Poemas de José de Espronceda

José-de-Espronceda
Nombre: José de Espronceda
Nacimiento: Almendralejo, España 25 de marzo de 1808
Muerte: Madrid, 26 de mayo de 1842
Nacionalidad: España
Biografía de José de Espronceda

Poemas de José de Espronceda

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Óscar y Malvina  >> Poesías
El pescador  >> Poesías
A la patria  >> Poesías
El reo de muerte  >> Poesías
El mendigo  >> Poesías
El arrepentimiento  >> Poesías
Himno al dos de mayo  >> Poesías
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Canción de la muerte  >> Poesías
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A  >> Sonetos
A un ruiseñor  >> Sonetos


Poesías de José de Espronceda preferidas de nuestros lectores


  • El pescador



  • Pescadorcita mía,
    Desciende a la ribera,
    Y escucha placentera
    Mi cántico de amor;
    Sentado en su barquilla,
    Te canta su cuidado,
    Cual nunca enamorado
    Tu tierno pescador.

    La noche el cielo encubre
    Y acalla manso el viento,
    Y el mar sin movimiento
    También en calma está:
    A mi batel desciende,
    Mi dulce amada hermosa:
    La noche tenebrosa
    Tu faz alegrará.

    Aquí apartados, solos,
    Sin otros pescadores,
    Suavísimos amores
    Felice te diré,
    Y en esos dulces labios
    De rosas y claveles
    El ámbar y las mieles
    Que vierten libaré.

    La mar adentro iremos,
    En mi batel cantando
    Al son del viento blando
    Amores y placer;
    Regalarete entonces
    Mil varios pececillos
    Que al verte, simplecillos,
    De ti se harán prender.

    De conchas y corales
    Y nácar a tu frente
    Guirnalda reluciente,
    Mi bien, te ceñiré;
    Y eterno amor mil veces
    Jurándote, cumplida
    En ti, mi dulce vida,
    Mi dicha encontraré.

    No el hondo mar te espante,
    Ni el viento proceloso,
    Que al ver tu rostro hermoso
    Sus iras calmarán;
    Y sílfidas y ondinas
    Por reina de los mares
    Con plácidos cantares
    A par te aclamarán.

    Ven ¡ay! a mi barquilla,
    Completa mi fortuna;
    Naciente ya a la luna
    Refleja el ancho mar;
    Sus mansas olas bate
    Süave, leve brisa;
    Ven ¡ay! mi dulce Elisa,
    Mi pecho a consolar.


  • El arrepentimiento



  • A MI MADRE

    Triste es la vida cuando piensa el alma,
    triste es vivir si siente el corazón;
    nunca se goza de ventura y calma
    si se piensa del mundo en la ficción.

    No hay que buscar del mundo los placeres,
    pues que ninguno existe en realidad;
    no hay que buscar amigos ni mujeres,
    que es mentira el placer y la amistad.

    Es inútil que busque el desgraciado
    quien quiera su dolor con él partir;
    sordo el mundo, le deja abandonado
    sin aliviar su mísero vivir.

    La virtud y el honor, sólo de nombre
    existen en el mundo engañador;
    un juego la virtud es para el hombre;
    un fantasma, no más, es el honor.

    No hay que buscar palabras de ternura,
    que le presten al alma algún solaz;
    no hay que pensar que dure la ventura,
    que en el mundo el placer siempre es fugaz.

    Esa falsa deidad que llaman gloria
    es del hombre tan sólo una ilusión,
    que siempre está patente en su memoria
    halagando, traidora, el corazón.

    Todo es mentira lo que el mundo encierra,
    que el niño no conoce, por su bien;
    entonces la niñez sus ojos cierra,
    y un tiempo a mí me los cerró también

    En aquel tiempo el maternal cariño
    como un Edén el mundo me pintó;
    yo lo miré como lo mira un niño,
    y mejor que un Edén me pareció.

    Lleno lo vi de fiestas y jardines,
    donde tranquilo imaginé gozar;
    oí cantar pintados colorines
    y escuché de la fuente el murmurar.

    Yo apresaba la blanca mariposa,
    persiguiéndola ansioso en el jardín,
    bien al parar en la encarnada rosa
    o al posarse después en el jazmín.

    Miraba al sol, sin que jamás su fuego
    quemase mis pupilas ni mi tez;
    que entonces lo miré con el sosiego
    y con la paz que infunde la niñez

    Mi vida resbalaba entre delicias
    prodigadas, ¡oh madre!, por tu amor.
    ¡Cuántas veces, entonces, tus caricias
    acallaron mi llanto y mi clamor!
    ¡Cuántas veces, durmiendo en tu regazo,
    en pájaros y flores yo soñé!
    ¡Cuántas veces, entonces, tus caricias
    acallaron mi llanto y mi clamor!
    ¡Cuántas me diste, oh madre, un tierno abrazo
    porque alegre y risueño te miré!

