Poema De gemidos quejumbrosos de Mara Rosala Rita de Castro

De gemidos quejumbrosos

de Mara Rosala Rita de Castro



I
De gemidos quejumbrosos,
de suspiros lastimeros,
vago suena en el espacio
melanclico concierto...
Son las campanas que tocan...
Tocan por los que murieron!
Plaidero el metal vibra,
las regiones recorriendo
de los valles solitarios,
de los tristes cementerios,
y tambin all en la hondura
de las almas sin consuelo.
Vasto pramo es la ma,
como abrasado desierto,
como mar que no se acaba,
y en ella un sepulcro tengo
ms profundo que un abismo,
ms ancho que el firmamento,
y al eco de las campanas
que en l se va repitiendo,
los esqueletos se rompen,
de mis plidos recuerdos!
Ser cierto que pasaron,
y para siempre murieron?
Es verdad que cuanto toco,
cuanto miro y cuanto quiero
todo ilusin me parece,
todo me parece un cuento?...
Y que tuve un tiempo madre
y que ora ya no la tengo...
Tambin un sueo parece,
pero qu terrible sueo!

II
Ayer en sueos te vi...
Que triste cosa es soar,
y que triste es despertar
de un triste sueo... ay de m!

Te vi... la triste mirada,
lnguida hacia m volvas,
baada en lgrimas fras,
hijas de la tumba helada.

Y parece que al mirarme,
con tu mirada serena,
todo el raudal de mi pena
se alzaba para matarme.

Y tambin me pareca
que tu acento desolado,
llegando hasta m pausado:
Ya estoy muerta!, repeta.

Y al repetirlo, gimiendo
el eco en el hondo abismo
de mi pecho, iba as mismo
ya estoy muerta!, repitiendo.

Y qu terror... qu quebranto
aquel eco me causaba...
Llegu a pensar que me hallaba,
en la regin del espanto.

Y aunque era mi madre aqulla,
que en sueos a ver tornaba,
ni yo amante la buscaba,
mi me acariciaba ella.

All estaba sola y triste,
con su enlutado vestido,
diciendo con manso ruido:
Te he perdido y me perdiste

Y llorbamos... qu horror!
Llorbamos de tal suerte;
ella lgrimas de muerte,
yo lgrimas de dolor.

Todo en hosco apartamiento,
como si una extraa fuera,
o cual si herirme pudiera,
con el soplo de su aliento.

Y es que el sepulcro insondable,
con sus vapores infectos,
mediaba entre ambos afectos,
de un origen entraable.

Aun en sueos, tan sombra,
la contempl en su ternura,
que el alma con saa dura,
la amaba y la repela.

A la dulce, a la sin par
madre que me llev el cielo!
Ah! Qu amargo desconsuelo
debe su tumba llenar!

Aqulla a quien dio la vida,
tener miedo de su sombra!
Es ingratitud que asombra,
la que en el hombre se anida!

Mas t que tanto has amado,
t que tanto has padecido,
t que nunca has ofendido,
y que siempre has perdonado,

a la que naci en tu seno
s que no guardas rencores;
t toda mieles y amores,
aun de la tumba en el cieno.

Ruega, ruega a Dios por m,
desde tu lecho de espinas,
por donde al cielo caminas
al alejarte de aqu.

Y cuando al Dios de ternura,
llegues de gracia cubierta,
dile no cierre su puerta
a esta humilde criatura,

porque en santa paz unidas,
donde no hay penas ni olvido,
gocemos en blando nido,
las glorias desconocidas.

III
Como en un tiempo dichoso
fui al campo por la maana,
que estaba hermosa y risuea,
que fresca y galana estaba;
fuime al romper de la aurora,
cuando tocaban al alba,
cuando an los hombres dorman
y los jilgueros cantaban,
saltando de rosa en rosa,
volando de rama en rama.

Con su murmurio apacible,
solita la fuente estaba,
bajo el castao frondoso
que tiernamente la guarda.
Y estaba la verde yerba
toda cubierta de escarcha.
Las tenues lejanas nieblas,
cual vaporosos fantasmas,
vagaban tristes y errantes
sobre las altas montaas.

El lejano campanario
sobre las nieblas se alzaba,
con sus graciosos festones,
con su armoniosa campana.
Y en torno al humilde templo,
bajo su sombra guardadas,
veanse humildes chozas,
aun ms que la nieve blancas.

Cunta pureza en la atmsfera!
Cunta dulcsima calma,
del cielo azul descendiendo,
en torno se respiraba!
Mas yo vestida de luto
y aun ms enlutada el alma,
bajo las ramas del bosque
bajo las ramas paseaba,
soando en sueos de muerte
que nos rasgan las entraas.
Paseaba yo silenciosa,
paseaba yo solitaria,
mientras las aguas del ro
camino del mar rodaban.
En vano, en vano buscando
al ngel de mi esperanza
que con sus alas ligeras,
hacia los cielos tornara.
Pobre ngel! pobre ngel mo...
Cunto en la tierra te amaba!
Mas cmo no amarte cuando
tus alas me cobijaban,
si fueron ellas mi cuna,
la cuna en que me arrullabas.
Si fueron mi dulce aliento
y el pao, ay, Dios, de mis lgrimas!
Hora corren hilo a hilo.
Hora mis mejillas baan,
baan la tierra que piso
y en su amargura me empapan,
mas nadie viene, ngel mo,
ay!, nadie viene a enjugarlas.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Ya el sol baaba las cumbres
de las risueas montaas,
ya disiparan las nieblas,
las brisas de la maana;
ya despertaran los hombres,
ya no tocaban al alba,
cuando torn de los campos,
paso tras paso a mi casa.
Dejrala silenciosa
cuando sal a la maana,
y silenciosa a mi vuelta,
ms que las tumbas estaba.
En la solitaria puerta
no hay nadie... nadie me aguarda!
ni el menor paso se siente
en las desiertas estancias.
Mas hay un lugar vaco
tras la cerrada ventana,
y un enlutado vestido
que cual desgajada rama
pende en la muda pared
cubierto de blancas gasas.
No est mi casa desierta,
no est desierta mi estancia...
Madre ma... madre ma,
ay!, la que yo tanto amaba,
que aunque no ests a mi lado
y aunque tu voz no me llama,
tu sombra s, s... tu sombra,
tu sombra siempre me aguarda!

Muchos lloran y lloran y se quejan,
y entre quejas y llantos y suspiros,
que hijos son del dolor,
la ruda fuerza del dolor mitigan,
cantando al son de lira cariosa
con plaidera voz.
Yo ni lloro, ni canto, ni me quejo,
mas en mi seno recogida guardo
la hiel del corazn;
y por eso, vivir, vivo muriendo,
que sentir nadie sin morir pudiera,
ay, lo que siento yo!



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