Poemas de Miguel de Cervantes

Miguel-de-Cervantes
Nombre: Miguel de Cervantes
Nacimiento: Alcalá de Henares 29 de septiembre de 1547
Muerte: Madrid 22 de abril1 de 1616
Nacionalidad: España
Biografía de Miguel de Cervantes

Poemas de Miguel de Cervantes



Poesías de Miguel de Cervantes preferidas de nuestros lectores


  • Poemas de de novelas


  • de "La ilustre fregona"

    ¿Quién de amor venturas halla?
    El que calla.
    ¿Quién triunfa de su aspereza?
    La firmeza.
    ¿Quién da alcance a su alegría?
    La porfía.
    De ese modo, bien podría
    esperar dichosa palma
    si en esta empresa mi alma
    calla, está firme y porfía.

    ¿Con quién se sustenta amor?
    Con favor.
    ¿Y con qué mengua su furia?
    Con la injuria.
    ¿Antes con desdenes crece?
    Desfallece.
    Claro en esto se parece
    que mi amor será inmortal,
    pues la causa de mi mal
    ni injuria ni favorece.

    Quien desespera, ¿qué espera?
    Muerte entera.
    Pues, ¿qué muerte el mal remedia?
    La que es media.
    Luego, ¿bien será morir?
    Mejor sufrir.
    Porque se suele decir,
    y esta verdad se reciba,
    que tras la tormenta esquiva
    suele la calma venir.

    ¿Descubriré mi pasión?
    En ocasión.
    ¿Y si jamás se me da?
    Sí hará.
    Llegará la muerte en tanto.
    Llegue a tanto
    tu limpia fe y esperanza,
    que, en sabiéndolo Costanza,
    convierta en risa tu llanto.

    Primer libro de La Galatea

    Mientras que al triste, lamentable acento
    del mal acorde son del canto mío,
    en eco amarga de cansado aliento,
    responde el monte, el prado, el llano, el río,
    demos al sordo y presuroso viento
    las quejas que del pecho ardiente y frío
    salen a mi pesar, pidiendo en vano
    ayuda al río, al monte, al prado, al llano.
    Crece el humor de mis cansados ojos
    las aguas de este río, y de este prado
    las variadas flores son abrojos
    y espinas que en el alma s'han entrado.
    No escucha el alto monte mis enojos,
    y el llano de escucharlos se ha cansado;
    y así, un pequeño alivio al dolor mío
    no hallo en monte, en llano, en prado, en río.
    Creí que el fuego que en el alma enciende
    el niño alado, el lazo con que aprieta,
    la red sutil con que a los dioses prende,
    y la furia y rigor de su saeta,
    que así ofendiera como a mí me ofende
    al sujeto sin par que me sujeta;
    mas contra un alma que es de mármol hecha,
    la red no puede, el fuego, el lazo y flecha.
    Yo sí que al fuego me consumo y quemo,
    y al lazo pongo humilde la garganta,
    y a la red invisible poco temo,
    y el rigor de la flecha no me espanta.
    Por esto soy llegado a tal extremo,
    a tanto daño, a desventura tanta,
    que tengo por mi gloria y mi sosiego
    la saeta, la red, el lazo, el fuego.

