Poemas de Salvador Diaz Mirón

Salvador-Diaz-Mirón
Nombre: Salvador Diaz Mirón
Nacimiento: México Puerto de Veracruz 14 de diciembre de 1853
Muerte: México Puerto de Veracruz 12 de junio de 1928
Nacionalidad: México
Biografía de Salvador Diaz Mirón

Poemas de Salvador Diaz Mirón



Poesías de Salvador Diaz Mirón preferidas de nuestros lectores


  • Asonancias


  • Sabedlo, soberanos y vasallos,
    próceres y mendigos:
    nadie tendrá derecho a lo superfluo
    mientras alguien carezca de lo estricto.

    Lo que llamamos caridad y ahora
    es sólo un móvil íntimo,
    será en un porvenir lejano o próximo
    el resultado del deber escrito.

    Y la Equidad se sentará en el trono
    de que huya el Egoísmo,
    y a la ley del embudo, que hoy impera,
    sucederá la ley del equilibrio.



  • Opalo

  • A la vieja necrópolis me arrimo;
    y en el tumulto del desborde rimo
    la postrera canción,
    no conforme a la Lógica y al Arte,
    sino según el verso brinca y parte
    ¡del mismo corazón!

    Así surgida de la oculta vena
    el agua pura se levanta y suena
    en curva de cristal;
    y al extremar la iridiscente ojiva,
    toca en tierra y se alarga fugitiva,
    ¡caprichosa y triunfal!

    ¡Cuál voy! El hombre labra su fortuna,
    como el río su cauce; mas la cuna
    y el medio siempre son
    árbitros ¡Ay! Para las dos corrientes,
    pues que dan a las linfas y a las gentes
    ¡impulso y dirección!

    Si resulté raudal turbio de cieno
    y espumante de cólera en un trueno,
    en un fragor de alud,
    la margen verdeció, y un espejismo
    puso en mí, como prez, el otro abismo:
    ¡el de la excelsitud!

    Entro. ¡-Hierbas y nichos y pendientes:
    ponto con arrecifes rompientes-!
    Alzo del polvo un lar:
    un caracol cuyo tortuoso hueco
    reproduce al oído, como un eco,
    ¡el murmullo del mar!

    Ando en maleza vil donde no hay ruta;
    y el temor a una víbora me inmuta,
    cuando aventuro el pie.
    -Una virtud suprema y exquisita
    baja del firmamento y precipita
    ¡la zozobra en la fe!

    Lleno de la esperanza de la gloria,
    y arrostrando la inquina, y en la escoria,
    fuelvo al éter la faz,
    miro esplender la eternidad del cielo,
    y reporto a mis lágrimas consuelo
    ¡y a mis enconos paz!

    Mi espíritu de bronce con acíbar
    se torna cera que desprende almíbar.
    D'Annunzio dice bien:
    la sazón lleva plácido atributo,
    y dulcifica el alma, como el fruto,
    ¡aunque mina el sostén!

    Con los jaspes del ónix mexicano
    la tarde brilla en el inmenso vano,
    en la veste de Ormuz;
    y el pobre y aflictivo cementerio
    refleja en su abandono y su misterio
    ¡la policroma luz!

    Un adiós, hecho turba de colores,
    como el de triste madre suelto en flores
    a muerto chiquitín,
    radia en el dombo, que prepara luto
    y luminaria, por el sol hirsuto
    ¡que cayó en el confín!

    Al rincón venerable llego al cabo.
    Hurgo la herida con el propio clavo,
    memoro trance cruel;
    y ante un espectro gemebundo y bronco,
    reclino intenso afán en firme tronco
    ¡de cercano laurel!

    Trepadora vivaz orna la tumba,
    que el estrago del tiempo se derrumba,
    exenta de inscripción;
    y en la cruz una ráfaga menea
    follaje que parece que chorrea
    ¡lastimero festón!

    Laúd solemne, sensitivo y pulcro,
    enmudeció a la orilla del sepulcro
    que atesta olvido tal...
    a ti mi libro fiel ¡Oh poesía,
    honrada solamente por la mía
    y la de un vegetal!

    Y a vos dama gentil, soberbia y dura,
    que guardáis en desdén y en hermosura
    ¡un cadáver de amor!
    planto y riego distinta enredadera
    para que gane cumbre más severa
    ¡ídolo superior!