Poemas de José Zorrilla

Jos-Zorrilla
Nombre: José Zorrilla
Nacimiento: Valladolid, 21 de febrero de 1817
Muerte: Madrid, 23 de enero de 1893
Nacionalidad: España
Biografía de José Zorrilla

Poemas de José Zorrilla

A una mujer  >> Amorosa
El capitán Montoya  >> Leyendas
La azucena silvestre 1  >> Leyendas
La pasionaria  >> Leyendas
La azucena silvestre  >> Leyendas
La azucena silvestre 2  >> Leyendas
Fe  >> Poesías
Ay del triste  >> Poesías
Oriental   >> Poesías
A mi hija (Zorrilla)  >> Poesías
La plegaria  >> Poesías
Al Santísimo Sacramento  >> Religiosa
Ira de Dios  >> Religiosa
A María Plegaria  >> Religiosa
Las nubes  >> Religiosa
La meditación  >> Sentimental
La luna de Enero  >> Sentimental
Cristo, legislador  >> Sonetos
Toledo  >> Tradicional
A un torreón  >> Tradicional
Una aventura de 1360  >> Tradicional


Poesías de José Zorrilla preferidas de nuestros lectores


  • Las nubes



  • ¿Qué quieren esas nubes que con furor se agrupan
    del aire trasparente por la región azul?
    ¿Qué quieren cuando el paso de su vacío ocupan
    del cenit suspendiendo su tenebroso tul?

    ¿Qué instinto las arrastra?¿Qué esencia las mantiene?
    ¿Con qué secreto impulso por el espacio van?
    ¿Qué ser velado en ellas atravesando viene
    sus cóncavas llanuras que sin lumbrera están?

    ¡Cuál rápidas se agolpan!¡Cuál ruedan y se ensanchan
    y al firmamento trepan en lóbrego montón
    y el puro azul alegre del firmamento manchan
    sus misteriosos grupos en torva confusión!

    Resbalan lentamente por cima de los montes,
    avanzan en silencio sobre el rugiente mar,
    los huecos oscurecen de entrambos horizontes,
    el orbe en tinieblas bajo ellas va a quedar.

    La luna huyó al mirarlas; huyeron las estrellas;
    su claridad escasa la inmensidad sorbió;
    ya reinan solamente por los espacios ellas;
    doquier se ven tinieblas, mas firmamento no.

    En vano nuestros ojos se afanan por hallarle
    del tenebroso velo que le embozó detrás;
    que cuanto más los ojos se empeñan en buscarle,
    se esconde el firmamento de nuestros ojos más.

    ¡Las nubes solamente! - ¡Las nubes se acrecientan
    sobre el dormido mundo! - Las nubes por doquier!
    A cada instante que huye la lobreguez aumentan
    y se las ve en montones sin límites crecer.

    Ya montes gigantescos semejan sus contornos
    al brillo de un relámpago que aumenta la ilusión
    ya de volcanes cientos los inflamados hornos:
    ya de movibles monstruos alígero escuadrón.

    Ya imitan apiñadas de los espesos pinos
    las desiguales copas y el campo desigual:
    ya informes pelotones de objetos peregrinos
    que mudan de colores, de forma y de local.

    ¿Qué brazo las impele?¿Qué espíritu las guía?
    ¿Quién habla dentro de ellas con tan gigante voz
    cuando retumba el trueno y cuando va bravía
    rugiendo por su vientre la tempestad veloz?

    Acaso en medio de ellas a visitar los mundos
    el Hacedor Supremo del Universo va,
    y envuelto en sus vapores sus senos profundos
    estudia y sus cimientos, por si caducan ya.

    Acaso de su carro tras la viviente rueda
    con impotente saña caminará Luzbel,
    y por aquí al cegarle su resplandor no pueda
    agolpará esas nubes entre su gloria y él.

    Y acaso alguna de ellas será la formidable
    que circundó la cumbre del alto Sinaí;
    en tanto que el ardiente misterio impenetrable
    que iluminó el profeta se fermentaba allí.

    Acaso será alguna la que vertió en Sodoma
    en inflamadas fuentes la cólera de Dios:
    acaso sea alguna la que en los mares toma
    las aguas de un diluvio que la acompaña en pos.

    ¡Señor, yo te conozco! La noche azul, serena,
    me dice desde lejos: "Tu Dios se esconde allí".
    Pero la noche oscura, la de nublados llena
    me dice más pujante: "Tu Dios se acerca a ti".

    Te acercas, sí; conozco las orlas de tu manto
    en esa ardiente nube con que ceñido estás;
    el resplandor conozco de tu semblante santo
    cuando al cruzar el éter relampagueando vas.

    Conozco, sí, tu sombra que pasa sin colores
    detrás de esos nublados que vagan en tropel;
    conozco en esos grupo de lóbregos vapores
    los pálidos fantasmas, los sueños de Daniel.

    Conozco de tus pasos las invisibles huellas
    del repentino trueno en el crujiente son,
    las chispas de tu carro conozco en las centellas,
    la aliento en el rugido del rápido Aquilón.

    ¿Quién ante Ti parece?¿Quién es en tu presencia
    más que una artista seca que el aire va a romper?
    Tus ojos son el día; tu soplo es la existencia:
    tu alfombra el firmamento: la eternidad de tu ser.

    ¡Señor!, yo te conozco, mi corazón te adora:
    mi espíritu de hinojos ante tus pies está;
    pero mi lengua calla, porque mi lengua ignora
    los cánticos que llegan al grande Jehová.

    Palomas de los valles, prestadme vuestro arrullo;
    prestadme, claras fuentes, vuestro gentil rumor;
    prestadme, amenos bosques, vuestro feliz murmullo;
    y cantaré a par vuestro la gloria del Señor.

    Si su hálito llegara al arpa del poeta,
    si a mí, Señor, bajara tu espíritu inmortal,
    mi corazón henchido del fuego del profeta
    cantara, y no tuvieran sus cánticos igual.

    Mi voz fuera más dulce que el ruido de las hojas
    mecidas por las auras del oloroso abril,
    más grata que del Fénix las últimas congojas,
    y más que los gorjeos del ruiseñor gentil.

    Más grave y majestuosa que el eco del torrente
    que cruza del desierto la inmensa soledad,
    más grande y más solemne que sobre el mar hirviente
    el ruido con que ronca la ronca tempestad.

    Mas, ¡ay!, que sólo puedo postrarme con mi lira
    delante de esas nubes con que ceñido estás
    porque mi acento débil en mi garganta espira
    cuando al cruzar el éter relampagueando vas.

    Tu espíritu infinito resbala ante mis ojos
    y aunque mi vista impura tu aparición no ve,
    mi alma se estremece, y ante tu faz de hinojos
    tea dora en esas nubes mi solitaria fe.


  • A mi hija (Zorrilla)



  • Por cima de la montaña
    que nos sirve de frontera,
    te envía un alma sincera
    un beso y una canción;
    tómalos; que desde España
    han de ir a dar, vida mía,
    en tu alma mi poesía,
    mi beso en tu corazón.

    Tu padre, tras la montaña
    que para ambos no es frontera,
    lleva la amistad sincera
    del autor de esta canción.
    Recibe, pues, desde España
    beso y cantar, vida mía,
    en tu alma la poesía
    y el beso en el corazón.

    Si un día de esa montaña
    paso o pasas la frontera,
    verás el alma sincera
    de quien te hace esta canción,
    que la hidalguía de España
    es quien sabe, vida mía,
    dar al alma poesía
    y besos al corazón.