    Amoroso pensamiento,
    si te precias de ser mío,
    camina con tan buen tiento
    que ni te humille el desvío
    ni ensoberbezca el contento.
    Ten un medio -si se acierta
    a tenerse en tal porfía-:
    no huyas el alegría,
    ni menos cierres la puerta
    al llanto que amor envía.
    Si quieres que de mi vida
    no se acabe la carrera,
    no la lleves tan corrida
    ni subas do no se espera
    sino muerte en la caída.
    Esa vana presunción
    en dos cosas parará:
    la una, en tu perdición;
    la otra, en que pagará
    tus deudas el corazón.
    De él naciste, y en naciendo,
    pecaste, y págalo él;
    huyes de él, y si pretendo
    recogerte un poco en él,
    ni te alcanzo ni te entiendo.
    Ese vuelo peligroso
    con que te subes al cielo,
    si no fueres venturoso,
    ha de poner por el suelo
    mi descanso y tu reposo.
    Dirás que quien bien se emplea
    y se ofrece a la ventura,
    que no es posible que sea
    del tal juzgado a locura
    el brío de que se arrea.
    Y que, en tan alta ocasión,
    es gloria que par no tiene
    tener tanta presunción,
    cuanto más si le conviene
    al alma y al corazón.
    Yo lo tengo así entendido,
    mas quiero desengañarte;
    que es señal ser atrevido
    tener de amor menos parte
    que el humilde y encogido.
    Subes tras una beldad
    que no puede ser mayor:
    no entiendo tu calidad,
    que puedas tener amor
    con tanta desigualdad.
    Que si el pensamiento mira
    un sujeto levantado,
    contémplalo, y se retira,
    por no ser caso acertado
    poner tan alta la mira.
    Cuanto más, que el amor nace
    junto con la confianza,
    y en ella se ceba y pace;
    y, en faltando la esperanza,
    como niebla se deshace.
    Pues tú, que ves tan distante
    el medio del fin que quieres,
    sin esperanza y constante,
    si en el camino murieres,
    morirás como ignorante.
    Pero no se te dé nada,
    que, en esta empresa amorosa,
    do la causa es sublimada,
    el morir es vida honrosa;
    la pena, gloria extremada.

    Elicio

    Blanda, suave, reposadamente,
    ingrato Amor, me sujetaste el día
    que los cabellos de oro y bella frente
    miré del sol que al sol oscurecía;
    tu tósigo cruel, cual de serpiente,
    en las rubias madejas se escondía;
    yo, por mirar el sol en los manojos,
    todo vine a beberle por los ojos.
    Erastro
    Atónito quedé y embelesado,
    como estatua sin voz de piedra dura,
    cuando de Galatea el extremado
    donaire vi, la gracia y hermosura.
    Amor me estaba en el siniestro lado,
    con las saetas de oro, ¡ay muerte dura!,
    haciéndome una puerta por do entrase
    Galatea y el alma me robase.
    Elicio
    ¿Con qué milagro, amor, abres el pecho
    del miserable amante que te sigue,
    y de la llaga interna que le has hecho
    crecida gloria muestra que consigue?
    ¿Cómo el daño que haces es provecho?
    ¿Cómo en tu muerte alegre vida vive?
    L' alma que prueba estos efectos todos
    la causa sabe, pero no los modos.
    Erastro
    No se ven tantos rostros figurados
    en roto espejo, o hecho por tal arte
    que, si uno en él se mira, retratados
    se ve una multitud en cada parte,
    cuantos nacen cuidados y cuidados
    de un cuidado crüel que no se parte
    del alma mía, a su rigor vencida,
    hasta apartarse junto con la vida.
    Elicio
    La blanca nieve y colorada rosa,
    Que el verano no gasta ni el invierno;
    el sol de dos luceros, do reposa
    el blando amor, y a do estará in æterno;
    la voz, cual la de Orfeo poderosa
    de suspender las furias del infierno,
    y otras cosas que vi quedando ciego,
    yesca me han hecho al invisible fuego.
    Erastro
    Dos hermosas manzanas coloradas,
    que tales me semejan dos mejillas,
    y el arco de dos cejas levantadas,
    que el de Iris no llegó a sus maravillas;
    dos rayos, dos hileras extremadas
    de perlas entre grana, y, si hay decillas,
    mil gracias que no tienen par ni cuento,
    niebla m' han hecho al amoroso viento.
    Elicio
    Yo ardo y no me abraso, vivo y muero;
    estoy lejos y cerca de mí mismo;
    espero en solo un punto y desespero;
    súbome al cielo, bájome al abismo;
    quiero lo que aborrezco, blando y fiero;
    me pone el amaros paroxismo;
    y con estos contrarios, paso a paso,
    cerca estoy ya del último traspaso.
    Erastro
    Yo te prometo, Elicio, que le diera
    todo cuanto en la vida me ha quedado
    a Galatea, porque me volviera
    el alma y corazón que m'ha robado;
    y después del ganado, le añadiera
    mi perro Gavilán con el Manchado;
    pero, como ella debe de ser diosa,
    el alma querrá más que no otra cosa.
    Elicio
    Erastro, el corazón que en alta parte
    es puesto por el hado, suerte o signo,
    quererle derribar por fuerza o arte
    o diligencia humana, es desatino.
    Debes de su ventura contentarte;
    que, aunque mueras sin ella, yo imagino
    que no hay vida en el mundo más dichosa
    como el morir por causa tan honrosa.

