Poema La rosa del campo santo de Mara Rosala Rita de Castro

La rosa del campo santo

de Mara Rosala Rita de Castro



Era una noche en que el viento
con sordo acento muga,
y en que no ms se senta
del trueno el ronco fragor.

Y en sombras la tierra envuelta
como en un fnebre manto,
miedo causaba y espanto
al pecho de ms valor.

Nadie en tan hrrida noche
cruzar tal vez se atreviera,
ni del valle la pradera,
ni la calle en la ciudad.

Que es mucho el fiero estampido
que suena en el firmamento
al rudo choque violento
de la recia tempestad.

Do quiera en torno se mire
slo las sombras parecen,
que en sus misterios ofrecen
genios que ocultos estn.

Vagos fantasmas que corren
sus negras alas batiendo,
y a su alredor extendiendo
miedos que vienen y van.

Si algn mortal an despierto
noche tan cruda mirara,
hacia su lecho tornara
para esconderse y dormir;

arrebujado y hundido
de su colchn en la pluma
queriendo el mal que le abruma
con blando sueo extinguir.

Y, sin embargo, velando
una mujer algo espera,
que mira inquieta la esfera
de un anticuado rel:

del que la aguja dorada,
girando siempre impasible,
vio que pasando terrible
las doce en punto marc.

Volvise plida entonces,
y en su lozana mejilla
triste una lgrima brilla
de agudo e intenso dolor.

Y un ay!, de acerba congoja,
cual del que en su bienandanza
pierde toda la esperanza,
mezcl del viento al rumor.

Y exclama con triste queja:
Ya son las doce, Dios mo!
Ya mi esperanza se aleja
que as el perjuro me deja
sola llorar su desvo.

Por qu en su amor me cre?
Por qu cifr la esperanza
del tierno afn que sent
prisma luciente que vi
mar de fingida bonanza?

Ya tantas noches pasaron
que aqu velando esper,
y silenciosas marcharon,
y entre su sombra llevaron
la dicha que acarici.

Y ni un consuelo a mi afn
sus vanas sombras trajeron
que en m burlndose estn;
y que hoy tambin fingirn
cual otras veces fingieron.

Ay!... Cuando al fin se despierta
de un sueo dulce de amores
para contemplar desierta
la ventura que cubierta
se vio de risueas flores;

cuando mentira se advierte
grata delicia que un tiempo
vivi con el alma fuerte,
se mira en torno la muerte
vagando del pensamiento;

ni trina el ave sonora,
ni el aura murmullo tiene,
ni luce alegre la aurora,
y hasta la vida se ignora
si algn recuerdo contiene.

Corran veloces las horas
marchen las horas despacio,
heladas o abrasadoras
se esconden siempre traidoras
en la nada de un espacio...

Oh Dios! Si el ao de gloria
que entre caricias fue huyendo,
trocse en dicha ilusoria
para abrasar mi memoria
que ha de acordar padeciendo,

ms me valiera morir,
que el rudo penar que siento
tener asaz que sufrir,
y entre el dolor maldecir
la fe de mi pensamiento.

As entre pena y dolores
aquella noche pasaba,
y la infeliz lamentaba
de la suerte los rigores.

Cuando en el aire son
leve palmada ligera,
y entonces la joven fuera
de la ventana mir,

y algo de bueno sus ojos
all en la sombra encontraron,
que el ceo adusto dejaron
de sus sentidos enojos.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Pltica dulce de amores
a poco rato se oa,
y un hombre a Ins la deca
para calmar sus temores:

-Cunto sufr vida ma!...
Cuntas congojas de muerte
al ver pasaban sin verte
un da tras otro da!

T comprender no podrs
cmo esas noches tan largas
me habrn parecido amargas
cual no lo fueron jams.

En mis insomnios cre
que en tanto por m esperabas,
de la pura fe dudabas
de quien penaba por ti:

de quien sin miedo avanz
por la tormenta impasible
luego que un medio posible
para venir alcanz.

-Por qu la noche has faltado
que aqu venir me juraste?
-Porque la fortuna al traste
dio con mi intento soado.

Quise a tu lado volver
cuando as lo prometiera,
mas cual si la suerte fuera
mi grato plan a torcer,

asuntos de gran vala
el tiempo aquel me robaron,
y de cumplir me privaron
la grata esperanza ma.

Y en mi castillo esper
llegase el ansiado instante
para decirte que amante
nunca de ti me olvid.

Al escuchar, dijo Ins,
ese lenguaje que adoro,
percibo un rico tesoro
de mi esperanza a travs;

y marcha el dolor impo
de mis acerbos pesares
cual se disipa en los mares
la niebla con el roco.

Mas queda envuelta en el hondo
de esa ventura que pasa
ceniza ardiente que abrasa
mi corazn hasta el fondo...

Siempre escondido en mi pecho
cierto secreto guard,
y en mi dolor lo ocult
llena de amargo despecho.

Y fue la historia fatal
que aqu una vez me contaron,
cuyos detalles grabaron
el corazn por mi mal.

