Poema Poema de la vida de Manuel Jos Othn

Poema de la vida

de Manuel Jos Othn

Canto Primero
Idilio

I

Es la suprema floracin del ao.
Ya la niebla no oculta los bohos
y los nidos del bosque, ayer vacos,
estn llenos de pjaros hogao.

Los vernales deshielos, como un bao,
el valle inundan con raudales fros,
donde llenan sus nforas los ros
y beben las bandadas y el rebao.

Ya de la sierra en el crestn gigante
desbaratse el glido turbante
que el invierno form con sus neblinas

y, sobre el cielo azul, cuando atardece
la sarta de las grullas desaparece
y flotan las primeras golondrinas.

II

Estremcese el aura tremulenta
y la tierra, a los hmedos halagos,
sigue, ya sin temor a ms estragos,
su fecunda labor, constante y lenta.

Doquier la vida su vigor ostenta:
festonea las lilas y los dragos,
hace brotar los mustios jaramagos,
hincha la yema y el botn revienta.

Al tronco de los Arboles se prende
de la hiedra la azul y verde malla,
que en el bardal su pabelln extiende.

Y, empapada del Eter en las ondas,
del sol al fuego, la capia estalla
en explosin de ptalos y frondas.

III

En los collados y en la selva inculta
del maternal amor se muesta el celo:
oye el ave el reclamo, deja el cielo
y acude al nido que el ramaje oculta.

Entre las hojas de la encina adulta
se siente el ensayar del primer vuelo,
y en el pico de rosa del polluelo
su pico de mbar la torcaz sepulta.

Muge la vaca en tanto que se aleja
la cra por las quiebras del camino
y, al blando son de la amorosa queja,

tiembla, cual amapola sobre el lino,
la roja lengecilla de la oveja
del cordero el blanco vellocino.

Canto Segundo
Epitalamio

I
Resplandece la bveda infinita
con el fuego abrasante del verano
y, en la inmensa extensin, el soberano
elemento prolfico palpita.

La vida, como el alma de Afrodita,
todo lo enciende: al hongo en el pantano,
el ave y al cuadrpedo en el llano
y en el huerto a la humilde bellorita.

Exhalan sus aromas penetrantes
el apio y la silvestre madreselva
y el laurel odorfero retoa.

Y, el balar de los hatos trashumantes,
en lo ms escondido de la selva
tae Pan su dulcsima zampoa.

II

Son las bodas campestres de las flores.
Al beso del amor, antes latente,
estremece sus ondas el ambiente,
rguense los estambres tembladores.

Se impregnan los insectos zumbadores
en el polen de oro refulgente
y al par le lleva en su regazo ardiente
el viento grcil esparciendo olores.

Oh, cfiro! oh, abeja! oh, mariposa!
con qu ansiedad tan pudibunda espera
vuestra llegada la naciente rosa!

Posad sobre su cliz que el deseo
desflora, mientras canta Primavera
los erticos cantos de Himeneo.

III

Todo, al soplar las brisas tropicales,
mueve la sangre y todo a amar provoca.
Naturaleza entera es una boca
donde palpitan besos inmortales.

Requibranse en la rama los turpiales
lanzando su cancin alegre y loca
y, en la cortante arista de la roca,
se acarician las guilas reales.

Tlamo de las tiernas golondrinas
es el aire, del tigre la espelunca,
del triscador ganado las colinas...

Nada tu fuerza poderosa trunca,
pues, renaciendo t de las ruinas,
oh, fecundante Amor, no mueres nunca!

Canto Tercero
Elega

I

En la intrincada senda, y en el rojo
pen, y en la montona llanura,
no queda ya ni un resto de verdura,
ni una brizna de hierba, ni un abrojo.

Tan slo cuelga su ltimo despojo
la seca hiedra, de la tapia obscura,
bajo la cual el brego murmura
y crujen las hacinas del rastrojo.

Viene la tarde cenicienta y fra
y una desolacin abrumadora
se extiende sobre el monte y la alquera.

Nada se oye vivir. Slo en la hora
del declinar tristsimo del da,
la parda grulla en el erial crotora.

II

Qu tristeza tan honda en el paisaje!
Del Norte fro al destructor aliento
suspendise en el campo el movimiento
y gimieron los troncos y el ramaje.

Ya no hay nidos, ni cantos, ni follaje,
no se escucha un murmurio ni un acento
y apenas, junto al lago tremulento,
se oye graznar al nade salvaje.

En las regiones de Aquiln desata
su furia y con fragor se precipita,
sin cesar, sin cesar escarcha y llueve;

mientras inmensamente se dilata
desesperante, trgica, infinita,
la sepulcral blancura de la nieve.

III

Si tan helada soledad impera
en el mar, en la tierra y en el cielo,
si ya no corre el lmpido arroyuelo
ni se mece el rosal en la pradera,

ah! no pensemos que la vida muera:
amortajada con su blanco velo,
bajo la opaca crstula del hielo
una inmortal resurreccin espera.

Mas quien puede escuchar las misteriosas
voces que eleva en mstico murmullo
el ms alto seno de las cosas?

Nada sucumbe: el escondido germen,
la crislida envuelta en su capullo,
la clula y el grano... todos duermen!




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