Poemas de José María de Heredia

Jos-Mara-de-Heredia
Nombre: José María de Heredia
Nacimiento: La Fortuna, cerca de Santiago de Cuba, 22 de noviembre de 1842
Muerte: Houdan, Yvelines, Francia 3 de octubre de 1905
Nacionalidad: Cuba
Biografía de José María de Heredia

Poemas de José María de Heredia



Poesías de José María de Heredia preferidas de nuestros lectores


  • Soneto a mi esposa


  • Cuando en mis venas férvidas ardía
    la fiera juventud, en mis canciones
    el tormentoso afán de las pasiones
    con dolorosas lágrimas vertía.

    Hoy a ti las dedico, esposa mía,
    cuando el amor más libre de ilusiones
    inflama nuestros puros corazones
    y sereno y de paz nos hice el día.

    Así perdido en turbulentos mares
    mísero navegante al cielo implora,
    cuando le aqueja la tormenta grave;

    y del naufragio libre, en los altares
    consagra fiel a la deidad que adora
    las húmedas reliquias de su nave.

  • A la estrella de Venus. Oda

  • A la estrella de Venus
               Oda

    Estrella de la tarde silenciosa,
    luz apacible y pura
    de esperanza y amor, salud te digo.
    en el mar de Occidente ya reposa
    la vasta frente el sol, y tú en la altura
    del firmamento solitaria reinas.
    ya la noche sombría
    quiere tender en diamantado velo,
    y con pálidas tiritas baña el suelo
    la blanda luz del moribundo día.
    ¡Hora feliz y plácida, cual bella!
    Tú la presides, vespertina estrella.

    Yo te amo, astro de paz. Siempre tu aspecto
    en la callada soledad me inspira
    de virtud y de amor meditaciones.
    ¡Qué delicioso afecto
    excita en los sensibles corazones
    la dulce y melancólica memoria
    de su perdido bien y de su gloria!
    Tú me la inspiras. ¡Cuántas, cuántas horas
    viste brillar serenas
    sobre mi faz en Cuba!... Al asomarse
    tu disco puro y tímido en el cielo,
    a mi tierno delirio daba rienda
    en el centro del bosque embalsamado,
    y por tu tibio resplandor guiado
    buscaba en él mi solitaria senda.

    Bajo la copa de la palma amiga,
    trémula, bella en su temor, velada
    con el mágico manto del misterio,
    de mi alma la señora me aguardaba.
    En sus ojos afables me veían
    ingenuidad y amor: yo la estrechaba
    a mi pecho encendido,
    y mi rostro feliz al suyo unido,
    su balsámico aliento respiraba.

    ¡Oh goces fugitivos
    de placer inefable! ¡Quién pudiera
    del tiempo detener la rueda fiera
    sobre tales instante!...
    Yo la admiraba estático: a mi oído
    muy más dulce que música sonaba
    el eco de su voz, y su sonrisa
    para mi alma era luz. Horas serenas,
    cuya memoria cara
    a mitigar bastara
    de una existencia de dolor las penas!

    ¡Estrella de la tarde! ¡cuántas veces
    junto a mi dulce amiga me mirabas
    saludar tu venida, contemplarte,
    y recibir en tu amorosa lumbre
    paz y serenidad!... Ahora me miras
    amar también, y amar desesperado.
    Huir me ves el objeto desdichado
    de una estéril pasión, que es mi tormento
    con su belleza misma;
    y al renunciar su amor, mi alma se abisma
    en el solo y eterno pensamiento
    de amarla, y de llorar la suerte impía
    que por siempre separa
    su alma bella y pura del alma mía.