Poema Octavio Paz de Jos Lezama Lima

Octavio Paz

de Jos Lezama Lima


En el chisporroteo del remolino
el guerrero japons pregunta por su silencio,
le responden, en el descenso a los infiernos,
los huesos orinados con sangre
de la furiosa divinidad mexicana.
El mazapn con las franjas del presagio
se iguala con la placenta de la vaca sagrada.

El Pabelln de la vacuidad oprime una brisa alta
y la convierte en un caracol sangriento.
En Ro el carnaval tira de la soga
y aparecemos en la sala recin iluminada.
En la Isla de San Luis la conversacin,
serpiente que penetra en el costado como la lanza,
hace visible las farolas de la ciudad tibetana
y llueve, como un rbol, en los odos.

El murcilago trinitario,
extrao sosiego en la tau insular,
con su bigote lindo humeando.
Todo aqu y all en acecho.

Es el ciervo que ve en las respuestas del ro
a la sierpe, el deslizarse naturaleza
con escamas que convocan el ritmo inaugural.
Nombrar y hacer el nombre en la ceguera palpatoria.
La voz ordenando con la mscara a los reyes de Grecia,
la sangre que no se acostumbra a la tenaza nocturnal
y vuelve a la primigenia esfera en remolino.

El sacerdote, dormido en la terraza,
despierta en cada palabra que flecha
a la perdiz cada en su espejo de metal.
El movimiento de la palabra
en el instante del desprendimiento que comienza
a desfilar en la cantidad resistente,
en la posible ciudad creada
para los moradores increados, pero ya respirantes.
Las danzas llegaron con sus disfraces
al centro del bosque, pero ya el fuego
haba desarraigado el horizonte.

La ciudad dormida evapora su lenguaje,
el incendio rodaba como agua
por los peldaos de los brazos.
La nueva ondenanza indescifrable
levant la cabeza del nufrago que hablaba.
Slo el incendio espejeaba
el tamao silencioso del naufragio.
Marzo y 1971



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