Poema Cosas del Cid de Rubn Daro

Cosas del Cid

de Rubn Daro


Cuenta Barbey, en versos que valen bien su prosa,
una hazaa del Cid, fresca como una rosa,
pura como una perla. No se oyen en la hazaa
resonar en el viento las trompetas de Espaa,
ni el azorado moro las tiendas abandona
al ver al sol el alma de acero de Tizona.
Babieca, descansando del huracn guerrero,
tranquilo pace, mientras el bravo caballero
sale a gozar del aire de la estacin florida.
Re la primavera, y el vuelo de la vida
abre lirios y sueos en el jardn del mundo.
Rodrigo de Vivar pasa, meditabundo,
por una senda en donde, bajo el sol glorioso,
tendindole la mano, le detiene un leproso.
Frente a frente, el soberbio prncipe del estrago
y la victoria, joven, bello como Santiago,
y el horror animado, la viviente carroa
que infecta los suburbios de hedor y de ponzoa.
Y al Cid tiende la mano el siniestro mendigo,
y su escarcela busca y no encuentra Rodrigo.
--Oh, Cid, una limosna! --dice el precito.
--Hermano,
te ofrezco la desnuda limosna de mi mano!
--dice el Cid; y, quitando su frreo guante, extiende
la diestra al miserable, que llora y que comprende.
Tal es el sucedido que el Condestable escancia
como un vino precioso en su copa de Francia.
Yo agregar este sorbo de licor castellano:
Cuando su guantelete hubo vuelto a la mano,
el Cid sigui su rumbo por la primaveral
senda. Un pjaro daba su nota de cristal
en un rbol. El cielo profundo deslea
un perfume de gracia en la gloria del da.
Las ermitas lanzaban en el aire sonoro
su melodiosa lluvia de trtolas de oro;
el alma de las flores iba por los caminos
a unirse a la piadosa voz de los peregrinos
y el gran Rodrigo Daz de Vivar, satisfecho,
iba cual si llevase una estrella en el pecho.
Cuando de la campia, aromada de esencia
sutil, sali una nia vestida de inocencia,
una nia que fuera una mujer, de franca
y anglica pupila, y muy dulce y muy blanca.
Una nia que fuera un hada, o que surgiera
encarnacin de la divina Primavera.
Y fue al Cid y le dijo: Alma de amor y fuego,
por Jimena y por Dios un regalo te entrego,
esta rosa naciente y este fresco laurel.
Y el Cid, sobre su yelmo las frescas hojas siente,
en su guante de hierro hay una flor naciente,
y en lo ntimo del alma como un dulzor de miel.



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