Poemas de Juan Meléndez Valdés

Juan-Melndez-Valds
Nombre: Juan Meléndez Valdés
Nacimiento: Ribera del Fresno, Badajoz 11 de Marzo de 1754
Muerte: Montpellier, Francia 24 de Mayo de 1817
Nacionalidad: España
Biografía de Juan Meléndez Valdés

Poemas de Juan Meléndez Valdés

A la Aurora Oda VIII  >> Odas anacreónticas
De lo que es amor Oda VII  >> Odas anacreónticas
De los labios de Dorila Oda XII  >> Odas anacreónticas
De unas palomas Oda XIII  >> Odas anacreónticas
De mi niñeces Oda XV  >> Odas anacreónticas
De mis cantares Oda I  >> Odas anacreónticas
A un ruiseñor Oda XI  >> Odas anacreónticas
A Dorila Oda VI  >> Odas anacreónticas
De las riquezas Oda X  >> Odas anacreónticas
De un convite Oda XIV  >> Odas anacreónticas
De la primavera Oda V  >> Odas anacreónticas
De un baile Oda IX  >> Odas anacreónticas
A una fuente Oda III  >> Odas anacreónticas
El consejo del Amor Oda IV  >> Odas anacreónticas
El remordimiento  >> Sonetos
La esquivez vencida  >> Sonetos
Los tristes recuerdos  >> Sonetos
La fuga inútil  >> Sonetos
El pensamiento  >> Sonetos
Las armas del amor  >> Sonetos
La paloma  >> Sonetos
El pronóstico  >> Sonetos
El propósito inútil  >> Sonetos
El ruego encarecido  >> Sonetos
El despecho  >> Sonetos


Poesías de Juan Meléndez Valdés preferidas de nuestros lectores


  • El remordimiento



  • Perdona, bella Cintia, al pecho mío,
    si evita cauto tu adorable llama;
    que Fili solo su fineza inflama,
    y él la idolatra aun en el mármol frío.

    Si amarte intento, del silencio umbrío
    su voz infausta por venganza clama:
    «¿Así, me dice, ¡oh pérfido!, se ama?
    ¡Ay!, ¡tiembla mi furor, impío!

    Vuélveme a mi inocencia y a mi pura
    candidez virginal; tú de mi pecho,
    ¡aleve, aleve!, has la virtud lanzado.

    Vuélveme a mi virtud...» Su sombra oscura
    me sigue así; y en lágrimas deshecho,
    me hallo en el duro suelo desmayado.


  • Las armas del amor



  • De tus doradas hebras, mi señora,
    Amor formó los lazos para asirme;
    de tus lindos ojuelos, para herirme,
    las flechas y la llama abrasadora.

    Tu dulce boca, que el carmín colora,
    su púrpura le dio para rendirme;
    tus manos, si al encanto quise huirme,
    nieve que en fuego se me vuelve ahora.

    Tu voz suave, tu desdén fingido
    y el albo seno, do el placer se anida,
    pábulo añaden al ardor primero.

    Amor con tales armas me ha rendido;
    ¡ay armas celestiales!, ¡ay mi vida!,
    yo soy, yo quiero ser tu prisionero.