Poema El alczar de Sevilla. Romance segundo de Duque de Rivas

El alczar de Sevilla. Romance segundo

de Duque de Rivas

EL ALCZAR DE SEVILLA
ROMANCE SEGUNDO

Quinientos aos ms joven
Era el magnfico Alczar,
Aun lustrosas sus paredes,
Su alto almenaje sin faltas,

Y lucientes los esmaltes
De las techumbres doradas,
Mansin del rey de Castilla
Orgulloso se ostentaba,

Cuando del Mayo florido
Una. apacible maana,
En aquel saln que tiene
Los balcones a la plaza,

Dos ilustres personajes
En grande silencio estaban:
Un caballero era el uno,
El otro una hermosa, dama.
* * *

Rica berberisca alfombra,
Del Rey moro de Granada
Don o tributo, cubra
Las losas de aquella cuadra.

Un cortinaje de seda
Con listas y flores varias
Matizado en el Oriente,
Que galeras venecianas

(Tal vez de su Dux regalo)
Trajeron a nuestra Espaa,
Del abierto balconaje
El radiante sol templaba.

En el testero de enfrente,
De maderas cinceladas,
Un rico oratorio haba
Con embutidos de ncar,

Y en l la imagen devota
De la Virgen soberana,
Escultura harto mezquina,
Mas no de atractivos falta,

De la cual era el adorno
Una corona, de plata,
Reverberando en. su cerco
Amatistas y esmeraldas.

Un manuscrito precioso
Con las oraciones santas,
Ornatos de miniatura,
Y de oro y marfil las tapas,

Colocado se vea
Sobre un atril, que formaban
De un ngel mal esculpido,
aunque con primor, las alas;

Y de brocado de oro
En el suelo una almohada,
Mostrando, por medio hundida,
De dos rodillas la marca,

En los muros blanqueados
Con cal de Morn, de caza
Pendan varios trofeos,
Banderas y limpias armas;

Y en una mesa o bufete,
Puesta en medio le la estancia,
Con un tapete cubierta,
Cuyos picos arrastraban,

Un templado lad haba,
Un rico juego de tablas,
Bcaros llenos de flores
Y un cofre de filigrana.

De un balcn sentse cerca,
Muy pensativa la dama,
En un gran silln dorado,
Cuyo respaldo formaba

Un dosel o guardapolvo
En una curva gallarda,
De castillos, de leones
Y de corona adornada.

Un vistoso brial de seda
Verde, y con labores varias
De sirgo y perlas, y en torno
De oro recamos y franjas,

Era su traje; una toca,
Muy ms que la nieve blanca,
Y un claro cendal cubran
Sus trenzas negras y largas.

Celestial era su rostro
Y divina su garganta,
Pero del color de cera,
Que miedo y penas retrata;

Dos soles eran sus ojos
Bajo las luengas pestaas,
Donde dos perlas preciosas,
Prontas a correr, brillaban.

Eva una fresca azucena,
A quien cruda muerte amaga,
Porque un corroedor gusano
Ya su hondo cliz desgarra.

Ora un blanco paizuelo,
Con puntas bordado y randas,
Revolva con las manos
Convulsas y deslustradas,

Qra absorta y distrada,
Agitaba en torno el aura
Con un precioso abanico
De ricas plumas de Arabia.

Delgado era el caballero,
De estatura no muy alta,
Vivaces ojos, la boca
Inquieta, roja la barba,

Plido y enjuto el rostro,
Nariz corva y afilada,
Noble su porte y siniestras
Y terribles sus miradas.

Envuelto en un rojo manto,
De oro bordado y con chapas,
Y una gorra en la cabeza
Puesta de lado con gracia,

De largo a largo meda
Con pasos lentos la estancia,
Y pasiones diferentes
Su mudo rostro mostraba.

A veces se enrojeca,
Arrojando fieras llamas
Por los encendidos ojos,
Hechos del infierno brasas;

Luego extendan los labios
Sonrisa feroz y amarga,
O en las doradas techumbres
Fijaba atroces miradas,

Bien apresurando el curso
De pie a cabeza temblaba,
Bien repuesto prosegua
Su paso noble con calma.

As he visto al tigre fiero,
Ya tranquilo, ya con rabia,
Revolverse a todos lados
Dentro de la estrecha jaula.

Marchando sobre la alfombra,
No se oan sus pisadas,
Pero sordas le crujan,
Siempre que se meneaba,

Canillas y choquezuelas.
Diz que el cielo (cosa rara!)
De igual rumor ha dotado,
All en tierras muy lejanas,

Para que la evite el hombre,
A una serpiente que llaman
De cascabel, y que al punto
Que se acerca, pica y mata.

Doa Mara Padilla
Era la llorosa dama,
Y el callado caballero
El rey Don Pedro de Espaa.


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