    Galatea
    Afuera el fuego, el lazo, el hielo y flecha
    de amor, que abrasa, aprieta, enfría y hiere;
    que tal llama mi alma no la quiere,
    ni queda de tal nudo satisfecha.
    Consuma, ciña, hiele, mate; estrecha
    tenga otra la voluntad cuanto quisiere;
    que por dardo, o por nieve, o red no espere
    tener la mía en su calor deshecha.
    Su fuego enfriará mi casto intento,
    el nudo romperé por fuerza o arte,
    la nieve deshará mi ardiente celo,
    la flecha embotará mi pensamiento;
    y así, no temeré en segura parte
    de amor el fuego, el lazo, el dardo, el hielo.

    Ya la esperanza es perdida,
    y un solo bien me consuela:
    que el tiempo, que pasa y vuela,
    llevará presto la vida.
    Dos cosas hay en amor
    con que su gusto se alcanza:
    deseo de lo mejor,
    es la otra la esperanza
    que pone esfuerzo al temor.
    Las dos hicieron manida
    en mi pecho, y no las veo;
    antes en l'alma afligida,
    porque me acabe el deseo,
    ya la esperanza es perdida.
    Si el deseo desfallece
    cuando la esperanza mengua,
    al contrario en mí parece,
    pues cuanto ella más desmengua
    tanto más él s'engrandece.
    Y no hay usar de cautela
    con las llagas que me atizan,
    que en esta amorosa escuela
    mil males me martirizan,
    y un solo bien me consuela.
    Apenas hubo llegado
    el bien a mi pensamiento,
    cuando el cielo, suerte y hado,
    con ligero movimiento
    l'han del alma arrebatado.
    Y si alguno hay que se duela
    de mi mal tan lastimero,
    al mal amaina la vela,
    y al bien pasa más ligero
    que el tiempo, que pasa y vuela.
    ¿Quién hay que no se consuma
    con estas ansias que tomo?,
    pues en ellas se ve en suma
    ser los cuidados de plomo
    y los placeres de pluma.
    Y aunque va tan de caída
    mi dichosa buena andanza
    en ella este bien se anida:
    que quien llevó la esperanza
    llevará presto la vida.

    En áspera, cerrada, oscura noche,
    sin ver jamás el esperado día,
    y en continuo, crecido, amargo llanto,
    ajeno de placer, contento y risa,
    merece estar, y en una viva muerte,
    aquel que sin amor pasa la vida.
    ¿Qué puede ser la más alegre vida,
    sino una sombra de una breve noche,
    o natural retrato de la muerte,
    si en todas cuantas horas tiene el día,
    puesto silencio al congojoso llanto,
    no admite del amor la dulce risa?
    Do vive el blando amor, vive la risa,
    y adonde muere, muere nuestra vida,
    y el sabroso placer se vuelve en llanto,
    y en tenebrosa sempiterna noche
    la clara luz del sosegado día,
    y es el vivir sin él amarga muerte.
    Los rigurosos trances de la muerte
    no huye el amador; antes con risa
    desea la ocasión y espera el día
    donde pueda ofrecer la cara vida
    hasta ver la tranquila última noche,
    al amoroso fuego, al dulce llanto.
    No se llama de amor el llanto, llanto,
    ni su muerte llamarse debe muerte,
    ni a su noche dar título de noche;
    que su risa llamarse debe risa,
    y su vida tener por cierta vida,
    y sólo festejar su alegre día.
    ¡Oh venturoso para mí este día,
    do pude poner freno al triste llanto,
    y alegrarme de haber dado mi vida
    a quien dármela puede, o darme muerte!
    ¿Mas qué puede esperarse, si no es risa,
    de un rostro que al sol vence y vuelve en noche?
    Vuelto ha mi escura noche en claro día
    amor, y en risa mi crecido llanto,
    y mi cercana muerte en larga vida.

    de "El amante Liberal"

    Como cuando el sol asoma
    por una montaña baja
    y de súpito nos toma,
    y con su vista nos doma
    nuestra vista y la relaja;
    como la piedra balaja,
    que no consiente carcoma,
    tal es el tu rostro, Aja,
    dura lanza de Mahoma,
    que las mis entrañas raja.