Y hoy sus misterios dir,
porque abrasando mi alma
roban la paz y la calma
que tanto tiempo goc.

Dijeron que una mujer
de alto linaje y renombre
quiso la dieses tu nombre...
tu hermosura y tu poder.

Y t cual joven de honor
con su buen padre trataste,
y tu palabra empeaste
de consagrarla tu amor.

Y que de un valle al confn
slo con ella has hablado,
y que en recuerdo te ha dado
una flor de su jardn.

T con afn la cogiste,
y con amor la besaste,
y por su emblema juraste...
lo que tal vez no cumpliste...

Dime si es esto verdad:
que ms engaos no quiero...
Y ms morirme prefiero
que dudar de tu lealtad.

-Los cielos testigos son
que si tal ha sucedido,
contest el galn, sumido
en rara meditacin,

ni a la palabra falt
que en ese tiempo haya dado,
ni al proferir que te amado
querida Ins te enga.

Si algn juramento di,
a recordar slo acierto,
que ha sido a un hombre que ha muerto
a quien tal cosa ofrec.

Mas ella... muri tambin...
Y en el morir... todo acaba...
Por eso a ti te llamaba
mi solo y nico bien.

Cuando al venir a tu casa
por el cementerio paso,
siempre me asalta al acaso
algn recuerdo que abrasa.

Mas luego que lejos estoy
de aquel lugar funerario,
con pensamiento ms vario
a ti acercndome voy.

Y tus caricias de amor
con su dulcsimo aliento
disipan del pensamiento
los recuerdos de la flor.

As su amante a Ins constancia eterna
y gloria al porvenir la prometa,
y ella escuchando apasionada y tierna
su fe volver al corazn senta.

Y se entreg de la esperanza en brazos,
goz feliz con su vivir presente,
volvi a anudar los desunidos lazos,
y en el placer adormeci su frente.

Mas, ay!, que la aventura ac en la vida
es niebla que fugaz se disip,
seca flor que en el tronco suspendida
la rfaga ms tenue desprendi.

Y tambin es verdad que si hay un da
que el alma en paz de venturanza goza
entre el rudo estertor de la agona,
lucha en vano despus y se destroza.

No hay goce, no, que duradero sea,
ni placer que no envuelva una mortaja,
la flor que ms lozana se recrea
marchita de su tronco se desgaja.

Y si algn ser entre delicias ciento
vio resbalar su juventud temprana,
sentir la vejez del pensamiento
que ha de luchar con su dolor maana.

Y tendr que pagar ese tributo
que nos pide de lgrimas la vida,
que es en verdad el sazonado fruto
que dejamos al fin de la partida!...

Ved a Ins pobre mujer
que disipados ya mira
sus pesares,

cmo volviendo al placer
llena de gozo delira
en sus cantares.

Mirad cmo al joven vate
que la enamora risueo,
le acaricia

cmo el corazn le late
y siente un suave beleo
de delicia.

Ya le parece que el mundo
es un jardn encantado
que los mece,

sin ver el dao profundo
que, aunque de flores sembrado,
les ofrece.

Y nada en el porvenir
la arredra ni la amedrenta,
ni all mira,

que en el placer de sentir
vana quimera sustenta,
y aun delira.

Quin pudiera prolongar
tanta delicia en un punto
solamente!...

Mas, ay!, que habr que pagar
cuanta ventura en conjunto
vio su mente!...

Si tal su placer ha sido,
si amor tan grande sinti,
tal ser el dolo;

y buscando un bien perdido,
ver que pronto se hall
con llanto solo!...

. . . . . . . . . . . . . . . .

La noche avanzaba
la aurora viniendo
su luz extendiendo
la tierra cubri.

Ces la tormenta
que ha poco muga,
lejano mora
su triste rumor.

La atmsfera libre
de negros vapores
los varios colores
dejaba lucir,

de rosas tempranas,
de pjaros ciento
que, alegres, al viento
volaban sin fin.

Reflejo el primero
de un sol que naca
muy tenue vena
la escena a alumbrar,

de Ins y su amante
que en grata victoria
cien mundos de gloria
forjndose estn.

Ni cuentan las horas
que corren perdidas,
ni ven que extinguidas
las sombras van ya.

Felices murmuran
promesas sin cuento,
cenizas que al viento
maana sern,

Ins que contempla
tan slo a su amante,
ni mira adelante,
ni atrs record.

La dicha presente
quiz se ha fingido
que eterna habr sido,
y el mal olvid.

Mas de pronto su semblante
de amarillo se ha cubierto,
como flor que en el desierto
marchitada al viento fue.

Y fijando su mirada
en un punto solamente,
preguntando est a su mente
si es mentira lo que ve...

Blanca flor que se desprende
del jubn de su querido,
cual semblante dolorido
de una virgen que muri.

Cuyas hojas ya marchitas
la figura representan
de bellezas que se ahuyentan
la memoria que qued:

Fue lo que de Ins atrajo
la atencin con tanto empeo,
lo que al fin vio no era sueo
sino triste realidad.

