Poema Epstola. A Don Gaspar de Jovellanos de Leandro Fernndez de Moratn

Epstola. A Don Gaspar de Jovellanos

de Leandro Fernndez de Moratn


S, la pura amistad, que en dulce nudo
nuestras almas uni, durable existe,
Jovino ilustre; y ni la ausencia larga,
ni la distancia, ni interpuestos montes
y proceloso mar que suena ronco,
de mi memoria apartarn tu idea.

Duro silencio a mi cario impuso
el son de Marte, que suspende ahora
la paz, la dulce paz. S que en obscura,
deliciosa quietud, contento vives,
siempre animado de incansable celo
por el pblico bien, de las virtudes
y del talento protector y amigo.

Estos que formo de primor desnudos,
no castigados de tu docta lima,
fciles versos, la verdad te anuncien
de mi constante fe; y el cielo en tanto
vulvame presto la ocasin de verte
y renovar en familiar discurso
cuanto a mi vista present del orbe
la varia escena. De mi patria orilla
a las que el Sena turbulento baa,
teido en sangre, del audaz britano,
dueo del mar, al aterido belga;
del Rhin profundo a las nevadas cumbres
del Apenino, y la que en humo ardiente
cubre y ceniza a Npoles canora,
pueblos, naciones visit distintas.
til ciencia adquir, que nunca ensea
docta leccin en retirada estancia;
que all no ves la diferencia suma
que el clima, el culto, la opinin, las artes,
las leyes causan. Hallarasla slo,
si al hombre estudias en el hombre mismo.

Ya el crudo invierno que aument las ondas
del Tibre, en sus orillas me detiene,
de Roma habitador. Fuseme dado
vagar por ella, y de su gloria antigua
contigo examinar los admirables
restos que el tiempo, a cuya fuerza nada
resiste, quiso perdonar! Alumno
t de las Musas y las artes bellas,
orculo veraz de la alma historia,
cunta doctrina al afluente labio
dieras, y cuntas, inflamado el numen,
imgenes sublimes hallaras
en los destrozos del mayor imperio!

Cay la gran ciudad que las naciones
ms belicosas domin, y con ella
acab el nombre y el valor latino;
y la que, osada, desde el Nilo al Betis
sus guilas llev, prole de Marte,
adornando de brbaros trofeos
el Capitolio, conduciendo atados
al carro de marfil reyes adustos,
entre el sonido de torcidas trompas
y el ronco aplauso de los anchos foros;
la que dio leyes a la tierra; horrible
noche la cubre, pereci. Ni esperes
en la que existe descendencia obscura,
torpe, abatida, del honor primero,
de la antigua virtud hallar seales.

Estos desmoronados edificios,
informes masas que el arado rompe,
circos un tiempo, alczares, teatros,
termas, soberbios arcos y sepulcros,
donde (fama es comn) tal vez se escucha,
en el silencio de la sombra triste,
lamento funeral, la gloria acuerdan
del pueblo ilustre de Quirino, y slo
esto conserva a las futuras gentes
la seora del mundo, nclita Roma.
Esto y no ms, de su poder temido,
de sus artes qued? Que no pudieron
ni su virtud, ni su saber, ni unida
tanta opulencia, mitigar del hado
la ley tremenda o dilatar el golpe?

Ay! si todo es mortal, si al tiempo ceden,
como la dbil flor, los fuertes muros;
si los bronces y prfidos quebranta,
y los destruye, y los sepulta en polvo,
para quin guarda su tesoro intacto
el avaro infeliz? a quin promete
nombre inmortal la adulacin traidora,
que la violencia ensalza y los delitos?
por qu a la tumba presurosa corre
la humana estirpe vengativa, airada,
envidiosa...? de qu?, si cuanto existe,
y cuanto el hombre ve, todo es rinas.

Todo, que a no volver huyen las horas
precipitadas, y a su fin conducen
de los altos imperios de la tierra
el caduco esplendor. Solo el oculto
numen que anima el universo, eterno
vive, y l slo es poderoso y grande.


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