    Mis caricias pagaste con exceso,
    como pagan las flores al abril;
    mil besos, ¡ay!, me dabas por un beso,
    por un abrazo tú me dabas mil.

    Pero yo te abandoné
    por seguir la juventud;
    en el mundo me interné,
    y al primer paso se fue
    de la infancia la quietud;

    que aunque tu voz me anunciaba
    los escondidos abrojos
    del camino que pisaba,
    mi oído no te escuchaba
    ni te miraban mis ojos.

    ¡Sí, madre! Yo no creí
    que fuese cierto tu aviso;
    tan hechizado lo vi,
    que al principio para mi
    era el mundo un paraíso.

    Así viví sin temor,
    disfrutando los placeres
    del mundo tan seductor;
    en él encontré el amor
    al encontrar las mujeres.

    Mis oídos las oyeron,
    y mis ojos las miraron,
    y ángeles me parecieron;
    mis ojos, ¡ay!, me engañaron
    y mis oídos mintieron.

    Entre placeres y amores
    fueron pasando mis años
    sin recelo ni temores,
    mi corazón sin engaños
    y mi alma sin dolores.

    Mas hoy ya mi corazón
    por su bien ha conocido
    de los hombres la traición
    y mi alma ha descorrido
    el velo de la ilusión.

    Ayer vi el mundo risueño
    y hoy triste lo miro ya;
    para mí no es halagüeño;
    mis años han sido un sueño
    que disipándose va.

    Por estar durmiendo ayer,
    de este mundo la maldad
    ni pude ni quise ver,
    ni del amigo y mujer
    conocí la falsedad.

    Por el sueño, no miraron
    mis ojos teñido un río
    de sangre, que derramaron
    hermanos que se mataron
    llevados de un desvarío.

    Por el sueño, madre mía,
    del porvenir, sin temor,
    ayer con loca alegría
    entonaba en una orgía
    cantos de placer y amor.

    Por el sueño fui perjuro
    con las mujeres allí;
    y en lugar de tu amor puro,
    amor frenético, impuro,
    de impuros labios bebí.

    Mi corazón fascinaste
    cuando me ofreciste el bien;
    pero (¡oh mundo!), me engañaste
    porque en infierno trocaste
    lo que yo juzgaba Edén.

    Tú me mostraste unos seres
    con rostros de querubines
    y con nombres de mujeres,
    tú me brindaste placeres
    en ciudades y festines.

    Tus mujeres me engañaron.
    que al brindarme su cariño
    en engañarme pensaron
    y sin compasión jugaron
    con mi corazón de niño.

    En tus pueblos no hay clemencia,
    la virtud no tiene abrigo;
    por eso con insolencia
    los ricos, en su opulencia,
    encarnecen al mendigo.

    Y en vez de arroyos y flores
    y fuentes y ruiseñores,
    se escuchan en tus jardines
    los gritos y los clamores
    que salen de los festines.

    Por eso perdí el reposo
    de mis infantiles años;
    dime, mundo peligroso,
    ¿por qué siendo tan hermoso
    contienes tantos engaños?

    Heme a tus pies llorando arrepentido,
    fría la frente y seco el corazón;
    ¡ah!, si supieras cuánto he padecido,
    me tuvieras, ¡os madre!, compasión.

    No te admires de hallarme en este estado,
    sin luz los ojos, sin color la tez;
    porque mis labios, ¡ay!, han apurado
    el cáliz del dolor hasta la hez.

    ¡Que es veneno el amor de las mujeres
    que en el mundo, gozoso, yo bebí!
    Pero, a pesar de todos los placeres,
    jamás pude olvidarme yo de ti.

    Siempre, extasiado, recordó mi mente
    aquellos días de ventura y paz
    que a tu lado viví tranquilamente
    ajeno de este mundo tan falaz.

    Todo el amor que tiene es pasajero,
    nocivo, receloso, engañador;
    no hay otro, no, más puro y verdadero
    que dure más que el maternal amor.

    Vuelve, ¡oh madre!, a mirarme con cariño;
    tus caricias y halagos tórname;
    yo de ti me alejé, pero era un niño,
    y el mundo me engañó, ¡perdóname!

    Yo pagaré tu amor con el exceso
    con que pagan las flores al abril;
    mil besos te daré por sólo un beso,
    por un abrazo yo te daré mil.

    Dejemos que prosigan engañando
    los hombres y mujeres a la par;
    de nuestro amor sigamos disfrutando
    en sus engaños, madre, sin pensar.

    Porque es triste vivir si piensa el alma,
    y mucho más si siente el corazón;
    nunca se goza de ventura y calma
    si se piensa del mundo en la ficción.

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