    de "La ilustre fregona"

    Salga la hermosa Argüello,
    moza una vez, y no más;
    y, haciendo una reverencia,
    dé dos pasos hacia atrás.
    De la mano la arrebate
    el que llaman Barrabás:
    andaluz mozo de mulas,
    canónigo del Compás.
    De las dos mozas gallegas
    que en esta posada están,
    salga la más carigorda
    en cuerpo y sin delantal.
    Engarráfela Torote,
    y todos cuatro a la par,
    con mudanzas y meneos,
    den principio a un contrapás.

    de "Rinconete y Cortadillo"

    Por un sevillano, rufo a lo valón,
    tengo socarrado todo el corazón.
    Por un morenito de color verde,
    ¿cuál es la fogosa que no se pierde?
    Riñen dos amantes, hácese la paz:
    si el enojo es grande, es el gusto más.
    Detente, enojado, no me azotes más;
    que si bien lo miras, a tus carnes das.

    de "La Ilustre Fregona"

    ¿Dónde estás, que no pareces,
    esfera de la hermosura,
    belleza a la vida humana
    de divina compostura?
    Cielo empíreo, donde amor
    tiene su estancia segura;
    primer moble, que arrebata
    tras sí todas las venturas;
    lugar cristalino, donde
    transparentes aguas puras
    enfrían de amor las llamas,
    las acrecientan y apuran;
    nuevo hermoso firmamento,
    donde dos estrellas juntas,
    sin tomar la luz prestada,
    al cielo y al suelo alumbran;
    alegría que se opone
    a las tristezas confusas
    del padre que da a sus hijos
    en su vientre sepultura;
    humildad que se resiste
    de la alteza con que encumbran
    el gran Jove, a quien influye
    su benignidad, que es mucha.
    Red invisible y sutil,
    que pone en prisiones duras
    al adúltero guerrero
    que de las batallas triunfa;
    cuarto cielo y sol segundo,
    que el primero deja a oscuras
    cuando acaso deja verse:
    que el verle es caso y ventura;
    grave embajador, que hablas
    con tan extraña cordura,
    que persuades callando,
    aún más de lo que procuras;
    del segundo cielo tienes
    no más que la hermosura,
    y del primero, no más
    que el resplandor de la luna;
    esta esfera sois, Costanza,
    puesta, por corta fortuna,
    en lugar que, por indigno,
    vuestras venturas deslumbra.
    Fabricad vos vuestra suerte,
    consintiendo se reduzca
    la entereza a trato al uso,
    la esquividad a blandura.
    Con esto veréis, señora,
    que envidian vuestra fortuna
    las soberbias por linaje;
    las grandes por hermosura.
    Si queréis ahorrar camino,
    la más rica y la más pura
    voluntad en mí os ofrezco
    que vio amor en alma alguna.

    Glosa

    El cielo a la iglesia ofrece
    hoy una piedra tan fina
    que en la corona divina
    del mismo Dios resplandece.

    Tras los dones primitivos
    que, en el fervor de su celo,
    ofreció la iglesia al cielo,
    a sus edificios vivos
    dio nuevas piedras el suelo;
    estos dones agradece
    a su esposa y la ennoblece,
    pues, de parte del esposo,
    un Hiacinto, el más precioso,
    el cielo a la iglesia ofrece.
    Porque el hombre de su gracia
    tantas veces se retira,
    y el Jacinto, al que le mira,
    es tan grande su eficacia
    que le sosiega la ira,
    su misma piedad lo inclina
    a darlo por medicina,
    que, en su jüicio profundo,
    ve que ha menester el mundo,
    hoy una piedra tan fina.
    Obró tanto esta virtud,
    viviendo Jacinto en él,
    que, a los vivos rayos de él,
    en una y otra salud
    se restituyó por él.
    Crezca gloriosa la mina
    que de su luz jacintina
    tiene el cielo y tierra llenos,
    pues no mereció estar menos
    que en la corona divina.
    Allá luce ante los ojos
    del mismo autor de su gloria,
    y acá en gloriosa memoria
    de los triunfos y despojos
    que sacó de la victoria,
    pues si otra luz desfallece
    cuando el sol la suya ofrece,
    ¿qué tan viva y rutilante
    será aquésta si delante
    del mismo Dios resplandece?