Fue lo que la horrible duda
con los celos le ha devuelto,
densa nube que ha disuelto
por su vida una verdad.

-T me fingiste, al punto exclama:
sa es la flor del juramento,
esa mujer que amaste vive:
No me enga mi pensamiento.

Ay!, si despus que en ti he fiado
miro que es falso tu querer:
Si das en premio a mis afanes
slo un eterno padecer;

y si despus que derramaste
blsamo dulce en mi existir,
amarga hiel no ms me dejas
que aprovechar al porvenir...

Valiera ms que me mataras
que as dejarme, oh, Dios!, mirar
que en brazos de otra mis caricias
ya para siempre olvidars.

Esa flor, ay!, lo dice todo,
y ahora al mirarla ya perd
la tierna fe, la dicha dulce
que en tus caricias recog...

-Calma tu afn, la dice el joven
algo turbado al parecer,
causa no fue lo que ahora has visto
para aumentar tu padecer.

Es esta flor, yo te lo juro,
emblema santo que respeto,
nada profano en torno encierra,
es de mi fe dulce amuleto.

Yo la encontr lozana y bella,
pero tan triste en su color,
que creo vi por su corola
cierto reflejo de dolor.

Y la cog, y aqu guardada
la puse junto al corazn;
y nadie supo que esconda,
quiz... fatal profanacin...

-Dmela, dijo Ins: Yo quiero
verla en mi frente relucir,
y as tal vez la fe perdida
vuelva en mi pecho a revivir.

-Sabes Ins lo que me pides?
Quieres lucir con esa flor...?
Sabes quiz si en ti brillara
con un siniestro resplandor?

-Es su recuerdo no lo dudo
cuando la niegas a mi afn!...
-Tmala Ins, l la responde;
sus hojas, ay!, te abrasarn!

Sabes por qu yo la esconda
por qu a tu afn se la negu...?
Voy a contarte al fin la historia
que siempre oculta reserv.

Era una noche pura,
tan clara como el da,
la luna reparta
su plido fulgor.

Y yo en mi capa envuelto,
siguiendo mi destino
marchaba en mi camino
sin miedo ni temor.

Ningn recuerdo entonces
de la pasada historia
turbaba mi memoria
ni me hizo padecer.

Ningn eco sentido
cruz mi pensamiento,
ni un ay!, de sentimiento
de mgico poder.

Mas sin pensar, mis ojos
cercano divisaron
un punto, a do tornaron,
de extrao resplandor.

Y all marchando pronto,
bajme y vi crecida
sobre su tallo erguida
la contristada flor.

Parece que me dijo
al acercarme a ella:
La esencia soy de Estrella
contigo quiero estar;

si no me llevas pronto
marchita ya y sin vida,
ya mi aroma esparcida
por siempre quedar.

Y all junto a la losa
de su sepulcro estaba;
y all me demandaba
recuerdos que olvid;

que ocultos en un mundo
corrieron escondidos,
donde vagar perdidos
por siempre los dej.

La recog al momento,
y en m guardada estuvo,
su esencia se contuvo
sin escapar de m.

Y nunca esa flor triste
priv de que te amara,
ni nunca ella esperara
lo que he encontrado en ti.

Si oyendo aquesta historia
llevrtela quisieras,
sin duda no tuvieras
ni fe ni corazn.

Que aquel que no respeta
las prendas de los muertos,
sus pasos tan inciertos
sern cual su razn.

Sonora una carcajada
lanz Ins al fin del cuento,
burlando el raro portento
de la malhadada flor.

Y con extraa sonrisa
dijo, mirando a un espejo:
Vers cual brilla de lejos
su amarillento color.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Mas la flor en su negra cabellera
tan mustia y macilenta se volvi,
cual luz que moribunda se extinguiera,
despus que algn sepulcro ilumin;

y aquel extrao relucir sin vida,
tristeza tanta en su semblante vierte,
que aun ms que aquella flor descolorida,
se parece a la sombra de la muerte.

Ella volvi los aterrados ojos,
hacia el hombre que esttico la mira,
y encontrlos quiz llenos de enojos,
que con afn y con dolor suspira.

Mas l mudo qued: ni un eco amargo,
ni dulce son atraves su aliento,
y aquel instante indefinible y largo
fue el ms rudo tal vez del sentimiento.

Y, ay!, por fin un adis... voz la postrera,
siniestra por la estancia reson;
y un momento despus... nada all haba,
todo en silencio sepulcral durmi!...

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Contaban meses despus,
que cierta joven hermosa,
habiendo puesto una rosa
que en un sepulcro naci,

presa en su negro cabello
para lucirse ms bella,
la flor, prendindose en ella,
jams su frente dej.

Que all marchita y ajada
se fue la rosa quedando,
y que la joven secando
sinti con la flor su sien.

Y cuando al fin ya del todo
la flor se qued sin vida,
la joven con ella unida
muri marchita tambin.

Y cada cual con espanto
viendo su tumba contaba,
que aquel sepulcro guardaba
La rosa del Campo Santo.



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