Poema Los que a travs de sus lgrimas de Mara Rosala Rita de Castro

Los que a travs de sus lgrimas

de Mara Rosala Rita de Castro


I

Los que a travs de sus lgrimas,
Sin esfuerzo ni violencia,
Abren paso en el alma afligida
Al nuevo placer que llega;

Los que tras de las fatigas
De una existencia azarosa,
Al dar trmino al rudo combate
Cogen larga cosecha de gloria;

Y, en fin, todos los dichosos,
Cuyo reino es de este mundo,
Y dudando creyendo en el otro
De la tierra se llevan los frutos;

Con qu tedio oyen el grito
Del que en vano ha querido y no pudo
Arrojar de sus hombros la carga
Pesada del infortunio!

Cada cual en silencio devore
Sus penas y sus afanes
Dicen , que es de animosos y fuertes
El callar, y es la queja cobarde.

No el lgubre vaticinio
Que el espritu turba y sorprende,
Ni el intil y eterno lamento
Importuno en los aires resuene.

Poeta!, en fciles versos,
Y con estro que alienta los nimos,
Ven a hablarnos de esperanzas,
Pero no de desengaos.

II

Atrs, pues, mi dolor vano con sus acerbos gemidos
Que en la inmensidad se pierden, como los sordos bramidos
Del mar en las soledades que el lquido amargo llena!...
Atrs!, y que el denso velo de los intiles lutos,
Rasgndose, libre paso deje al triunfo de los Bruto,
Que asesinados los Csares, ya ni dan premio ni pena...

Pordiosero vergonzante que en cada rincn desierto
Tendiendo la enjuta mano detiene su paso incierto
Para entonar la salmodia, que nadie escucha ni entiende,
Me pareces dolor mo, de quien reniego en buen hora.
Huye, pues, del alma enferma! Y t, nueva y blanca aurora
Toda de promesas harta, sobre m tu rayos tiende.

III

Pensamientos de alas negras!, huid, huid azorados,
Como bandada de cuervos por la tormenta acosados,
O como abejas salvajes en quien el fuego hizo presa;
Dejad que amanezca el da de resplandores benditos,
En cuya luz se presienten los placeres infinitos...
Y huid con vuestra perenne sombra que en el alma pesa!

Pensamientos de alas blancas!, ni gimamos ni roguemos
Como un tiempo, y en los mundos luminosos pene-
tremos,
En donde nunca resuena la dbil voz del cado,
En donde el dorado sueo para en realidad segura,
Y de la humana flaqueza sobre la inmensa amargura
Y sobre el amor que mata sus alas tiende el olvido.

Ni el recuerdo que atormenta como horrible pesadilla,
Ni la pobreza que abate, ni la miseria que humilla,
Ni de la injusticia el ltigo, que al herir mancha y condena,
Ni la envidia y la calumnia ms que el fuego asoladoras,
Existen para el que siente que se deslizan sus horas
Del contento y la abundancia por la corriente serena.

All donde nunca el llanto los prpados enrojece;
Donde por dicha se ignora que la humanidad padece
Y que hay seres que codician lo que harto el perro desdea,
All, buscando un asilo, mis pensamientos dichosos
A todo pesar ajenos, lejos de los tenebrosos
Antros del dolor, cantemos a la esperanza risuea.

Frescas voces juveniles, armoniosos instrumentos,
Venid!, que a vuestros acordes yo quiero unir mis acentos
Vigorosos, y el espacio llenar de animadas notas,
Y entre estatuas y entre flores, entrelazadas las manos,
Danzar en honor de todos los venturosos humanos,
Del presente, del futuro y las edades remotas.

IV

Y mi voz, entre el concierto de las graves sinfonas,
De las risas lisonjeras y las locas alegras,
Se alz robusta y sonora con la inspiracin ardiente
Que enciende en el alma altiva del entusiasmo la 11ama,
Y hace creer al que espera y hace esperar al que ama,
Que hay un cielo en donde vive el amor eternamente.

Del labio amargado un da por lo acerbo de los males,
Como de fuente abundosa fluy la miel raudales,

Vertindose en copas de oro que mi mano orl de rosas,
Y bajo de los esplndidos y ricos artesonados
En los palacios inmensos y los salones dorados,
Fui como flor en quien beben perfumes las rrariposas.

Los aplausos resonaban con estruendo en torno mo,
Como el vendaval resuena cuando se desborda el ro
Por la lbrega encaada que adusto el pinar sombrea;
Genio supremo y sublime del porvenir me aclamaron,
Y trofeos y coronas a mis plantas arrojaron,
Como a los pies del guerrero vencedor en la pelea.

V

Mas un da, de aquel bello y encantado paraso,
Donde con tantas victorias la suerte brindarme quiso,
Volv al mundo desolado de mis antiguos amores,
Cual mendigo que su albergue torna de riquezas lleno;
Pero al verme los que ausente me lloraran, de su seno
Me rechazaron cual suele rechazarse los traidores.

Y con agudos silbidos y entre sonrisas burlonas,
Renegaron de mi numen y pisaron mis coronas,
De sus iras envolvindome en la furiosa tormenta;
Y sombro y cabizbajo como Can el maldito,

El execrable anatema llevando en la frente escrito,
Refugio busqu en la sombra para devorar mi afrenta.

VI

No hay mancha que siempre dure, ni culpa que perdonada
Deje de ser, si con llanto de contricin fu regada;
As, cuando de la mia se borr el rastro infamante,
Como en el cielo se borra el de la estrella que pasa,
Pas yo entre los mortales, como el pie sobre la brasa,
Sin volver atrs los ojos ni mirar hacia adelante.

Y a mi corazn le dije: Si no es vano tu ardimiento
Y en ti el manantial rebosa del amor y el sentimiento,
Fuentes en donde el poeta apaga su sed divina,
S t mi musa, y cantemos sin preguntarle las gentes
Si aman las alegres trovas o los suspiros dolientes,
Si gustan del sol que nace o buscan al que declina.



Analizar métrica y rima de Los que a travs de sus lgrimas