  • Sonetos


  • El Monicongo, académico de la Argamasilla, a la sepultura de don Quijote

    Epitafio

    El calvatrueno que adornó a la Mancha
    de más despojos que Jasón decreta;
    el jüicio que tuvo la veleta
    aguda donde fuera mejor ancha,

    el brazo que su fuerza tanto ensancha,
    que llegó del Catay hasta Gaeta,
    la musa más horrenda y más discreta
    que grabó versos en la broncínea plancha,

    el que a cola dejó los Amadises,
    y en muy poquito a Galaores tuvo,
    estribando en su amor y bizarría,

    el que hizo callar los Belianises,
    aquel que en Rocinante errando anduvo,
    yace debajo de esta losa fría.

    Del Paniaguado, académico de la Argamasilla,
    In laudem Dulcinæ del Toboso

    Esta que veis de rostro amondongado,
    alta de pechos y ademán brioso,
    es Dulcinea, reina del Toboso,
    de quien fue el gran Quijote aficionado.

    Pisó por ella el uno y otro lado
    de la gran Sierra Negra, y el famoso
    campo de Montïel, hasta el herboso
    llano de Aranjüez, a pie y cansado.

    Culpa de Rocinante, ¡oh dura estrella!,
    que esta manchega dama, y este invito
    andante caballero, en tiernos años,

    ella dejó, muriendo, de ser bella;
    y él, aunque queda en mármoles escrito,
    no pudo huir de amor, iras y engaños.

    Del caprichoso, discretísimo académico de la Argamasilla, en loor de Rocinante, caballo de don Quijote de la Mancha

    (Soneto con estrambote)

    En el soberbio trono diamantino
    que con sangrientas plantas huella Marte,
    frenético, el Manchego su estandarte
    tremola con esfuerzo peregrino.

    Cuelga las armas y el acero fino
    con que destroza, asuela, raja y parte:
    ¡nuevas proezas!, pero inventa el arte
    un nuevo estilo al nuevo paladino.

    Y si de su Amadís se precia Gaula,
    por cuyos bravos descendientes Grecia
    triunfó mil veces y su fama ensancha,

    hoy a Quijote le corona el aula
    do Belona preside, y de él se precia,
    más que Grecia ni Gaula, la alta Mancha.

    Nunca sus glorias el olvido mancha,
    pues hasta Rocinante, en ser gallardo,
    excede a Brilladoro y a Bayardo.

    Del burlador, académico argamasillesco, a Sancho Panza

    Sancho Panza es aquéste, en cuerpo chico,
    pero grande en valor, ¡milagro extraño!
    Escudero el más simple y sin engaño
    que tuvo el mundo, os juro y certifico.

    De ser conde no estuvo en un tantico,
    si no se conjuraran en su daño
    insolencias y agravios del tacaño
    siglo, que aun no perdonan a un borrico.

    Sobre él anduvo -con perdón se miente-
    este manso escudero, tras el manso
    caballo Rocinante y tras su dueño.

    ¡Oh vanas esperanzas de la gente;
    cómo pasáis con prometer descanso,
    y al fin paráis en sombra, en humo, en sueño!

    Amadís de Gaula a don Quijote de la Mancha

    Tú, que imitaste la llorosa vida
    Que tuve ausente y desdeñado sobre
    El gran ribazo de la Peña Pobre,
    De alegre a penitencia reducida,

    Tú, a quien los ojos dieron la bebida
    De abundante licor, aunque salobre,
    Y alzándote la plata, estaño y cobre,
    Te dio la tierra en tierra la comida,

    Vive seguro de que eternamente,
    En tanto, al menos, que en la cuarta esfera,
    Sus caballos aguije el rubio Apolo,

    Tendrás claro renombre de valiente;
    Tu patria será en todas la primera;
    Tu sabi autor, al mundo único y solo.

    Don Bellanís de Grecia a don Quijote de la Mancha

    Rompí, corté, abollé, y dije y hice
    Más que en el orbe caballero andante;
    Fui diestro, fui valiente, fui arrogante;
    Mil agravios vengué, cien mil deshice.

    Hazañas di a la Fama que eternice;
    Fui comedido y regalado amante;
    Fue enano para mí todo gigante
    Y al duelo en cualquier punto satisfice.

