
Biografía de José Lezama Lima

Poemas de José Lezama Lima



Poesías de José Lezama Lima preferidas de nuestros lectores


  • Rueda el cielo


  • Rueda el cielo -que no concuerde
    su intento y el grácil tiempo-
    a recorrer la posesión del clavel
    sobre la nuca más fría
    de ese alto imperio de siglos.
    Rueda el cielo -el aliento le corona
    de agua mansa en palacios
    silenciosos sobre el río
    a decir su imagen clara.
    Su imagen clara.

    Va el cielo a presumir
    -los mastines desvelados contra el viento-
    de un aroma aconsejado.
    Rueda el cielo
    sobre ese aroma agolpado
    en las ventanas,
    como una oscura potencia
    desviada a nuevas tierras.
    Rueda el cielo
    sobre la extraña flor de este cielo,
    de esta flor,
    única cárcel:
    corona sin ruido.


  • Fábula de Apolo y Narciso


  • Narciso aparta juncos.
    Está lejos y helado.
    Bebe juncos en el sueño,
    como llamada de azúcar
    y lengua que se estira
    acariciando galgos.
    Quieto, sudado cristal,
    líneas empaña en las lúnulas
    torcidas en plumón soplado.
    Vienen o se apresuran dolidos
    venéreos planetas, juncos
    quemados ya en el sueño sudoroso.
    Suenan planetas zumbantes.
    Juncos se estiran y el cuello
    entra en un hálito helado.
    Júpiter, mesa de hierro
    y un barco que si marea
    hirientes barcos salpica,
    trenzando su flor mordida.
    Narciso, de los espejos hastiados,
    fabricante de mil espejos,
    hila tres mil espejos demás.
    Jacinto, insecto muerde azucenas.
    Júpiter olvida
    el carmín de los delfines,
    improvisando las flautas
    pechazo de caracoles.
    Flauta sembrada en mis sienes
    resucita en las arenas
    de los labios, llamando al amor
    errante, asustado marinero
    pidiendo agua y azúcar
    y cola azul de delfín.
    Narciso, fósforo y raya de nieve.
    Jacinto, diminuto río en la alcoba,
    jardín con flecha enterrada,
    jardín sin hojas ni manos, jardín en blanco.
    Blando chisme se apresura,
    rueda el insecto por mantas tibias
    y piel de azucena charolada.
    Teje una red en el aire
    y en el aire saltan peces.
    Del oído nace la plata
    y baila el agua entre las ramas.
    ¡Estatuas corren buscando
    nubes enjutas y caracol ablandado,
    y en el jardín no dormitan,
    ni el agua verde en oro,
    oro muerto, las protege.¿
    Muele el oro, tasa el vidrio.
    Vidrio, ojo de la destreza.
    Cortan los dedos el fuego
    cantando en la torre muerta.
    Júpiter, una sandalia de hierro.
    Jacinto, algodón mojado
    en glacial saliva.
    Jacinto, el planeta entre los juncos
    se incendia de amor
    tan breve, geométrico en errante
    luna, busca a Hermes Trimegisto.
    Caracol o caderas errantes
    por el aire que entra por los labios
    de los juncos, por el cuello cerrado
    del pez que solloza junto al junco
    de mármol.

    Servido el mantel que es una nube rectísima, tiesa para impresionar fuertemente y hacer
    pensar que el cristianismo no está cercano, Júpiter habla, un poco distraído, con
    Minerva, Diana, Venus, Urania. Entre las risas ha saltado una frase cruel acerca de la
    conducta y el fiel espejo de Narciso.

    Pocos días después Júpiter le cuenta a Narciso lo oído de sobremesa en el mantel de
    una nube, atribuyéndoselo falsamente a Minerva. Jacinto hace escueta referencia a la
    traición de Minerva, pues si ésta tiene sus claros ojos es gracias a Jacinto, que tenía
    que peinarse, y mientras tanto le prestó su espejo a la diosa durante una sola noche,
    ésta fue acercando a sus oídos el espejo de Narciso a quien pertenecía en realidad y al
    ponerse en contacto con el espejo mayor de Selene, surgió el secreto de Hermatenea, diosa
    de los gimnasion. Narciso le recomienda a Júpiter que convierta la nieve en artículo de
    lujo y luego se vuelve a pasear entre los juncos.

    Van paseando por los juncos,
    pasean sus manos tiesas
    por el cristal que acomete
    y embiste entre dos olvidos,
    cien lenguas sin pies ligeros.
    Si el junco no se apartaba
    se alejaba su cintura,
    pertenencia fiel del aire,
    del castillo y remadores.
    ¿Quién pregunta al cristal
    que se enterró, malogrando
    testa y verano crecido?
    ¿Quién es el manjar salobre
    que en subterráneo asciende
    como un lebrel que en el cielo
    adelgaza sus recuerdos?
    Aparta juncos de juncos
    muertos, en el borde de la tierra
    recostados, ya se inclina
    mandando que se doblegue
    al primer vuelo cansado.
    Al insecto de tres franjas
    resbalando al respirar,
    manda que se doblegue,
    y manda también enterrar
    testas por el oblicuo ruido
    y por la palpitación capaz
    de colocar a los chopos,
    tersos y mal dirigidos,
    a resbalar entre crudas
    rocas y diminutos relámpagos.
    ¿Quién pregunta por los labios,
    por las bandurrias que acuestan
    cuchillos y niñas ciegas y por la gangrena
    en la cola que se fugó
    a las estatuas y a la risa enamorada?
    ¿Quién pasa entre mi mano y las chispas
    del vuelo que se posaba
    en las agrestes cenizas y en las jarras
    doblegadas por un insulto extendido,
    por un río de coronas?
    ¿Quién persiste por los labios
    y entre giróvagos mapas,
    en apuntalar a la sombra
    del cuerpo que se perdía
    entre pisadas y sirenas
    que van doblando hilanderas
    muertas y sus delgadas
    hojas sin otoño, sin donaire,
    en vuelo recto, manso y frío?
    Un junco roza los labios.
    Entreabiertos los latidos
    en la almendra y en la abeja,
    penetrando en el espejo
    los cabellos encendidos.
    Negado ya paso al río,
    se extiende raíz del agua
    creciendo en una playa de niños,
    en un olvido desnudo.
    Mustios gusanos fabrican
    frío borde de las hojas.
    Entre chopo y oído, entre lebrel
    y cabellera partida
    sin zócalo o río herido.
    ¿Quién devuelve en la marea
    una palabra escondida
    y un rumor que se apresura
    a no saltar su perfil,
    a no destrozar las torres
    o agitar sus preferencias?
    La tarde se inclina
    ya enrollada en la marea,
    prefijado su perfil.
    Narciso aparta juncos.
    Está lejos y helado,
    muchachillo que chilla
    entre los juncos, hundiéndose
    en la yerba que mira,
    en la arena del tacto.