Poema Epstola. El filosofastro de Leandro Fernndez de Moratn

Epstola. El filosofastro

de Leandro Fernndez de Moratn


Ayer Don Ermeguncio, aquel pedante
locuaz, declamador, a verme vino
en punto de las diez. Si de l te acuerdas,
sabrs que no tan solo es importuno,
presumido, embrolln, sino que a tantas
gracias aade la de ser goloso
ms que el perro de Filis. No te puedo
decir con cuntas indirectas frases
y tropos elegantes y floridos
me pidi de almorzar. Ced al encanto
de su elocuencia, y vieras conducida
del rstico gallego que me sirve
ancha bandeja con tazn chinesco
rebosando de hirviente chocolate
(racin cumplida para tres prelados
benedictinos), y en cristal luciente,
agua que seren barro de Andjar;
tierno y sabroso pan, mucha abundancia
de leves tortas y bizcochos duros,
que toda absorben la pocin save
de Soconusco, y su dureza pierden.
No con tanto placer el lobo hambriento
mira la enferma res, que en solitario
bosque perdi el pastor; como el ayuno
husped el don que le presento opimo.

Antes de comenzar el gran destrozo,
altos elogios hizo del fragante
aroma que la taza despeda,
del esponjoso pan, de los dorados
bollos, del plato, del mantel, del agua;
y empieza a devorar. Mas no presumas
que por eso call: diserta y come,
engulle y grita, fatigando a un tiempo
estmago y pulmn. Qu cosas dijo!
Cunta doctrina acumul, citando
vengan al caso o no, godos y etruscos!
Al fin, en ronca voz: "Oh edad nefanda,
vicios abominables! Oh costumbres!
Oh corrupcin!" exclama, y de camino
dos tortas se trag. "Qu a tanto llegue
nuestra depravacin, y un placer solo
tantos afanes y dolor produzca
a la oprimida humanidad! Por este
sorbo llenamos de miseria y luto
la Amrica infeliz, por l Europa,
la culta Europa en el Oriente usurpa
vastas regiones, porque puso en ellas
naturaleza el cinamomo ardiente;
y para que ms grato el gusto adule
este licor, en duros eslabones
hace gemir al atezado pueblo
que en frica compr, simple y desnudo.
Oh! qu abominacin!" Dijo, y llorando
lgrimas de dolor, se ech de un golpe
cuanto en el hondo cangiln quedaba.

Claudio, si t no lloras, pues la risa
llanto causa tambin, de mrmol eres,
que es mucha erudicin, celo muy puro,
mucho prurito de censura estoica
el de mi husped; y este celo, y esta
comezn docta, es general locura
del filosofador siglo presente.
Ms difciles somos y atrevidos
que nuestros padres, ms innovadores,
pero mejores no. Mucha doctrina,
poca virtud. No hay picarn tramposo,
venal, entremetido, disoluto,
infame delator, amigo falso,
que ya no ejerza autoridad censoria
en la Puerta del Sol, y all gobierne
los estados del mundo, las costumbres,
los ritos y las leyes mude y quite.
Prculo, que se viste y calza y come
de calumniar y de mentir, publica
centones de moral. Nevio, que puso
pleito a su madre y la encerr por loca,
dice que ya la autoridad paterna
ni apoyos tiene ni vigor, y nace
la corrupcin de aqu. Zenn, que trata
de no pagar a su pupila el dote,
habindola comido el patrimonio
que en su mano rapaz la ley le entrega,
dice que no hay justicia, y se conduele
de que la probidad es nombre vano.
Rufino, que vendi por precio infame
las gracias de su esposa, solicita
una insignia de honor. Camilo apunta
cien onzas, mil, a la mayor de espadas,
en ilustres garitos disipando
la sangre de sus pueblos infelices,
y habla de patriotismo... Claudio, todos
predican ya virtud, como el hambriento
don Ermeguncio cuando sorbe y llora...
Dichoso aqul que la practica y calla.