    Tuve a mis pies postrada la Fortuna,
    Y trajo del copeta mi cordura
    A la calva Ocasión al estricote.

    Mas, aunque sobre el cuerno de la luna
    Siempre se vio encumbrada mi ventura,
    Tus proezas envidio, ¡oh gran Quijote!

    La señora Oriana a Dulcinea del Toboso

    ¡Oh, quién tuviera, hermosa Dulcinea,
    por más comodidad y más reposo,
    a Miraflores puesto en el Toboso,
    y trocara sus Londres con tu aldea!

    ¡Oh, quién de tus deseos y librea
    alma y cuerpo adornara, y del famoso
    caballero que hiciste venturoso
    mirara alguna desigual pelea!

    ¡Oh, quién tan castamente se escapara
    del señor Amadís como tú hiciste
    del comedido hidalgo don Quijote!

    Que así envidiada fuera, y no envidiara,
    Y fuera alegre el tiempo que fue triste,
    Y gozara los gustos sin escotes.

    Gandalín, escudero de Amadís de Gaula, a Sancho Panza, escudero de don Quijote

    Salve, varón famoso, a quien Fortuna,
    Cuando en el trato escuderil te puso,
    Tan blanda y cuerdamente lo dispuso,
    Que lo pasaste sin desgracia alguna.

    Ya la azada o la hoz poco repugna
    Al andante ejercicio; ya está en uso
    La llaneza escudera, con que acuso
    Al soberbio que intenta hollar la luna.

    Envidio a tu jumento y a tu nombre,
    Y a tus alforjas igualmente envidio,
    Que mostraron tu cuerda providencia.

    Salve otra vez, ¡oh Sancho!, tan buen hombre,
    Que a solo tú nuestro español Ovidio,
    Con buzcorona te hace reverencia.

    Orlando Furioso a don Quijote de la Mancha

    Si no eres par, tampoco le has tenido:
    que par pudieras ser entre mil pares;
    ni puede haberle donde tú te hallares,
    invicto vencedor, jamás vencido.

    Orlando soy, Quijote, que, perdido
    por Angélica, vi remotos mares,
    ofreciendo a la Fama en sus altares
    aquel valor que respetó el olvido.

    No puedo ser tu igual; que este decoro
    se debe a tus proezas y a tu fama,
    puesto que, como yo, perdiste el seso.

    Mas serlo has mío, si al soberbio moro
    y cita fiero domas, que hoy nos llama,
    iguales en amor con mal suceso.

    El caballero del Febo a don Quijote de la Mancha

    A vuestra espada no igualó la mía,
    Febo español, curioso cortesano,
    ni a la alta gloria de valor mi mano,
    que rayo fue do nace y muere el día.

    Imperios desprecié; la monarquía
    que me ofreció el Oriente rojo en vano
    dejé, por ver el rostro soberano
    de Claridiana, aurora hermosa mía.

    Améla por milagro único y raro,
    y, ausente en su desgracia, el propio infierno
    temió mi brazo, que domó su rabia.

    Mas vos, godo Quijote, ilustre y claro,
    por Dulcinea sois al mundo eterno,
    y ella, por vos, famosa, honesta y sabia.

    De Solisdán a don Quijote de la Mancha

    Maguer,(1) señor Quijote, que sandeces
    vos(2) tengan el cerbelo(3) derrumbado,
    nunca seréis de alguno reprochado
    por home(4) de obras viles y soeces.

    Serán vuesas(5) fazañas(6) los joeces(7),
    pues tuertos(8) desfaciendo(9) habéis andado,
    siendo vegadas(10) mil apaleado
    por follones(11) cautivos y raheces(12).

    Y si la vuesa linda Dulcinea
    desaguisado contra vos comete,
    ni a vuesas cuitas muestra buen talante,

    en tal desmán, vueso conorte(13) sea
    que Sancho Panza fue mal alcagüete(14),
    necio él, dura ella, y vos no amante.

    Este soneto está escrito en lenguaje arcaizante, a imitación del de los libros de caballerías de la época: (1) aunque (2) os (3) cerebro (4) hombre (5) vuestras (6) hazañas (7) jueces (8) injusticias (9) deshaciendo (10) veces (11) maleantes (12) viles (13) consuelo (14) alcahuete.

    Diálogo entre Babieca y Rocinante

    B. ¿Cómo estáis, Rocinante, tan delgado?
    R. Porque nunca se come, y se trabaja.
    B. Pues, ¿qué es de la cebada y de la paja?
    R. No me deja mi amo ni un bocado.

    B. Andá, señor, que estáis muy mal criado,
    pues vuestra lengua de asno al amo ultraja.
    R. Asno se es de la cuna a la mortaja.
    ¿Queréislo ver? Miraldo enamorado.

    B. ¿Es necedad amar? R. No es gran prudencia.
    B. Metafísico estáis. R. Es que no como.
    B. Quejaos del escudero. R. No es bastante.

    ¿Cómo me he de quejar en mi dolencia,
    si el amo y escudero o mayordomo
    son tan rocines como Rocinante?

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    Sonetos extraídos de la novela "La Galatea" (I)

    Blanca

    Cual si estuviera en la arenosa Libia,
    o en la apartada Citia siempre helada,
    tal vez del frío temor me vi asaltada,
    y tal del fuego que jamás se entibia.

    Mas la esperanza, que el dolor alivia,
    en uno y otro extremo, disfrazada
    tuvo la vida en su poder guardada,
    cuándo con fuerzas, cuándo flaca y tibia.

    Pasó la furia del invierno helado,
    y, aunque el fuego de amor quedó en su punto,
    llegó la deseada primavera,

    donde, en un solo venturoso punto,
    gozo del dulce fruto deseado,
    con largas pruebas de una fe sincera.

    Galatea

    Tanto cuanto el amor convida y llama
    al alma con sus gustos de apariencia,
    tanto más huye su mortal dolencia
    quien sabe el nombre que le da la fama.

    Y el pecho opuesto a su amorosa llama,
    armado de una honesta resistencia,
    poco puede empecerle su inclemencia,
    poco su fuego y su rigor le inflama.

    Segura está, quien nunca fue querida
    ni supo querer bien, de aquella lengua
    que en su deshonra se adelgaza y lima;

    mas si el querer y el no querer da mengua,
    ¿en qué ejercicios pasará la vida
    la que más que al vivir la honra estima?
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    de "La Ilustre fregona"

    Raro, humilde sujeto, que levantas
    a tan excelsa cumbre la belleza,
    que en ella se excedió naturaleza
    a sí misma, y al cielo la adelantas;

    si hablas, o si ríes, o si cantas,
    si muestras mansedumbre o aspereza
    (efecto sólo de tu gentileza),
    las potencias del alma nos encantas.

    Para que pueda ser más conocida
    la sin par hermosura que contienes
    y la alta honestidad de que blasonas,

    deja el servir, pues debes ser servida
    de cuantos ven sus manos y sus sienes
    resplandecer por cetros y coronas.

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    S O N E T O S S U E L T O S

    Al túmulo del rey que se hizo en Sevilla

    (Soneto con estrambote)

    "¡Voto a Dios que me espanta esta grandeza
    y que diera un doblón por describidla!;
    porque, ¿a quién no suspende y maravilla
    esta máquina insigne, esta braveza?

    ¡Por Jesucristo vivo, cada pieza
    vale más que un millón, y que es mancilla
    que esto no dure un siglo, ¡oh gran Sevilla,
    Roma triunfante en ánimo y riqueza!

    ¡Apostaré que la ánima del muerto,
    por gozar este sitio, hoy ha dejado
    el cielo, de que goza eternamente!"

    Esto oyó un valentón y dijo: "¡Es cierto
    lo que dice voacé, seor soldado,
    y quien dijere lo contrario miente!"

    Y luego incontinente
    caló el chapeo, requirió la espada,
    miró al soslayo, fuese, y no hubo nada.

    soneto [1]

    Tú, que con nuevo y sin igual decoro
    tantos remedios para un mal ordenas,
    bien puedes esperar de estas arenas,
    del sacro Tajo, las que son de oro,

    y el lauro que se debe al que un tesoro
    halla de ciencia, con tan ricas venas
    de raro advertimiento y salud llenas,
    contento y risa del enfermo lloro;

    que por tu industria una deshecha piedra
    mil mármoles, mil bronces a tu fama
    dará sin envidiosas competencias;

    daráte el cielo palma, el suelo hiedra,
    pues que el uno y el otro ya te llama
    espíritu de Apolo en ambas ciencias.

    Soneto [2]

    ¡Oh cuán claras señales habéis dado,
    alto Bartholomeo de Ruffino,
    que de Parnaso y Ménalo el camino
    habéis dichosamente paseado!

    Del siempre verde lauro coronado
    seréis, si yo no soy mal adivino,
    si ya vuestra fortuna y cruel destino
    os saca de tan triste y bajo estado,

    pues, libre de cadenas vuestra mano,
    reposando el ingenio, al alta cumbre
    os podéis levantar seguramente,

    oscureciendo al gran Livio romano,
    dando de vuestras obras tanta lumbre
    que bien merezca el lauro vuestra frente.

    Soneto [3]

    Ya que del ciego dios habéis cantado
    el bien y el mal, la dulce fuerza y arte,
    en la primera y la segunda parte,
    donde está de amor el todo señalado,

    ahora, con aliento descansado
    y con nueva virtud que en vos reparte
    el cielo, nos cantáis del duro Marte
    las fieras armas y el valor sobrado.

    Nuevos ricos mineros se descubren
    de vuestro ingenio en la famosa mina
    que al más alto deseo satisfacen;

    y, con dar menos de lo más que encubren,
    a este menos lo que es más se inclina
    del bien que Apolo y que Minerva hacen.

    Soneto [4]

    Yace en la parte que es mejor de España
    una apacible y siempre verde Vega
    a quien Apolo su favor no niega,
    pues con las aguas de Helicón la baña;

    Júpiter, labrador por grande hazaña,
    su ciencia toda en cultivarla entrega;
    Cilenio, alegre, en ella se sosiega,
    Minerva eternamente la acompaña;

    las Musas su Parnaso en ella han hecho;
    Venus, honesta, en ella aumenta y cría
    la santa multitud de los amores.

    Y así, con gusto y general provecho,
    nuevos frutos ofrece cada día
    de ángeles, de armas, santos y pastores.

    Epitafio

    Aquí el valor de la española tierra,
    aquí la flor de la francesa gente,
    aquí quien concordó lo diferente,
    de oliva coronando aquella guerra;

    aquí en pequeño espacio veis se encierra
    nuestro claro lucero de occidente;
    aquí yace enterrada la excelente
    causa que nuestro bien todo destierra.

    Mirad quién es el mundo y su pujanza,
    y cómo, de la más alegre vida,
    la muerte lleva siempre la victoria;

    también mirad la bienaventuranza
    que goza nuestra reina esclarecida
    en el eterno reino de la gloria.

    Soneto [5]
    "Este soneto hice a la muerte de Fernando de Herrera; y, para entender el primer cuarteto, advierto que él celebraba en sus versos a una señora debajo deste nombre de Luz. Creo que es de los buenos que he hecho en mi vida"

    El que subió por sendas nunca usadas
    del sacro monte a la más alta cumbre;
    el que a una Luz se hizo todo lumbre
    y lágrimas, en dulce voz cantadas;

    el que con culta vena las sagradas
    de Helicón y Pirene en muchedumbre
    (libre de toda humana pesadumbre)
    bebió y dejó en divinas transformadas;

    aquél a quien envidia tuvo Apolo
    porque, a par de su Luz, tiene su fama
    de donde nace a donde muere el día:

    el agradable al cielo, al suelo solo,
    vuelto en ceniza de su ardiente llama,
    yace debajo de esta losa fría.

    A la señora doña Alfonsa González, monja profesa
    en el monasterio de Nuestra Señora de Constantinopla,
    en la dirección deste libro de la Sacra Minerva

    En vuestra sin igual, dulce armonía,
    hermosísima Alfonsa, nos reserva
    la nueva, la sin par sacra Minerva
    cuanto de bueno y santo el cielo cría.

    Llega el felice punto, llega el día
    en que, si os oye la infernal caterva,
    huye gimiendo al centro y, de la acerva
    región, suspiros a la tierra envía.

    En fin, vos convertís el suelo en cielo
    con la voz celestial, con la hermosura
    que os hacen parecer ángel divino;

    y así, conviene que tal vez el velo
    alcéis, y descubráis esa luz pura
    que nos pone del cielo en el camino.